Edición 454

La película transmite una angustiante sensación de claustrofobia. Aquella sensación se consigue porque todo el filme está rodado en un pequeño estudio con piso de madera, donde una señalética mínima —similar a la que Bertolt Brecht usa en sus obras de teatro— indica lo que el espectador debería imaginar que existe: desde unos arbustos de grosella hasta un perro llamado Moisés. En ese espacio mínimo, desprovisto de casi todo —incluso de puertas, ventanas y paredes—, los protagonistas de esta historia viven muy cerca uno del otro, casi amontonados, pero ensimismados en sus propias tragedias personales.
Este pueblo miserable, ubicado en las montañas de Colorado durante los años de la Gran Depresión, se llama Dogville (Villa Perro) y tiene apenas quince habitantes. Llevan una vida desangelada —se dedican a pulir vasos o a cultivar manzanas—, salvo uno, Tom Edison Jr., el diletante del pueblo que decide convertirse en el regidor moral de sus vecinos, sin que nadie se lo haya pedido.
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