Doomscrolling: nuestra fascinación por las malas noticias virtuales

Doomscrolling: malas noticias.
Ilustración: Shutterstock

Leer y compartir la información más tóxica nos genera ansiedad, pero al mismo tiempo una sensación de seguridad. La paradoja tiene una explicación: según los expertos, es como ver un accidente de tránsito y sentir un íntimo alivio de no ser parte de él.

Pasar horas enteras, que se consumen como si fueran segundos, frente a la pantalla del teléfono celular, iluminados por su resplandor (y de paso, perdiendo la vista), para consumir noticias… generalmente malas.

No poder despegarse del dispositivo; deslizar el dedo para que aparezca más información —incluidas las secuencias de broncas interminables en los comentarios a las publicaciones— sin entender ni por qué ni para qué lo haces. Terminar empachado de negatividad, ansioso/a, irritable, nervioso y, muchas veces, malanochado, porque el hábito es especialmente nocturno.

Volver por más, apenas abres los ojos al siguiente día.

¿Suena conocido? Seguramente sí, porque es una práctica muy extendida, sobre todo a partir de los días y noches de confinamiento durante la pandemia. Tan extendida, que hasta tiene nombre propio en inglés: doomscrolling.

Doom: fatalidad, perdición (y otros sinónimos poco felices).

Scroll: desplazar; en este caso: mover el cursor.

Leer compulsivamente noticias, en su mayoría negativas, no parece un acto muy conveniente. ¿Pero qué adicción lo es?

Los días más críticos de la pandemia, cuando prácticamente nuestro único contacto con el mundo era virtual, fueron el caldo de cultivo perfecto para desarrollar este hábito que, según los especialistas, responde a la necesidad permanente de estar informados, cuando las cosas van mal.

Pero hay otra motivación menos consciente: sentirnos seguros dentro de nuestras cuatro paredes y del “otro lado” de la pantalla. Así, pandemias, revoluciones, motines, secuestros, desapariciones, guerras y hasta burdas broncas políticas pasan sin tocarnos. “Es como no ser capaz de desviar la mirada de un accidente de tráfico”, dice Jéssica Klein, autora de un reportaje publicado por la BBC, sobre el tema.

Según esta investigación de 2021, dedicamos gran parte de 2020 al doomscrolling, tanto que el Diccionario Oxford de inglés la nombró la palabra del año, y terminó por incluirla en sus páginas.

La emoción es el germen de la viralidad de contenidos

Christian Espinosa, ecuatoriano, fundador de Cobertura Digital, tiene más de veinte años de experiencia en estrategias y contenidos online. Su presencia en redes, advirtiendo sobre el riesgo de compartir noticias sin verificar o de no acompañar de cerca a los menores de edad cuando se incorporan en la autopista virtual, es constante y apasionada.

A veces parece un quijote solitario advirtiendo a un mundo sordo que las imágenes de los niños no deben compartirse, por más orgullosos que estemos de ellos; que no hay que dar pistas de su localización; que no hay que exponerlos ni dejarlos solos en un mundo en el que, detrás de un nombre falso, pueden haber extorsionadores, secuestradores, acosadores y más.

Espinosa también clama en redes para que la gente no comparta fakes, porque, aparte de desinformar, crean un ambiente de crispación generalizado. Él ha comprobado que las malas noticias, falsas o verdaderas, corren como el viento. Mucho más rápido y con más capacidad de expansión que las noticias positivas. ¿Por qué? “Cuando las emociones que genera un contenido son altas, la gente lo comparte sin pensar”.

Por eso —dice el experto—, “no existe viral sin emoción”, más aún si se trata de noticias impactantes o negativas. “La información de este tipo tiene un componente emocional alto; la indignación y la ira se contagian sin conciencia y hacen que este tipo de contenidos se viralice”.

Según el Informe Digital 2021, de la agencia global We Are Social, el 56,4 % de los usuarios de Internet de todo el mundo manifestó preocupación por no saber qué, de lo que se publica en la red, es cierto y qué no lo es. Pero pese a esa preocupación, las noticias falsas siguen compartiéndose. “Existe una falsa metáfora. La confusión de lo que se ve en el muro de las redes sociales es como la primera plana de un medio.

Por eso mucha gente toma cualquier información como real”, dice Espinosa. “Otro tema es que nunca hemos tenido una cultura de verificación, porque antes las noticias nos llegaban filtradas. Cuando veíamos una noticia en un medio tradicional, sabíamos que había un equipo detrás (los periodistas, editores, correctores), que se encargaba de hacer ese trabajo. En las nuevas plataformas no tenemos esos equipos, pero damos por cierta cualquier información”.

Y un tercer factor es la poca información sobre el tema. “Está limitada a quienes estudian Periodismo y poco más. No hay una cultura de verificación en las escuelas o colegios, que nos lleve a tener la sana costumbre de verificar. Es necesario un proceso de realfabetización en ese aspecto”, sostiene Espinosa.

Un dato: un estudio del Massachusetts Institute of Technology (MIT) determinó que las informaciones falsas reciben 70 % más de retuits que las verídicas.

El resultado de la suma de todos esos factores es gente replicando noticias falsas —generalmente malas y de alta carga emotiva—; y otra, creyendo que son ciertas, con todas las consecuencias para la psique individual y colectiva.

El miedo nos pone alertas

¿Por qué las malas noticias se viralizan con mayor rapidez que las positivas? ¿Qué las hace tan atractivas y “contagiosas”?

Patricia Mir Oti, neuroprogramadora y terapista, con consulta en Barcelona, responde estas preguntas desde una explicación sobre el funcionamiento del cerebro. “La necesidad de sobrevivir convierte al miedo en protagonista. El miedo nos pone en modo supervivencia y nos informa sobre el peligro”.

Según Mir Oti, en el cerebro de una persona con miedo ocurre un fenómeno que el psicólogo estadounidense Daniel Goleman bautizó como “secuestro de la amígdala” o “secuestro emocional”. Se trata de una respuesta emocional (e incluso física: taquicardia, dolor de estómago, fiebre, ansiedad) a un estímulo que percibimos como amenazante.

Una reacción desmedida, poco racional, que sobrepasa a la persona y le impide pensar o reaccionar con claridad. ¿La responsable? Una estructura (la amígdala) localizada en el lóbulo temporal del cerebro de todos los mamíferos, relacionada con el sistema emocional. 

Una función muy útil, cuando garantiza que evitemos los peligros, pero paradójicamente muy peligrosa, cuando domina el resto del cerebro. Esto puede suceder en situaciones extremas de miedo, ira, celos u otras emociones abrumadoras en las que no somos capaces de reaccionar o lo hacemos de forma desmedida.

Doomscrolling: malas noticias
Daniel Goleman.

Según la explicación de Goleman, esa respuesta emocional “puede tomar el control del resto del cerebro en milisegundos si está amenazada”. Entonces, eventualmente las personas son dominadas por el miedo e incapaces de racionalizar o calibrar la verdadera amenaza. Y ese es el estado emocional “ideal” para compartir un contenido que nos genera miedo, sin pensar si es cierto o no, si es útil difundirlo, si hacemos daño a otros o a nosotros mismos al consumirlo.

La expresión que usa Christian Espinosa para el desborde emocional provocado por la ira, la rabia, la frustración o el miedo que despiertan ciertos contenidos es: “la ira salta a la pantalla”. Para Patricia Mir, lo que ocurre es que “las emociones, especialmente el conflicto, atraen la atención porque nos pone alertas”. “Si hay ira expresándose algo la habrá provocado y de algo tendremos que protegernos”, dice.

El problema es que si ese “algo” de lo que queremos protegernos no siempre es una amenaza real, pero las consecuencias de la reacción irracional pueden ser muy graves. Se han contado muchos casos de agresiones xenófobas, ataques y hasta asesinatos cometidos por turbas de gente indignada y aterrorizada, a partir de la viralización de una noticia falsa.

“Por supuesto que hay una intencionalidad de promover noticias malas, justamente porque producen viralidad y eso aumenta el número de seguidores en las cuentas, no importa a qué precio”, explica Christian Espinosa.

La magia del algoritmo y el diseño adictivo de las redes sociales hacen el resto. Así, tenemos gente cuya ansiedad alimenta esos flujos de noticias tóxicas que aumentan la ansiedad de esa misma gente. Un círculo vicioso muy difícil de romper.

Difícil, pero no imposible. Ana Fernández, artista visual quiteña, decidió hace algunos años, y paulatinamente, alejarse de los contenidos negativos, que podían empañar cualquier día soleado, en su tranquila casa en un valle fuera de Quito. En vez de eso, busca contenidos específicos de acuerdo a sus áreas de interés: el arte, la filosofía, las plantas, noticias relacionadas con la actividad de su pareja o de sus hijos.

“No me meto en cosas tipo prensa roja. No sigo el hilo de malas ondas como nos van robar, nos van a matar. En la época de Correa, cuando había tanta polarización política, bloqueé a todos los extremistas, gente peleona y troles. Fui extirpando todo lo negativo. El algoritmo vio que no me metía jamás en ese tipo de cosas y ya no me llegan más”.

¿El precio? “A veces me siento una pendeja cuando la gente habla de tal o cual noticia o coyuntura y yo no tengo idea de qué es”, bromea. Pero está convencida de que su calma y su salud mental lo valen.

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