¿Comenzó, ahora sí, la decadencia de Occidente?

El terremoto geopolítico de 2022 está cambiando el mapa mundial.

Fotografías: Shutterstock

Todavía no había amanecido en Kíev cuando empezaron a caer las bombas. El silencio de una madrugada fría, con la ciudad cubierta de nieve, fue roto por una sucesión de estallidos, seguidos por sirenas de alarma y gritos de terror. Dos horas más tarde, el ejército ruso entró en Ucrania por varios frentes, en una invasión que, según fue comprobándose después, el presidente Vladímir Putin había planificado con paciencia y meticulosidad. La “operación militar especial” —según él la describió— debía ser corta y contundente. Era el 24 de febrero de 2022.

La concentración de tropas en las áreas fronterizas había comenzado varios meses antes, al mismo tiempo que las amenazas subían de tono. Los tambores de la guerra retumbaron en Moscú desde mediados de 2021. En Washington, el presidente Joe Biden informó al inicio de 2022 que el espionaje estadounidense había detectado “preparativos inminentes” de un ataque ruso contra Ucrania. Nadie le creyó: “Es una campaña propagandística del imperialismo americano”. Pero el ataque ocurrió, no ha terminado y se intensifica con cada día que pasa.

Si, como creyó Putin, la guerra terminaba en pocos días, lo más probable es que se hubiera repetido el escenario de 2014, cuando Rusia ocupó por la fuerza la península de Crimea, la escindió de Ucrania y, con los hechos consumados, el mundo entero se quedó en un silencio triste de resignación e impotencia. Nadie hizo nada por Ucrania.

Pero la guerra no terminó en pocos días y, a medida que fue prolongándose, el peligro de ampliación —incluso para derivar en una tercera guerra mundial— se multiplicó, hasta forzar a la mayoría de los países a alinearse (de manera expresa o tácita) a favor o en contra de Rusia. Las redes de alianzas se alborotaron. Esa recolocación recién está empezando y, por el rumbo que está tomando, podría llegar a ser el mayor terremoto geopolítico mundial desde el sucedido en 1989, cuando colapsó el socialismo y terminó la Guerra Fría.

Un ocaso interminable

Hace cien años, cuando concluía 1922, Oswald Spengler publicó el segundo tomo de La decadencia de Occidente, su obra magna, en el que redondeaba y pulía su teoría sobre la “declinación inexorable” de la civilización occidental, que —decía— ya estaba sumida en una crisis histórica cuya manifestación más evidente había sido la Primera Guerra Mundial, a la que describió como “una contienda civil”. Spengler se convirtió con rapidez en una celebridad, cuya tesis era debatida con ardor en los círculos intelectuales.

Los hechos inmediatos parecieron darle la razón: su país, Alemania, se sumió en 1923 en la hiperinflación que le abrió el camino al nacionalsocialismo de Adolf Hitler, al mismo tiempo que en toda Europa Occidental se generalizaban tanto la depresión económica como el radicalismo político (el fascismo de Benito Mussolini había tomado el poder en Italia en octubre de 1922). Y antes de que terminara esa década, en octubre de 1929, la economía estadounidense se estremeció con el derrumbe de Wall Street.

También a finales de 1922, cuando Spengler publicaba su segundo tomo, el socialismo se apuntalaba y expandía con la creación de la Unión Soviética, con lo que Rusia sumó a su revolución a Ucrania, Bielorrusia y al país que por entonces se llamaba Transcaucasia, integrado por los actuales Armenia, Azerbaiyán y Georgia. Con tantos elementos confluyendo, parecía que el anuncio de la inevitable decadencia del Occidente había sido preciso e irrebatible.

La decadencia que anunciaba Spengler se refería a la civilización occidental, de la que el filósofo alemán decía que era la octava de las “altas culturas” inauguradas por Babilonia siete siglos antes de la era cristiana. Pero con la revolución socialista la creencia en la inevitabilidad del colapso abarcó también —en la mente de sus contemporáneos y de las generaciones posteriores— a todo el sistema capitalista, cuyo final ha sido anunciado desde entonces una y otra vez, tanto desde la extrema derecha como desde la izquierda.

Fue precisamente Vladímir Putin el más reciente heraldo del final de la democracia liberal: “El colapso de la hegemonía occidental, con todo lo que ella representa, es irreversible”, según proclamó a mediados de octubre en la ceremonia de anexión de cuatro territorios arrebatados a Ucrania mediante la fuerza y absorbidos por Rusia con unos plebiscitos toscos y fraudulentos. Cabe aquí la pregunta inicial: ¿Habrá, en efecto, comenzado ahora sí la decadencia del Occidente?

El avance chino

Desde el triunfo de su revolución socialista de 1949, China había vivido un proceso de reformas rápidas y profundas, con frecuencia afectado por las inspiraciones de Mao Tse-Tung, un líder narcisista y con delirios mesiánicos, lanzado primero al ‘Gran Salto Adelante’ y después a la ‘Revolución Cultural’, dos empeños cuyo efecto más notorio fue sumir al país en la inestabilidad y la violencia. Pero en diciembre de 1978, con Mao muerto y sus radicales neutralizados, el nuevo líder, Deng Xiaoping, un anciano sabio y pragmático que sabía que “no importa si el gato es blanco o negro, sino que cace ratones”, dio un golpe de timón que cambiaría muy pronto la realidad china.

Deng, en efecto, introdujo elementos de mercado, muy capitalistas, en la desfalleciente economía socialista china, que a mediados de la década siguiente empezó a crecer con una fuerza asombrosa y, cada año, a sacar de la pobreza a millones de personas. Cuando el siglo XX terminaba, su impulso ya era incontenible, con lo que en 2010 se convirtió en la segunda economía más grande del planeta, pisándole los talones a Estados Unidos. La habilidad enorme de los gobernantes chinos, de Deng en adelante, fue haber aprovechado en beneficio de su país el orden liberal y la globalización que había impulsado el Occidente, con los estadounidenses a la cabeza.

El ascenso chino fue construyendo durante las dos décadas iniciales del siglo XXI un contrapoder cada día más consistente a la supremacía occidental, lo que ocurrió al mismo tiempo que declinaba la influencia de Estados Unidos, donde las tentaciones aislacionistas (muy recurrentes en su historia) reaparecieron en el nuevo siglo. El período más dramático de ese repliegue al ‘Bastión América’ fue entre 2017 y 2021, con la presidencia populista y errática de Donald Trump.

Así, mientras China tejía sin pausa su red global de alianzas, Estados Unidos, bajo Trump, se alejaba de sus aliados históricos, incluso de los que habían sido sus socios al final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, para implantar el orden democrático y liberal que generó para gran parte del planeta una era incomparable de prosperidad y estabilidad. Cuando Trump, derrotado en las elecciones, fue reemplazado por Joe Biden en enero de 2021, Estados Unidos corrigió el rumbo y empezó a rehacer la cohesión occidental. Pero no lo hubiera conseguido si no hubiera sido por Vladímir Putin…

El regreso de Rusia

Cuando Rusia hizo la hazaña de librarse del socialismo sin guerra civil, tumultos ni paredones, el Occidente reaccionó de la peor manera posible: en vez de acogerla con visión y generosidad, integrándola sin demora en la comunidad de naciones, Rusia fue librada a su infortunio (líderes torpes, oligarcas insaciables, burócratas inservibles…). Las potencias occidentales, otra vez con los estadounidenses a la cabeza, siguieron viendo en los rusos un pueblo tosco y lejano, del que era imposible no desconfiar.

La decisión de Rusia de retirar sus tropas de la ciudad ucraniana de Jersón ante el avance de la contraofensiva supone un cambio en el rumbo de la guerra.

Rusia, en realidad, había vivido primero bajo la autocracia de los zares Románov y después sometido a la tiranía de los caciques comunistas, sin un solo día de democracia. Y, así, del socialismo atroz pasó al capitalismo salvaje, a lo que fue añadiéndose un sentimiento creciente de humillación que llevó a un explosivo renacer del nacionalismo. Y, claro, Vladímir Putin, con la sagacidad del espía curtido en los tiempos más duros de la Guerra Fría, sacó provecho del rumbo equívoco en el que andaba su país para edificar en su torno un esquema vertical de poder absoluto y perpetuo.

Putin, como un agente activo de la KGB que había vivido con intensidad la lucha contra el Occidente, sufrió sin consuelo la derrota y disolución de la Unión Soviética. La describió como “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX”. Y desde su primer día en el poder, el 31 de diciembre de 1999, se dedicó a planificar el regreso de Rusia. Nunca quiso restaurar el socialismo, de cuyo fracaso jamás tuvo dudas, pero sí recolocar a su país en el centro de un imperio poderoso y temido. Y Ucrania, con sus 602.000 kilómetros cuadrados y su ubicación dominante en el mar Negro, era una pieza clave para la expansión.

La invasión, ocupación y absorción de Ucrania fue pensada para que fuera el hito marcador de la fase final de la decadencia de Occidente. Oswald Spengler vería —desde la eternidad— confirmada su teoría cien años después de haberla enunciado. En las ciudades y campos ucranianos debía librarse la batalla determinante del enorme cambio geopolítico del siglo XXI. La derrota occidental no tendría atenuantes. Nada volvería a ser como antes. Pero, contra todos los pronósticos, el ejército ruso fracasó a la hora de la verdad. Y 2022 terminó empantanado y en desconcierto. Putin no pasará a la historia como Vladímir el Grande.

Sin embargo, había varios antecedentes que abonaban al cálculo de Putin: la reacción nula del mundo a la anexión rusa de Crimea en 2014, la fractura de la Unión Europea empezada en 2016 con el ‘brexit’ británico, la demolición de las alianzas occidentales ejecutada por Trump desde que asumió la presidencia en 2017 y, por último, la desbandada grotesca de las fuerzas estadounidenses ante el avance de los talibanes en Afganistán en 2021. Con todo lo cual algo parecía clarísimo: el Occidente había perdido su voluntad de poder.

No todo está perdido

Sí, parecía que la decadencia había comenzado y, peor aún, que el Occidente estaba resignado a su declive y descomposición. Que se consideraba el damnificado mayor del terremoto geopolítico del siglo XXI. Pero la agresión rusa fue, tal vez sin que nadie lo esperara, el punto de inflexión en el que una actitud derrotista se convirtió en un renacimiento: el apoyo a Ucrania fue inmediato, unánime y efectivo, el cerco a Rusia fue estrechado, las redes de alianzas volvieron a sus mejores tiempos y, sobre todo, quedó demostrado que, a pesar de todo, la supremacía económica, política, tecnológica y militar occidental sigue siendo abrumadora.

Está claro, en todo caso, que el mundo avanza hacia una recomposición del orden geopolítico, en especial por el ascenso del poderío chino pero también por el descenso de la influencia de Estados Unidos y Europa Occidental. En esa recomposición buscarán su espacio propio una serie de potencias en alza (India, Indonesia, Australia, Turquía, Arabia Saudita, Brasil…), cuyos protagonismos internacionales están en plena expansión. También está claro, por cierto, que todo proceso de reajuste de los equilibrios globales conlleva estremecimientos y requiere readaptaciones, que unos países sabrán aprovechar, pero otros fracasarán.

En cuanto a Rusia, aunque no es del todo descartable —aunque sí poco probable— que un Putin angustiado por el fracaso llegue al desquiciamiento de usar armas nucleares (lo que causaría un trastorno planetario de dimensiones inimaginables), su futuro geopolítico dependerá primordialmente del resultado final de su guerra en Ucrania: si sufre una derrota estrepitosa, sus convulsiones políticas internas derivarán en un retroceso brusco y duradero de su influencia global, pero si consigue un desenlace decoroso, seguirá siendo un protagonista significativo del escenario mundial. El año 2023 será decisivo en su destino.

La decadencia de Occidente de Oswald Spengler.

Más aún, es posible que en 2023 quede claro quién ganó y quién perdió en el terremoto geopolítico ocurrido en 2022 por el ataque a Ucrania. El Occidente —que si se hubiera cumplido el vaticinio de Oswald Spengler ya sería una civilización en ruinas— demostró que no ha perdido su voluntad de poder y que todavía sabe defender con energía sus valores y principios. Su decadencia sigue siendo una profecía incumplida. Y tampoco la desglobalización está ocurriendo. Con lo que quedó demostrada la exactitud de esa afirmación fina e inteligente según la cual “siempre es muy difícil hacer predicciones, en especial sobre el futuro…”.

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