Diario del encierro
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Diario del encierro

Por Anamaría Correa Crespo

Hoja en blanco. Varias frases escritas, luego borradas. Pensé que escribir este artículo, desde el confinamiento, resultaría sencillo. Al fin y al cabo, qué más inspiración se puede pedir que estar viviendo un encierro por una pandemia global. Eso es algo que solo habíamos leído en libros de historia medieval sobre las pestes o visto en alguna película o serie distópicas.

Sí, es cierto. No puede haber momento más inspirador, para alguien que pretende escribir, que la pausa total, la incertidumbre, la ansiedad y sobre todo el tiempo de cuarentena con su tedio y angustia.

Ojalá que este escrito llegue a sus manos cuando las cosas vayan volviendo a la normalidad. Ahorita mismo no es más que un deseo, esto puede durar semanas. Quizá meses.

Cada día religiosamente recibo en mi celular una noticia con el número de contagiados. Cada día esa cifra se incrementa decenas, tal vez llegue el día en que se haya multiplicado por cientos. Ya ni sé, si tenemos suerte en unos pocos días, nos dirán que la curva se aplanó. ¿Cuál curva? La curva del contagio, yo sé que todos me entienden. Para estos días ya todos dominamos la jerga de nuestro nuevo compañero de vida, el covid-19.

A veces, de verdad, no creo que lo que estamos viviendo sea real. ¡Qué inverosímil! Que en pleno siglo XXI el mundo entero se pare, en Italia se descarten vidas por ausencia de camas, las calles de Nueva York luzcan desiertas, los turistas de París bajo la torre Eiffel hayan huido a sus refugios, que cisnes y hasta delfines hayan vuelto a las aguas venecianas porque no existe un alma que navegue en los canales, que la comida sea entregada por personas con mascarillas que guardan dos o tres metros de distancia, que la gente esté dispuesta a darse de trompadas en el supermercado por unos cuantos rollos de papel higiénico, que varios líderes del mundo también den positivo por covid-19, que los aeropuertos estén cerrados y miles de viajeros hayan quedado atrapados lejos de sus casas, y que un avión sea bloqueado en la pista por varios autos de un municipio.

Esto parece haber salido de las páginas de Saramago, Camus o García Márquez, quizá de muchos otros más. ¡Vaya que sería mejor quedarnos en el plano de lo literario, y leer el Ensayo sobre la ceguera! Que despertemos de este pesado sueño solo para darnos cuenta que era la gran obra de la literatura y no la realidad misma.

En casa todos estamos bien, el sol está radiante afuera, aunque apenas nos asomamos. Mi perro es el más feliz de todos, no ha perdido nuestra compañía y no se entera de la pandemia. Mi hija y yo seguimos nuestras rutinas de trabajo virtual y eso nos ha dado un grado mínimo de sanidad mental. A ratos, yo quisiera quedarme en pijama todo el día y pretender que es un largo fin de semana de relax. Pero luego viene la obsesión por informarme, la ansiedad y el cuello rígido. Además, los repetidos consejos: siga una rutina, pretenda que es un día normal, pretenda que es un día normal…

Solo sé que, cuando finalmente sea un día normal, nada será como antes. Que este trancazo mundial hará que nunca más demos la normalidad por sentada. Varios billones de personas y yo sabremos que el momento en que nos tomemos un café al aire libre, o cuando volvamos al cine, será un momento prestado. Hemos experimentado nuestra fragilidad y sabemos que el equilibrio se puede romper con un tingazo.

Sigue el encierro…

Ilustración: María José Mesías
Edición 456-Mayo 2020

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