Domingo, fiesta de guardar
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Domingo, fiesta de guardar

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Por Mónica Varea

El día domingo es, sin lugar a dudas, mi día de descanso, mi día franco, aquel en el que puedo despertarme sin el estridente y horripilante sonido del despertador, ese en el que puedo leer de corrido unas doscientas páginas y además escribir una novela.

Cada domingo me levanto con esa maravillosa sensación del da libre, me desperezo, me lavo la cara, los dientes, me pongo protector solar, me pongo mi elegantísima ropa deportiva (léase uniforme de gimnasia de mis hijas que se graduaron hace 17 y 13 años respectivamente, ¡pero qué buena calidad!), e invito a mi familia y perros a caminar en el Parque Metropolitano. Luego de una hora de inhalar aire puro, elogiar el paisaje y vociferar contra quienes ensucian en parque, regresamos felices a preparar un tremendo desayuno. Mi marido se sienta en su sillón de leer el periódico, Mariapaz y los perros duermen. Yo retiro los platos del desayuno y pregunto ¿Qué quieren almorzar? Ante el inminente silencio decido sola qué cocinar y a quién invitar porque el domingo es además un día para departir con amigos y familia. Hasta llegar al refrigerador ya he invitado al menos a cuatro personas queridas y he decidido hacer algo rico y sencillo como fanesca en agosto, colada morada en abril o ajiaco en cualquier época del año.

Odio cocinar si la cocina no está limpia y ordenada, entonces primero lavo todo, limpio todo y descubro que mi empleada no ha pasado un cepillo con cloro por las baldosas desde hace un siglo, tampoco ha limpiado con easyof el horno, el plato del micro ondas no sabe los que es ajax y los cables de los electrodomésticos tienen un sucio ancestral. Entonces empiezo a limpiar a todo dar mientras me quejo, como solo una quejuda se queja. De rato en rato mi marido insiste: “déjale una notita a la empleada”, pero yo ya empecé mi labor dominguera y estoy imparable.

Los invitados llegan a las dos pm, hora en la que recién salgo de la ducha, me pongo el primer jean que encuentro y hecha una facha bajo a recibirlos con mi mejor sonrisa y mi habitual disculpa de que en una hora comeremos. Cuando más de uno se ha desmayado, sirvo el almuerzo (que a veces está para chuparse los dedos y a veces…en buena hambre no hay pan malo).

Cuando se despiden yo empiezo a recoger el reguero, porque lo que me olvidé decir es que soy bastante torpe y desordenada, entonces riego muchas cosas y voy dejándolo todo por aquí y por allá. Arreglo la cocina de nuevo, queda impecable y mientras doy los últimos toques de limpieza mi marido insiste: “¿para qué tienes empleada?

Entre las 11 de la noche, exhausta y furiosa me cepillo los dientes y me meto a la cama planeando lo que le diré a mi empleada respecto al chiquero de cocina que tiene. Llega y con su ancha sonrisa me saluda: ¿cómo le fue, seño, descansó, escribió? Y antes de que yo le lance toda mi rabia ella continúa: “¡Ay, seño, nunca va a escribir una novela a este paso, usted es el colmo!”.

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