Skip to main content

“Dialogar con las mafias debe ser una posibilidad”

por Fernando Medina

Dialogar con las mafias Jorge Melguizo
Fotografía: @JORGE MELGUIZO.

Esto lo asegura Jorge Melguizo, exsecretario de Desarrollo Social de Medellín y uno de los responsables del cambio de imagen que tuvo esa ciudad. Pero dice que todo proceso debe estar acompañado de una inversión en proyectos sociales, educativos y culturales para que los jóvenes tengan oportunidades.

Melguizo creció en la Comuna 13 de Medellín, uno de los barrios más peligrosos y “bravos” de toda Colombia. Hace treinta años el ingreso a ese sector era restringido. El control lo tenía el cartel de Medellín, encabezado por Pablo Escobar. Hoy la Comuna 13 es el barrio más turístico del país cafetero y Jorge fue parte de esa transformación.

Desde el año 2010 es consultor internacional para países de la región. En el último año ha visitado el Ecuador en dos ocasiones. Todas para hablar del modelo que se utilizó para frenar la violencia en Medellín. Su agenda es apretada, pero empieza su relato con Mundo Diners con tono amable y esperanzador.

—¿Cómo se entiende que el Ecuador se haya convertido en el epicentro del narcotráfico y el crimen organizado?

—Hay tres hechos que pueden estar asociados. El primero es simple. Está rodeado de los mayores productores de coca del mundo. Una segunda circunstancia es que tiene unas fronteras marítimas y de selva muy porosas y vulnerables en todo sentido. Nuestros países y los puertos se convierten en espacios fronterizos para todo tipo de criminalidad. Pero eso pasa en todo el mundo. En Brasil, Argentina, Chile…

—¿Y la actuación del Gobierno?

—Esa sería la tercera y es la institucionalidad. Pero no solo es el Gobierno. Hablo de los medios de comunicación, las empresas, las universidades, la sociedad. Creo que el Ecuador se relajó durante años. Creían que el problema del narcotráfico y la criminalidad no era con ellos. Y eso también pasa con Argentina o Chile, países que no dimensionan el impacto de las multinacionales del crimen organizado.

—¿A qué se refiere con multinacionales del crimen organizado?

—Cómo será la vaina que al crimen le reconocemos su capacidad de organización que lo llamamos crimen organizado, pero no hablamos de gobierno organizado o de un conjunto de países organizado. No hay universidades organizadas. En cambio, la multinacional de la criminalidad es impulsada por los carteles mexicanos Jalisco Nueva Generación y Sinaloa. Los dos tienen presencia en Colombia y en el Ecuador.

—¿Esa falta de organización institucional genera que la sociedad normalice la violencia?

—Sí. Creo que se va desarrollando una resistencia al dolor. La gente cada vez pierde el asombro por los asesinatos, secuestros y extorsiones. Van aguantando cada vez los daños que pueden producir en la gente. Aquí cabe referirnos al famoso barrio de las ventanas rotas de Nueva York. Se trata de que un día alguien rompe la ventana de una casa. Nadie dice nada y al día siguiente hay otra ventana rota. Entonces solo cuando todas las ventanas del barrio están rotas, recién ahí dicen en qué momento pasó todo esto. Tal vez me atrevería a decir que en el Ecuador pasa esto. Y Colombia también vivió lo mismo. Dejamos avanzar por mucho tiempo situaciones que quizás, si hubiésemos puesto más atención antes, no hubiera llegado al nivel de deterioro que tuvimos.

—¿Eso ocurrió en Medellín?

—Si en Medellín hace cuarenta años nos hubiéramos ocupado más y preocupado menos, habríamos buscado alternativas para quizás no llegar a tener 382 muertes por cada cien mil habitantes. Reaccionamos tarde. En Chile, por ejemplo, hoy tienen una tasa de 6,6 muertos por cada cien mil habitantes. Y esa estadística les tiene preocupados.

—Entonces, ¿el Ecuador está tarde para reaccionar?

—No tengo la respuesta. Pero en Medellín, nosotros, entre los años 87 y 92, lo que hicimos fue sentarnos colectivamente todos los sectores del país como empresarios, ONG, gobiernos locales, autoridades públicas y privadas, iglesias de todos los dioses y conversar.

—¿Y qué discutieron?

—Hubo tres conclusiones. Una, éramos un fracaso colectivo como ciudad. Lo que cada uno hacía eran acciones equivocadas. La segunda se deriva de la primera, si esto es un fracaso colectivo, solo podemos enfrentarlo como un desafío colectivo. Y la tercera era reconocer que no teníamos la capacidad instalada individual y colectiva para este desafío de la criminalidad y el narcotráfico.

—¿Y qué hicieron?

—Toda la década de los noventa salimos a buscar en el mundo programas efectivos para la prevención de la violencia, superación de la pobreza, construcción de equidad, mejores institucionalidades para reconstruir nuestra sociedad civil.

—¿Entonces la clave es la organización civil?

—Si la sociedad responde solo con el miedo, con el susto, con el amarillismo, con el grito, la reacción no genera cambios. Es hora de que el Ecuador tenga un planteamiento desde la academia, alcaldías, gobierno, todos.

—¿Y la Policía?

—La respuesta no es solo policial. Se debe fortalecer a la institución. Además, se debe mejorar la investigación y la inteligencia. La justicia también necesita apoyo. El control de las cárceles es vital y en el Ecuador es evidente que no lo tienen. Eso se necesita intervenir de inmediato. Pero sobre todo se tiene que invertir muchísimo en proyectos sociales, educativos y culturales para que los jóvenes tengan oportunidades. Antes en Medellín los adolescentes morían en los barrios a los diecisiete años. Hoy a los dieciocho ya están en universidades con becas municipales. Hay proyectos de emprendimiento.

—¿Eso es lo que tiene que hacer el nuevo Gobierno del Ecuador?

—Si el nuevo mandatario asume que tiene un año y medio para generar una gran conversación nacional e internacional de la situación de criminalidad en Ecuador, sería una excelente tarea.

—¿En todo ese proceso de transformación también dialogaron con las mafias?

—El Gobierno colombiano lo ha hecho en muchísimas ocasiones. La respuesta es sí. En Colombia lo han hecho con los cinco grupos guerrilleros, de los cuales solo uno sigue activo, el ELN. En los últimos cuarenta años el Gobierno colombiano negoció con los paramilitares. Uribe lideró la desmovilización de este grupo. ¿Hay disidencia de paramilitares? Sí. ¿Hay disidencia de la FARC? Sí. Incluso el Gobierno se sentó con Pablo Escobar a negociar.

No se le olvide que Escobar se entregó al Gobierno de César Gaviria por intersección de una negociación que la presidió un sacerdote en las playas de Cobeña, en el Caribe colombiano. Esa negociación fue extraña porque hasta se pactó que el narcotraficante construiría su propia cárcel.

¿Pero negociar no significa que el Estado ha perdido la capacidad de someter al crimen organizado?

—Claro. Eso hay que reconocerlo. En Colombia la gente votó en contra de la paz porque decía que no se puede negociar con las FARC. Pero durante cincuenta años nos dimos bala. Estados Unidos nos apoyó. Incluso se destinó el 40 % del presupuesto a este objetivo. ¿Se logró derrotarlo? La respuesta es no. No se logró. Entonces se dijo sentémonos a conversar. Hoy el presidente Gustavo Petro ha dicho que está construyendo un acuerdo de paz total y se van a sentar como Gobierno con el 100 % de los grupos delincuenciales del país. En Colombia hay negociación abierta con todo tipo de bandas delincuenciales.

—¿Eso es positivo o negativo?

—Creo que la pregunta no cabe. Es un hecho que está ocurriendo. Hay gente que rechaza el acuerdo de paz y otra que lo apoya. Juan Manuel Santos se sentó seis años con las FARC. ¿Fue positivo o negativo? Yo soy uno de los que prefiere que haya 12 000 exguerrilleros viviendo otro tipo de vida que en el monte y con fusil. Los prefiero en el Congreso que en la selva masacrando pueblos.

—Es decir, ¿Colombia ha frenado la violencia con acuerdos con el crimen organizado?

—Es un experimento inédito en el mundo llevar un proceso de paz total. No sé dónde va a terminar. Pero en Medellín el Gobierno nacional está sentado con catorce capos de bandas criminales, de los cuales trece están en las cárceles. Uno está afuera y también está sentado. Llevan seis meses en negociaciones con ellos y sus familias. ¿A dónde van a llegar con eso? Ni idea, pero aplico una frase de Pepe Mujica cuando propuso la legalización del consumo del cannabis: “Hay que ensayar y, si no sirve ,echamos para atrás”.

—En Colombia la gente votó por el no a la paz con las FARC.

—Cada ciudadano calificará esa situación si es positiva negativa. Lo que sí creo es que un presidente no puede construir sus decisiones sobre plebiscitos. Está llamado a gobernar y tiene una responsabilidad política para gobernar. En Colombia, durante cincuenta años, los gobernantes tuvieron la única alternativa que fue enfrentar militar y policialmente a la guerrilla. Sin embargo, eso no la eliminó. Tampoco ha servido contra el narcotráfico. Solo cuando se sentaron a negociar hubo un cambio.

—En una negociación las partes tienen que ceder. Y el Gobierno cede territorios. En Medellín, por ejemplo, los mismos guías turísticos dicen que hacen turismo porque las bandas les dejan hacer turismo. Hay barrios donde las bandas ordenan hasta los horarios para sacar la basura. Medellín ha cambiado su imagen ante el mundo, pero en las calles la gente dice que sigue sometida. ¿Es así?

—No. Esa frase no es cierta. Hoy no hay ningún barrio en Medellín que esté sometido a las mafias, a la presencia de bandas o al control de territorio armado. Ninguno. Pero te voy a dar la razón en algo. La Comuna 13 es el barrio más turístico del país y genera mucho dinero para su gente. Lo que sucede es que las bandas criminales están viendo que su negocio ahora es cobrar extorsiones a los negocios turísticos. Pero no es cierto que para hacer turismo hay que pagar a las bandas criminales.

Hoy la gobernanza de los barrios está en la gente, pero sí hay extorsionistas en los negocios. Antes había fronteras invisibles en los barrios. Hoy no hay eso. Lo que intento decir es que Medellín no ha acabado con su violencia ni con la criminalidad. Pero ahora tenemos 97 % menos de muertes violentas que hace treinta años.

—¿Entonces, le apostamos al mal menor?

—No es el mal menor. Es lo que se puede alcanzar de nuestras realidades. Va a seguir existiendo criminalidad, pero en menor grado. Hay que entender el momento actual. Hay que intentar otras soluciones. A Estados Unidos ya no le preocupa la cocaína, ahora les preocupa el fentanilo que no lo produce el Ecuador, Colombia ni Bolivia. La producen ellos mismo.

Etiquetas: