Daniel Moreno: veinte años en tacones
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Daniel Moreno: veinte años en tacones

Por Abril Altamirano

Edición 461 – octubre 2020
Fotografías de Santiago Fernández

El actor, director y libretista ecuatoriano Daniel Moreno le ha dedicado más de dos décadas al teatro, y vaya que le han pasado cosas. Esta, sin embargo, es más bien una historia de origen, de esas que cuentan de dónde viene el personaje principal y qué cosas han marcado su destino.

Si no te amas a ti mismo, ¿cómo diablos vas a amar a alguien más? RuPaul

En jean y con el torso desnudo, Daniel Moreno revuelve las lentejuelas y las plumas en su pequeño taller de La Tola Alta, en la parte antigua de la casa familiar. Esta casa, de escaleras estrechas y pisos de madera, guarda los recuerdos de un adolescente que enfrentó el abandono, el dogma religioso y un despertar sexual confuso, secreto. Y pudo con todo.

Daniel, de 47 años, mira el pasado con humor pero sin esconder las cicatrices. Espejo y pincel en mano, perfila los rasgos que lo transforman en Sarahí Bassó, el personaje con que ha protagonizado más de cincuenta obras de teatro en veinte años de trabajo. La piel trigueña se oculta bajo pintura y escarcha. “Se nos enseña que el hombre tiene que ser hombre y la mujer, mujer. No caben las medias tintas, e incluso entre los mismos homosexuales está mal visto. Les asusta la feminidad”.

En Don Rosales y la solitaria Margarita, obra estrenada el pasado marzo durante el Día Internacional de la Mujer, Daniel salpica a sus personajes con aquella violencia que conoció siendo el tercero de cuatro hermanos varones: “Mi papá, que siempre fue muy machista, nos abandonó cuando yo tenía trece años. Como niño sufrí su maltrato y aún no lo he llegado a superar en muchos sentidos”, confiesa; y recuerda que sus primeros enfrentamientos contra el sistema se dieron al tratar de adoptar el apellido materno.

“Daniel Moreno es mi seudónimo, en honor a mi abuelo y a mi madre. En la cédula soy Byron Daniel Llanganate. He intentado hacer ese trámite (cambiar legalmente su nombre), pero me he encontrado con abogados que dicen: cómo va a rechazar el apellido de su padre”.

Mientras lidiaba con la ausencia de su padre, Daniel ya se percibía diferente: “Ahí entró, además, el tener una madre que se crio en un convento. El machismo y la parte religiosa radical asustan. No puedes hablar de sexualidad. Te sientes mal porque no eres normal. No podía venir a contarles porque jamás lo hubiesen entendido, y les cuesta —todavía— entender”.

A los catorce años aprendió a mantener la cabeza alta mientras bajaba por la escalinata del colegio Mejía. Su primer enamorado lo esperaba en su auto, a la salida de clases, y sus compañeros lo despedían con gritos e insultos. “Él me hizo perder la vergüenza, porque era capaz de enfrentarse a la sociedad. Después se dejó llevar por esa misma sociedad y se casó. Al final me dijo: vive por los dos. Dicho y hecho, he vivido como por diez”.

“Siempre fui muy rechazado y era buen puñete. Me tocó aprender. Tenía muchas amigas trans; estamos hablando de los años ochenta, esa comunidad que era aguerrida, no se dejaba abusar. Ellas me enseñaban pelea callejera sucia y en el colegio eso me sirvió, porque a veces me caían tres o cuatro encima, para ver si a punta de golpes se me quitaba la mariconada”.

Para cuando alcanzó la mayoría de edad ya había empezado a trabajar como actor en comerciales de TV y colaboraba con la Sociedad Gay (SOGA), la primera organización que impulsó la despenalización de la homosexualidad en el país. Fue entonces que salió de casa.

“Mi mamá se enteró por un admirador-acosador. Yo recibía una capacitación para dar talleres de cerámica. Este señor, que era el inspector de área, se obsesionó conmigo y yo no le hacía caso. Salí a hacer la rural en El Empalme y él empezó a llamar por teléfono a la casa, como loco. Justo cuando iba a cumplir dieciocho años, mi mamá me soltó la sopa. Me dijo: si tú me dices que es mentira, yo te creo; y le dije: no, es verdad, soy homosexual. Lloró, se puso supermal, me dijo: ay, es que después vas a terminar vistiéndote de mujer, y ahora, pensándolo…”, deja la frase inconclusa, ríe, y pinta el rubor en las mejillas de Sarahí.

—¿Cómo nació Sarahí?

—Apareció por casualidad. El arte drag lo había estudiado años antes, pero nunca fue mi intención hacer drag queen. Empecé en el Dionisios como director de teatro, y con mis compañeros recibimos unos talleres con Diego La Hoz, en 2000. Como resultado se creó la obra Travesturas. El día del estreno, el actor que interpretaba el personaje drag de la Bruja Casilda no pudo llegar a Quito. No me quedó otra opción que reemplazarlo y subirme en los tacos. Y no me volví a bajar.

Daniel arrancó su carrera en el teatro como diseñador de escenografía y utilería; y estudió actuación en los talleres que Christoph Baumann y Tamara Navas dictaban en la Asociación Humboldt. Trabajó, además, con María Escudero y Leonardo Ramos, como vestuarista y escenógrafo del Grupo Saltamontes.

En 1994 llegó a Europa siguiendo a un amor. Allá se involucró en el trabajo social en una fundación en Valdepeñas, España, que brindaba asesoría jurídica a los migrantes. Luego descubrió los talleres de artes escénicas de Televisión Española, en Madrid, y se especializó en vestuario, escenografía y maquillaje para teatro, cine y televisión. Así conoció el drag.

“Se piensa que ser drag es vestirse de mujer, y no. Es un personaje estructurado; debes tener capacidades interpretativas y madurez como actor y como ser humano para entenderlo”. Con José Luis Bañón, su profesor e intérprete drag, rodó por los bares de España como ayudante de vestuario: “Fue impresionante ver las transformaciones. Él y su esposa tenían una combi; fuimos de show en show, de discoteca en discoteca, durante seis meses”.

De vuelta en Quito, en 1998, cuando en las calles del Centro Histórico vibraban la euforia y la rabia por la despenalización de la homosexualidad, en la Manuel Larrea se abrieron las puertas de Dionisios Bar. Manuel Acosta, pareja de Daniel en ese momento, le cedió el segundo piso de la casa de sus padres para crear “un espacio para la comunidad LGBT fuera del clásico sitio de ligue o encuentro sexual; un lugar donde disfrutar de otro ambiente”. El atractivo de su propuesta terminó por cautivar a artistas que dieron con el bar por casualidad y lo convirtieron en su escenario.

En una carpeta que empezó a organizar a inicios del confinamiento, Daniel guarda con celo las invitaciones, entradas y recortes de prensa que prueban la bonaza de esos primeros años, cuando la reticencia de un barrio tradicional hacia “la nueva maricoteca” mermaba de a poco gracias a las buenas reseñas que semana a semana llenaron los diarios. El Dionisios fue anfitrión de obras como Versos de sal y canela del grupo Entretelones y La verdadera historia de Caperucita Roja del Teatro del Cronopio. “Muchos arrancaron sus carreras con nosotros, porque fue uno de los primeros escenarios, fuera del típico espacio teatral, que les dio apertura. Nunca poníamos peros al artista, la idea era exhibir su trabajo y crear público para ese tipo de obras”.

Con el nuevo milenio, Dionisios arrancó su etapa de creación, de exploración escénica como motor creativo, pero el primer gran obstáculo llegó al optar por el drag como forma de expresión: “Fue muy fuerte encontrarme con Sarahí. Gracias al drag se conoció mi trabajo en el mundo actoral y fue difícil, recibí rechazo incluso de los mismos clientes, porque la comunidad gay es bastante transfóbica. Al crecer en una sociedad machista, que invalida a la mujer, no se te permite tener rasgos de sentimentalismo o feminidad”.

Sarahí, inspirada en Miss Piggy, su personaje favorito de Los Muppets, y en el look de la ídolo del drag estadounidense, Divine, fue moldeada “como una herramienta de trabajo, porque el drag te da cierta licencia para hablar de ciertas cosas. Los drags son políticos, sociales, y eso a mucha gente le asusta”.

Uno de sus personajes más memorables, La Paca, toca con humor en su monólogo el factor drag queen que incomoda al público: su osadía al interpretar lo femenino. “Ser bonita cuesta, y hartísimo”, dice. Contonea su abdomen y añade: “¿Por qué tendremos metido en la cabeza que ser flaco es sinónimo de belleza? No solo en el hueso hay sabor, también en el chicharrón. Me costó mucho aprender eso, yo solía dormir en el parqueadero, esperando que me roben las llantas”.

Fuera del personaje, Daniel aclara: “Los drag queen vemos lo femenino desde la parodia y para algunos eso es doblemente aberrante, porque encima me estoy burlando de la mujer, y no es así. Es una caricatura de tu lado femenino, juegas con la heteronormatividad, la homosexualidad y la feminidad”.

A este atractivo se sumaron elaboradas puestas en escena, en las cuales Daniel explotó sus conocimientos técnicos y su ingenio en la creación de sistemas de pirotecnia, caída de lluvia, bolas de fuego y extractores de humo, que transformaban la tarima de cuatro metros cuadrados en incendios o aguaceros en cuestión de segundos. “Lo llamaban el micro-Broadway del Ecuador”.

“Se piensa que ser drag es vestirse de mujer, y no. Es un personaje estructurado; debes tener capacidades interpretativas y madurez como actor y como ser humano para entenderlo”.

En su taller, desde lo alto de la pared, una escultura de Sémele observa a su creador. De la diosa griega —esculpida por sus manos— que daba la bienvenida a los visitantes del Dionisios, Daniel solo conserva el rostro, y es uno de los pocos tesoros que logró rescatar luego de su cierre, en 2015. “La mitad de la casa fue herencia y la otra mitad fue comprada, porque era de los papás de Manuel. Y Manuel y yo nos hicimos pareja.

En 2003 el padre vendió a la pareja su parte de la propiedad. Daniel invirtió el capital entero de Dionisios y Manuel firmó las escrituras. En 2009, con doce años de relación, estuvieron entre las primeras parejas en formalizar la unión de hecho en el país. Tres años después, cuenta Daniel, los problemas de drogadicción de Manuel los separaron. Para 2015, sin haberse separado legalmente y a sus espaldas, Manuel firmó la venta de la casa, con el bar incluido.

A inicios de mayo, una noche antes del Día de la Madre, un operativo policial irrumpió en el Dionisios, donde, por la hora, solo quedaban él y un grupo de amigos. Lo encerraron en la cocina y a sus colegas los sacaron a rastras. Daniel escuchaba los gritos y el clic de las fotos cuando los agentes encontraron las “evidencias” de un supuesto crimen: bolsas de cocaína y armas convenientemente arrojadas en el piso, a plena vista. “Entonces se me acerca un policía y me dice: esto que le están haciendo es porque usted les está estorbando”. Los compradores de la casa eran los dealers de Manuel, y lo querían fuera.

Daniel pasó veinticuatro horas preso, acusado de escándalo público, narcotráfico, portación de armas y de utilizar el Dionisios como fachada para una red de prostitución. Con el respaldo de figuras notables del gremio artístico, logró limpiar su nombre ante la justicia. Cuando pudo volver a su departamento, en la planta inferior del Dionisios, se encontró con que la mayoría de sus pertenencias había desaparecido. Mientras el juicio contra Manuel avanzaba con lentitud, los nuevos dueños de la propiedad empezaron a desmantelar el bar sobre su cabeza.

El estrés le provocó una trombosis craneal que le dejó secuelas motrices y lagunas mentales. Apenas comenzada su rehabilitación, el 6 octubre de 2015, los compradores de la casa presentaron un documento, firmado por Manuel, en el que declaraba que había recibido el monto total de la venta. El 19 del mismo mes Manuel murió de una sobredosis. Daniel asegura que aquella firma era falsa. El caso se cerró sin más investigaciones.

Cinco años más tarde, Daniel volvió a entregarse al escenario. Dionisios Arte-Cultura-Identidad es, ahora, un proyecto itinerante. De vuelta al teatro callejero y en los espacios comunitarios, ha aprovechado para revincularse con la educación y la sensibilización de públicos en los sectores marginales con charlas de educación sexual y puestas en escena enfocadas en la diversidad sexo-genérica, los derechos sexuales y la lucha contra toda forma de violencia.

En 2017 recibió el Premio Patricio Bravo Malo, entregado por el Municipio de Quito a los activistas LGBT. Actualmente trabaja en la producción de un documental y la apertura de una escuela drag, ambos proyectos dedicados a recuperar la memoria de Dionisios y la lucha por los derechos LGBT en el Ecuador.

“Todo cambia; a pasos lentos, pero está cambiando. Estamos dejando atrás esas imágenes que nos llevaban a pensar que ser diferente era malo, cuando simplemente es otra forma más de amar”, dice La Paca al final de su nuevo montaje en formato online. No hay público ni aplausos, pero hay pasión.

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