El camino por la equidad de género ha sufrido lesiones en nombre de la tradición, lo privado o el poder. Ahora las cicatrices han madurado, sin cerrar, por la presencia de normas y luchas colectivas que aún buscan construir un trayecto donde no se prioricen beneficios individuales.
Si el asfalto fuera el camino real por el que han atravesado los avances y desafíos en materia de género, veríamos por dentro sus verdaderos compuestos. Visualizaríamos una mezcla color café oscura, casi ennegrecida por las altas temperaturas que ha debido soportar. Y que luego, por exponerse a grados de presión penetrantes, adquiere un valor cohesivo para endurecerse y ser resiliente frente a presiones constantes. Percibiríamos también su fuerza impermeable ante las tempestades y, aun así, los baches asomarán cada tanto.
En los ochenta el trayecto universal comenzó a ponerse una capa más resistente que soporte embates a través de mecanismos que convirtieron al género en algo vital para compactar el camino social.
Uno de los primeros revestimientos se dio con la segunda oleada del feminismo que inició en los setenta y se solidificó en los ochenta cuando la mujer exigió respeto a su diferencia y derecho a su igualdad política. A pesar de que el Ecuador sentó el conocido precedente de ser el primer país de América Latina en practicar el sufragio, en 1924, con Matilde Hidalgo, lo cierto es que esta elección femenina se conocía como el “voto caótico”. Quien pudo tomar momentáneamente la posta fue Bertha Valverde, elegida concejala de Guayaquil en 1930. Luego nuestras “Evas” políticas fueron cubiertas por un velo masculino. Hizo falta un empuje externo para que los asuntos del género cambiaran poco a poco.
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