Edición 439 – diciembre 2018.
Cuando escribí esto, a finales de octubre, la película ecuatoriana Agujero negro llevaba siete semanas en cartelera y había sido vista por más de diecisiete mil personas, aunque el dato que de verdad importa es el siguiente: la cinta conectó, logró tender un lazo sentimental y emocional con la gente, fue abrazada, y los que hablan de ella lo hacen con cariño, con el afecto que se le tiene al arte que se muestra pero que, más importante aún, nos muestra o nos expone o nos revela, quemándonos aquí y allá.
Hablé con Diego Araujo, director y guionista, en la casa en la que viven él y su familia, en Cumbayá, desde donde se ven las montañas de Tumbaco y Lumbisí. Su esposa, la noruega Hanne-Lovise Skartveit (él le dice la Ana Luisa), productora de sus dos películas y coguionista de Agujero negro, aparecía de vez en cuando por ahí y sus hijos, Mateo y Luisa, jugaban frente al televisor, cerca de un piano de media cola que hace de la sala un lugar propenso para que cualquiera, en cualquier momento, pueda sentarse y tocar.
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