Edición 433
Los artistas no pueden esconderse, son lo que son desde siempre, incluso antes de ser personas. Este es el perfil de un creador que cuestiona y transforma la realidad, que interviene con sus manos y su cabeza lo establecido, y que redescubre el mundo que lo rodea.
La primera vez que Adrián Balseca participó en una exposición, la Bienal de Arte No Visual celebrada en el Museo Nahim Isaías de Guayaquil, fue en 2004, cuando tenía quince años. Meses después, más por indisciplina que por bajo rendimiento, abandonó el colegio y desde entonces no ha hecho otra cosa que arte.
A los diecisiete años, mientras la mayoría de jóvenes de su edad rendían sus exámenes para graduarse del colegio —o preparaban sus aplicaciones para ingresar a la universidad y continuar el camino previsible hacia la adultez—, Adrián presentaba una obra en el Encuentro Arte y Comunidad Al-Zurich, organizado por el colectivo Tranvía Cero de Quito. Su proyecto, llamado En la casa, involucraba tanques de gas doméstico, un crew de hip-hoperos y grafiteros, y vecinos de Solanda, uno de los barrios más poblados de la capital. La intención de la obra, presentada en 2006, era introducir una expresión artística callejera en el ámbito doméstico: los artistas intervinieron los tanques de gas con esténciles y grafitis y estos objetos, meramente utilitarios, ubicuos en casi todos los hogares, se convirtieron en lienzos, por no decir en obras de arte. En la casa obtuvo el Primer Premio del Público de Al-Zurich.
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