El cuerpo humano como objeto de colección
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El cuerpo humano como objeto de colección

¿Qué mueve a un coleccionista a acumular, organizar y clasificar? ¿El cuerpo humano puede ser un objeto de colección? Grandes escritores fueron coleccionistas de objetos pero, ¿desde cuándo se considera al cuerpo de otros como una pieza que se pueda exhibir?

Alguna vez, en el coctel del lanzamiento de un libro, tuve la desafortunada experiencia de oír a un escritor que entretenía a sus interlocutores recitando un catálogo de las mujeres con las que se había acostado: repetía para el público una larga lista con los nombres y apellidos de sus supuestas amantes. Hace poco tiempo, en otro evento cultural, me encontré con una versión actualizada del recitador, un músico que enseñaba las fotos de sus amigas de Tinder, mientras exhibía y comentaba los cuerpos de cada una de sus desafortunadas conquistas, ante el silencio cómplice de la audiencia.

Más allá del disgusto que me produjeron tales exhibiciones, en las que evidentemente las mujeres eran consideradas objetos sin privacidad, sin sentimientos y sin voz, no pude evitar preguntarme: ¿qué hay detrás del deseo de acumular nombres o fotos? ¿Cómo el cuerpo de otros se puede considerar un objeto coleccionable?

Literatura y coleccionismos

Empecemos por el caso del recitador. Quizás no fuera coincidencia que quien hacía un catálogo de amantes fuera un hombre de letras. En la novela Una comunidad abstracta de Salvador Izquierdo,[1] el narrador cuenta una anécdota —real o ficticia, poco importa— sobre Scott Fitzgerald: dice que, en sus peores momentos, este escritor estadounidense hacía listas en las que enumeraba sus problemas, para no pensar en ellos. Acidez, eczema, hemorroides, influenza, sudores nocturnos, eran, entre otros, los males que Fitzgerald intentaba conjurar en sus listas, según el texto. La acumulación y clasificación le permitían ir “en contra del pensamiento”, porque el ejercicio de organización y sistematización era una forma de desviar la mente del problema real.

Yvette Sánchez, autora de Coleccionismo y literatura,[2] sugiere una relación entre la riqueza del estilo y el interés por acumular objetos. En su libro nos encontramos con anécdotas sobre grandes escritores y sus colecciones: por ejemplo, dice que el autor de Fausto, Goethe, tenía en su poder cerca de dieciocho mil muestras minerales, varias especies de plantas y una selección de obras de arte; que Vladimir Nabokov dibujaba, cazaba y coleccionaba mariposas, y que Pablo Neruda recogía botellas, caracolas, mapas y libros antiguos.

El psicoanalista Sigmund Freud y sus figuras arqueológicas.

En el Libro de los pasajes, del filósofo Walter Benjamin, se afirma que “el coleccionismo tiene su origen en el estudio, pues quien estudia acumula saber”.[3] Y precisamente, ese libro es un claro ejemplo de cómo funciona la mente de un académico, pues se creó a partir de la colección de anotaciones, citas y papeles que Benjamin había guardado en una maleta, con el propósito de escribir una obra que quedó inconclusa.

Freud, el padre del psicoanálisis, afirmaba que el coleccionista era una persona que no había logrado superar un conflicto emocional de la infancia durante la etapa anal, alrededor de los tres años y que, por lo tanto, en la edad adulta, obtenía placer a través del control. Sin embargo, él mismo tenía una obsesión por los objetos antiguos. En su casa museo se puede ver una colección de lo que él llamaba “viejos y sucios dioses”:[4] figurillas arqueológicas traídas de Grecia, India, Egipto y América, que llenaban sus vitrinas y escritorios.

Tal vez, efectivamente, el coleccionismo se pueda entender como un ejercicio intelectual para una mente predispuesta a organizar, clasificar y seleccionar o también como un modo de acumular objetos para esconder otras realidades, pero existe una gran diferencia entre poseer rocas, libros o plantas y coleccionar personas o cuerpos.

La exhibición The human body es una colección de cuerpos humanos reales sometidos a una cuidadosa plastificación.

Tesoros, botines y esclavos

Sabemos que el arte ha reproducido el cuerpo humano desde hace siglos y que los coleccionistas han recopilado esculturas y retratos como valiosos tesoros. Sin embargo, quizás las primeras colecciones conformadas por personas reales hayan sido las cohortes de prisioneros de guerra. Tras leer Las troyanas de Esquilo, es inevitable imaginar cómo los griegos, tras la caída de Troya, habrían regresado victoriosos a casa, con una colección de mujeres esclavizadas, como evidencia de su valentía, astucia y tenacidad en la toma de la ciudad. También se podría pensar en los desfiles triunfales de Julio César, en los que se exhibía a los prisioneros de pueblos galos, godos e hispanos, junto con los tesoros que iban a ser repartidos entre los generales del ejército.

Esclavos y esclavas obtenidos en batalla eran colecciones para evidenciar el poder y, quizás, ya en aquellos días, la exoticidad haya sido un criterio para medir el valor de un cuerpo dentro de un grupo humano cautivo. Recordemos que también, entre los tesoros llevados por Colón a España, había algunos nativos americanos. Como se cuenta en el Diario de abordo, al llegar las carabelas a Lisboa, la población se congregó para ver a los habitantes del Nuevo Mundo: hoy vino tanta gente a verlo y a ver los indios, de la ciudad de Lisboa, que era cosa de admiración”.[5] El espectáculo de cuerpos humanos fue parte del descubrimiento del Otro.

Este interés por lo exótico se extendió incluso hasta el siglo XIX. En la obra Antigüedades y nación: coleccionismo de objetos precolombinos y musealización en los Andes, la historiadora María Elena Bedoya recuerda que para la Exposición Universal de Madrid, en 1892, Leonidas Pallares Arteta, el encargado oficial del Ecuador, solicitaba recoger vestigios precolombinos, especialmente incásicos, para el escaparate nacional, y que sugirió que se debía “enviar indios” y reproducir sus viviendas y monumentos primitivos para atraer la atención del público.[6]

En la España de los Austrias existía una colección de lo que se llamaba gente de placer: locos, enanos, “negrillas” y otros personajes, traídos de diversos lugares del imperio, que integraban un selecto grupo de rarezas para diversión de los aristócratas. Estos personajes aparecen, por ejemplo, en los retratos realizados por Velázquez.

En todos estos casos, exhibir otros cuerpos como diferentes, o como inferiores, fue una estrategia de dominación y una demostración de supremacía de un pueblo o de una clase social. Los cuerpos salvajes se contrastaban con los cuerpos civilizados, la presencia de cuerpos anormales sostenía una idea de perfección de lo normal, el sometimiento de los cuerpos femeninos aseguraba la libertad del hombre.

La ciencia y las colecciones de cuerpos

La búsqueda del conocimiento y el desarrollo de las ciencias durante el Renacimiento y la Ilustración exacerbaron el interés por acumular, clasificar, organizar colecciones para comprender el funcionamiento del cuerpo humano. En el siglo XVIII el zar Pedro el Grande fundó el museo de antropología Kunstkámera, donde se exhibían imágenes de los diversos pobladores del Imperio ruso, junto con rarezas como fetos humanos con deformidades. El propósito de esta colección era desmitificar la imagen del monstruo y ofrecer una explicación científica sobre el cuerpo.

En aquel tiempo la antropología, la paleontología y la medicina, ciencias en desarrollo, requerían de colecciones de huesos y de vestigios humanos para la investigación. Aún hoy parecería que, si se hace en nombre de la ciencia, el coleccionar y exhibir cuerpos podría considerarse una actividad absolutamente ética. Muestras como Body World o The human body presentan colecciones de cuerpos y órganos sometidos a un proceso de plastinación para ser mostrados al público con fines educativos.

El escritor Vladimir Nabokov con algunas mariposas de su colección.

Un espectáculo rentable

Desde luego, no solo el interés científico atrajo al público a observar el cuerpo dentro de una sala de exposiciones: muchas exhibiciones recaudaron dinero al combinar la curiosidad con la repulsión o el miedo. No cabe duda de que mostrar cuerpos se convirtió en un buen negocio, como comprobaron los empresarios de principios del siglo XX: por ejemplo, en 1841, en Estados Unidos, P. T. Barnum creó un museo en el que se presentaban cuerpos con todo tipo de deformidades físicas: siameses, enanos, mujeres con hipertricosis, etc. Poco tiempo después, este museo se transformó en un gran circo, que recorría el territorio norteamericano con el primer freak show o espectáculo de anormalidades, convirtiendo a su dueño en millonario.

Otro gran negocio de exhibición de cuerpos fueron las revistas con fotografías de mujeres desnudas o semidesnudas, los calendarios y la publicidad. Con el inicio del siglo y con las guerras mundiales, se popularizaron las imágenes de pin-up girls, fotos o retratos femeninos destinados a ser consumidos por los soldados que se hallaban en el frente de batalla y que se convirtieron en los principales coleccionistas de estos productos. La fotografía hizo fácil capturar los cuerpos de mujeres para mostrarlos en impresos de difusión masiva, como la famosa Playboy (no es casualidad que esta publicación tenga algunas ediciones “para coleccionistas”) y que su fundador no dudara en tomarse fotos con sus “conejitas”, que exhibía como parte de una gran colección de mujeres. Sin duda, el capitalismo existe gracias al deseo de acumular, por lo que aplaude y promueve el coleccionismo, incluso si se trata de seres humanos. La publicidad en televisión usó muy bien ese recurso para vender autos, colonias y bebidas alcohólicas a los espectadores masculinos.

Internet y las redes sociales no han hecho más que potenciar la venta de imágenes de personas y cuerpos. Ya ni siquiera es evidente el negocio detrás de las colecciones de fotos, likes, matchs y seguidores que diariamente acumulamos y atesoramos los usuarios. Quizás lo más preocupante del coleccionismo de cuerpos sea que entregamos voluntariamente nuestras imágenes a una exhibición despiadada, en la que nuestras fotografías se vuelven objetos desechables que se pueden descartar con un movimiento del dedo o que pueden pasar a formar parte de la colección de algún misógino de coctel, y todo con nuestro propio consentimiento.

  1. Izquierdo, S. (2015). Una comunidad abstracta. Guayaquil: Cadáver exquisito, p. 50.
  2. Sánchez, Y. (1999). Coleccionismo y literatura. Madrid: Cátedra.
  3. Benjamin, W. (2005). El libro de los pasajes. Madrid: Akal/Vía Láctea.
  4. Cooper, P. (2018). Old and dirty gods. Londres: Routledge.
  5. Bedoya, M. (2020). Antigüedad y nación: coleccionismo de objetos precolombinos y musealización en los Andes. Rosario: Universidad de Rosario.
  6. Colón, C. Diario de abordo. Madrid: Verbum.
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