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"¡Cajas de culebras para todos!"

por John Dunn Insua

No hay nada nuevo para esta época. Todos se entregan a sus tradiciones; que en realidad son un acto reflejo.

caja navidad 1
Ilustración: Shutterstock

Nadie sabe por qué jodemos tanto nuestro récord crediticio comprando regalos para esa gente ingrata que llamamos “hijos”, “familia”, “compañeros de trabajo”, etc. Nadie sabe tampoco por qué disfrazamos nuestras casas como si fueran el fragmento de un bosque noruego; mientras afuera, la radiación de nuestro sol equinoccial nos achicharra la piel y nos regala un melanoma que encontraremos algunos años después. Y lo gracioso es el contraste entre esa caricatura escandinava y aquel modelo a escala del Medio Oriente que armamos en la sala, pero sin misiles. Tampoco hay quién sepa por qué nos tenemos que reunir a cenar con esos miembros de la familia a quienes no les hablamos nunca o —peor aún— con aquellos familiares que uno no quisiera que hablen. Nadie sabe por qué hacemos estas cosas pero las hacemos. Nos decimos que es una tradición y eso basta. Seguimos repitiendo nuestro comportamiento errático sin cuestionarlo, en medio de ofertas, congestionamientos de tráfico y gente estresada que se insulta de un carro a otro… diciembre.

Yo también tengo la mía; mi tradición para este mes es maldecir diciembre. Hago saber a dioses y mortales cuánto detesto esta época del año. En eso, nadie me gana. Soy la voz más melodiosa en el coro de los Niños Cantores de Viena, versión “odio en mezzosoprano”.

No creo que haga falta que me autoanalice públicamente para explicar mi negatividad decembrina. Solo se requiere de un poco de sentido común. Cuán contradictorios son nuestro comportamiento versus los resultados como consecuencia. Queremos paz, tenemos estrés. Evocamos virtudes como la caridad, y hacemos esfuerzos titánicos por ignorar al fulano que nos golpea la ventanilla del carro pidiendo limosna. Invocamos el nacimiento de un hombre innegablemente sabio, pero dejamos que nuestros actos vayan totalmente en contra de su prédica. Como escéptico que soy (suena más bonito que decirse “ateo”, que al final, también termina siendo una militancia obtusa), solo me encantaría ver que Jesucristo regrese a este mundo, para verlo destruir los escaparates de los centros comerciales con un bate de béisbol en sus manos. Lo haría con un bate, porque Jesús es estadounidense, ¿verdad?

Creo que la última vez que disfruté de estas fiestas fue cuando mi hijo mayor tenía tres años. Se ponía una toalla en la cabeza, se trepaba a mi cama y me decía: “Mira, papá: la cama es una nube, yo soy Dios y tú eres Papá Noel. Yo te digo a quiénes les das regalos por haber sido buenos, y a los malos, les regalas una caja llena de culebras”. Definitivamente, mi hijo tenía en su cabeza una versión mucho más divertida y siniestra que la típica caja llena de carbón.

Pero, en general, diciembre me odia. Siempre me ha tratado horrible. La mayoría de mis rupturas amorosas han ocurrido en este mes. Hubo una pelada con la que salía, que siempre me terminaba estratégica y calculadoramente el 29 de diciembre. Así pasábamos juntos el 24 y el 25, y luego ella farreaba por su cuenta el 31. Debía terminarme el 29. El 26 y el 27 eran demasiado temprano, y si me terminaba el 28 corría el riesgo de pasar como una inocentada. Volvíamos siempre después del Día de Reyes Magos.

Sin embargo, el tiempo y mi calculadora frialdad mental me permitieron castigarla con la peor venganza posible: me casé con ella. A mucha honra puedo decir que me salió mal la venganza, porque —entre sumas y restas— los dos fuimos más felices que arrepentidos.

El año pasado, compartí por redes sociales mi desprecio a una de las expresiones más demenciales de estas fiestas. Escribí: “Saquen todos sus bates. Se abrió oficialmente la temporada de cacería de carros con astas de reno y narices rojas”. Justo en esos tiempos comencé a salir con una chica, que me fue a ver con un carro disfrazado de Rodolfo el reno. Seguimos saliendo hasta la fecha.

En otro momento les contaré cómo va ese plan de venganza.

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Acerca de John Dunn Insua

Arquitecto, urbanista y escritor. Profesor e Investigador de la USFQ. Escribe en varios medios de comunicación; saltando de lo académico a lo cínico, sin mayor complicación. Ha publicado también como novelista.
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