Edición 434 - julio 2018.
1
Sobre mi cabeza está el sexto piso, ocupado por madame Dalmon. Su bota ortopédica sale del baño y se encamina hacia su piano. Como todas las mañanas empezará con la suite 3 de Bach. Pero como nada está escrito, su programa sufre un brusco cambio a causa del teléfono que empieza a sonar de manera incisiva. Mucho más que el piano, su túnel del tiempo es el teléfono. Por mi parte debo ir al mercado, ya que se me han terminado las endivias. Actualmente es la única legumbre que se me permite comer cruda.
2
Una de las razones para no haber persistido en mi diario es la conciencia plena de que mi cotidianidad es tan pobre como la vida de un pez rojo en un bocal. Por esa razón, termino inventándola. Pero un diario en el que se ficcione no me entusiasma y eso me ocurre cuando lo intento. Ya en la segunda frase, la realidad se me fisura y por allí brota el miasma ese de la ficción. Madame Dalmon no existe, por ejemplo. Más bien es el resultado de un ensamble de elementos ciertos y distantes.
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