Diario nocturno de un aprendiz.
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Diario nocturno de un aprendiz.

Por Huilo Ruales.

Ilustración: Miguel Andrade.

Edición 437 – octubre 2018.

Firma--Ruales

1
Lo del diario se me ocurrió en la escuela, cuando oí la radionovela que se llamaba El diario de Ana Frank. Aunque no me la dejaban escuchar, mi oído traspasaba muros y carrasperas del Telefunken. Yo no entendía nada o muy poco de campos de concentración y judíos, pero una niña se estaba defendiendo de la muerte, o algo así, escribiendo secretamente un diario. Esa idea ovuló en mí una noche. No sé si era la primera noche que oí los aullidos que jamás he podido quitármelos de la memoria. No se trataba de perros. Se trataba de mi tío Alejo. Sus aullidos de toro herido. De toro acuchillado que seguía vivo.

2

Tengo que conseguir un cuaderno nuevo, me dije. Un cuaderno pequeño y de color opaco que lo pueda esconder debajo del colchón. Y con solo decirlo, lo veía, límpido, silencioso, entregándose a mi coja escritura infantil. El ansia me giraba como un carrusel, como una montaña rusa en el vientre. Hoy empiezo, me decía, cada mañana, al mismo tiempo que sentía otra aprensión: un miedo pavor a que mi madre descubriera mi diario (de mi padre, tenía menos miedo porque casi no me conocía o con frecuencia me olvidaba, como aquella vez que cruzando un parque volviendo de la escuela, lo encontré caminando con sus amigos. Se reían a carcajadas, discutían eufóricos. Yo no supe qué hacer al verlo. Pero me ganó el miedo y preferí escabullirme por detrás de los arbustos. Habría dado unos veinte pasos apresurados, cuando miré hacia atrás. Juro, por dios, que nos vimos al mismo tiempo). Mamá en cambio era clarividente, por no decir bruja. Segundos antes de que yo lo pensara, ella sabía aquello que tramaba, aquello que todavía no empezaba a hacer para salvarme. Porque esa era la cosa. Todos los días tenía que encontrar una manera de salvarme.

3

No sé a causa de qué y nunca he querido averiguarlo pero un diario escrito por mí —lo sentí repentinamente como una visión— sería un mecanismo no solamente de defensa sino de ataque, un arma con un poder casi divino. Como si en él mi escritura pudiese no solamente registrar la realidad sino transformarla, deformarla como yo quisiera o lo necesitara. Por eso, desde antes de proveerme clandestinamente de un cuaderno, tuve miedo de que mi diario fuera descubierto. No me refiero solamente al diario en sí sino al hecho de tenerlo, de llevarlo, de alimentarlo. Sería como tener un hijo escondido, o más bien un animal secreto, poderoso y terrible, capaz de todo por defenderme. Incluso, de hacerme daño para salvarme. Quién sabe si hasta de matarme y todo por protegerme.

4

Un sábado de diciembre, pocos días después de la muerte de mi padre, vendí una colección de revistas y regresé a casa con un clandestino cuaderno espiral de 200 hojas, color blanco y un lapicero de tinta negra. Sudaba frío. Tenía náusea. Necesitaba la noche. Mi enlutada madre, viéndome a la distancia, me dijo: algo me ocultas, pirata. Ve al baño, lávate la cara, toma la hoja de afeitar, rasúrate el cráneo. Cuida, por supuesto, de no manchar las paredes y el espejo. Después, me dijo: ven, miamor, mi pirata, ven, entra, y me besó con su boca fría y excesivamente pintada.

A partir de esa noche, saqué mi garfio, mi apolillada pata ortopédica, mi parche oscuro como negativo de la luna, y abrí mi cuaderno blanco en el que entré como a una nave, con el corazón cargado de soledad y la cabeza invadida de fantasmas.

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