Cuando las palabras dan miedo
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Cuando las palabras dan miedo

Cuando las palabras

Por Solange Rodríguez Pappe

El pasado marzo, miles de mujeres se tomaron las calles de Quito para ofrecer su cuerpo a “la marcha de las putas”. La simbólica caminata, que partió como una protesta colectiva con rasgos de performance artístico, encendió la mecha de la lucha contra la violencia de género. Una sola palabra para pensarla mil veces.

La expresión inconveniente

Puta (calificativo genérico): Fácil, en el aspecto sexual.

Astuta, taimada, artera.

Homosexual masculino.

Caminaba por la Foch con el bolso en bandolera, las manos en los bolsillos, la cabeza inclinada hacia adelante para evitar el contacto con quien no me apeteciera mirar, cuando dos muchachos flacos —los recuerdo muy jóvenes— cruzaron desde la acera del frente y me cerraron el paso. “Mira, mira”, se decían el uno al otro dándose codazos. “Pero no hay nada qué mirar”, pensé, abriéndome espacio entre sus cuerpos mientras mi sobresalto inicial daba paso a la furia. Entonces intuí que el posible motivo de escándalo era que traía puesta una blusa con escote que en algo dejaba ver la raíz de mi busto. Este detalle, que había pasado inadvertido para mí hasta ese instante, para ellos había sido un llamado luminoso al abordaje. Fue al bajarme de la acera y alejarme a paso rápido cuando escuché la palabra “Puta”. La repitieron tres veces, alto y fuerte. Algunas cabezas voltearon a verme. Corrí, giré una calle y solo cuando volví a ser anónima recuperé la calma en la respiración. “Es que aquí no estamos acostumbrados a los escotes”, me dijo luego una conocida, cubriéndome el pecho con una bufanda. “Mejor toma un taxi cuando vuelvas al hotel para evitar problemas”.

El diez de marzo de este año, organizaciones y grupos de tradición larga y consistente en cuanto a la militancia política y al trabajo por los derechos de los géneros como Casa trans, Proyecto tras genero, Salud mujeres, Católicas por el derecho a decidir, Movimiento juvenil, Artikulacion Esporádika, Fundación Causana y Colectivo Prodh (Pro Derechos Humanos), coincidiendo en que era necesario llamar la atención sobre los altos índices de violencia hacia los sujetos femeninos en Ecuador, unieron sus aportes para organizar la primera “Marcha de las putas” —así, con todas las letras—, que usó como plataforma de convocatoria las redes sociales, teniendo una acogida inédita: miles de mujeres se manifestaron a favor del evento aunque en un inicio las organizadoras sospecharon que la palabra era demasiado fuerte para el medio. “En una de las radios a las que asistí para hablar de la marcha, el locutor empezó a gaguear cuando le tocó leer como se llamaba”, dijo María José Guevara, residente de la Casa trans y estudiante de comunicación. “Es terrible ver como la sociedad y los medios pueden horrorizarse por una palabra y no por la violencia de género a la que estamos sometidos. Tienen muy trastocada la noción del escándalo”.

Es “Marcha de las putas” en Ecuador, pero ha tenido otros nombres; empezó como “Slut walk” en Toronto y la primera vez que se realizó fue en abril del 2011 como reacción a declaraciones de un representante de la policía canadiense, quien aconsejó a las mujeres de York University no vestirse como putas para evitar los crímenes sexuales. Tres mil personas marcharon frente a la comisaría para exigir una disculpa y miles y miles más lo han hecho en otras ciudades. Se ha llamado también “La marcha de las puercas” en Londres, de las “putillas” en Barcelona, “de las golfas”, “de las perras”; pero en América Latina se ha usado el término en su traducción literal: “putas”. “Aquellas que piensan que jamás les han dicho putas porque no se han merecido el insulto”, expone Ana Almeida, una de las voceras de la marcha, “que se den media vuelta para que vean como las llaman a sus espaldas.”

Y lo explican ampliamente en un manifiesto de redacción conjunta que se leyó entre vítores el día del evento: la puta es la mujer que se hace cargo de su cuerpo y de su placer, así como también se expresa estéticamente a voluntad. En un mundo dividido en dos mitades donde una es buena y la otra es mala, el manifiesto de “La marcha de las putas” de Ecuador, lanza una sentencia radical: “Frente a la violencia en que vivimos todas las mujeres y otras personas que asumen expresiones diversas de género, nos autoproclamamos putas todas”. Y es que otro de los objetivos de la marcha consistía en resaltar que en el artículo 21 de la nueva constitución hay un apartado que habla del derecho al respeto por toda libertad estética.

“Ni el feminismo es exclusivo de las mujeres ni la transgresión de género es exclusiva de las personas trans”, por ello una de las actividades más llamativas de la marcha consistía en sugerir a las manifestantes usar las ropas que el imaginario asociara con el trabajo sexual: medias, corsés, mallas, tacones o el cuerpo semidesnudo. Esto causó más de una broma entre los usuarios de las redes sociales: “Marcharon muchas mujeres pero pocas eran putas de verdad”, comentaba alguien desde su cuenta de Twitter. Otras críticas fueron mucho más severas como la de Ana María Garzón quien, en una nota de opinión publicada por diario Hoy llamada “Feminismo y marcha”, se manifestaba preocupada porque eventos como la “Marcha de las putas”, en lugar de borrar las diferencias que existentes entre las feminidades, las resaltaban: “¿Por qué marchar utilizando un nombre que sigue validando una categoría creada desde el discurso dominante? ¿Por qué seguir usando una palabra-estigma para identificarse?” y luego concluye “Quiero pensar que las mujeres estamos buscando nuevas formas de representación”.

La expresión detestable

Misoginia (Sustantivo): Aversión a las mujeres.

Quienes decidieron convocarse para partir junto con la marcha que desfiló a lo largo de la Avenida Patria y recorrió el sector de La Mariscal, se saludaban a gritos, se tomaban las manos, extendían carteles, lanzaban arengas y celebraban haberse encontrado. Una de las proclamas escuchada fue aquella que recordaba que el machismo se tenía que morir y mientras sonaban los aplausos, de entre las calles laterales hombres sonrientes tomaban fotos a las chicas del colectivo de arte “Las malditas seas”, que llevaban el torso desnudo y los pezones coloreados a manera de performance. “Está buena la chiquita”, dijo alguien refiriéndose a la actriz Carla Torres. Me pregunté seriamente, mientras avanzaba empujada por el grupo, si los espectadores lejanos comprenderían de qué se trataba la propuesta de la marcha o verían solamente la carne.

El Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC) presentó el 19 de marzo de este año cifras tan escandalosas acerca de relaciones familiares y violencia, que Ana Lucía Herrera, de la Comisión de Transición en Igualdad de Género, las calificó de inadmisibles.

Resumiendo: después de México, Ecuador es el segundo país de la región donde las mujeres reportan maltrato, es decir, seis de cada diez han recibido abuso de parte de algún familiar o de una pareja, y la incidencia más alta, contra todo aquello que pudiera pensarse, está en la zona urbana y no en la rural, recibiendo Guayas el porcentaje más elevado. Como resultado de esto, el Gobierno ha concluido que reducir estos porcentajes debe ser un frente de lucha prioritaria y como estrategia inicial se aumentarían el número de juzgados para las mujeres.

En la práctica hay diferencias de discurso respecto a cómo se ampara realmente a las víctimas de violencia de género y femicidio, ya que a la hora de dar con los culpables, estos logran ser más rápidos que los alcances de la ley. Luego de enterarse de que “La marcha de las putas” sería un espacio que iba a servir para denunciar las agresiones contra las mujeres, los familiares de Andrea Salinas, apuñalada delante de sus dos hijos pequeños por su esposo Carlos Humberto Zuleta, en septiembre del 2011, lo usaron para dar a conocer el rostro del criminal, que se exhibía en un gran banner. Pese a que éste se encontraba en la lista de los diez más buscados de Ecuador, tenían serias sospechas de que ya hubiera salido del país. “Creemos que puede encontrarse en Colombia, Venezuela o Perú”, dice el primo de Andrea Salinas. “Necesitamos que su cara conste también en los registros de criminales en otros países para que podamos encontrarlo. Lo que nosotros demandamos es justicia y que no se diga que es un presunto asesino. Nosotros sabemos que él es el asesino”.

La expresión reelaborada

Empoderamiento (Sustantivo): Toma de poder por parte de un sujeto que he carecido de él por completo.

El grupo con carteles coloridos, proclamas, consignas y gritos llegó hasta la tarima que se había colocado en medio de la plaza Foch donde se realizaría la clausura de la marcha. Ana Almeida, activista de la Casa trans, abrió el evento reconociendo su satisfacción por la cantidad de convocados y convocadas que alzaban sus voces y recordó que la violencia es un círculo en el que hombres y mujeres estamos atrapados.

También artistas sumaron sus aportes a esta acción de empoderamiento, entre ellos el colectivo Zeta, la performista Vigorexia, el grupo musical Suripantas Sangrientas, Lilith y la “artivista política” Caye Callejera, cuya participación llenó de energía y euforia a un grupo ya caldeado y en plena celebración. Aquí un fragmento de su tema: “No son absolutos, men… La moral social que controla tu cuerpo es artificial, vamos a hacer lo correcto, puedes rechazarlo o perpetuarlo, no indagar tus sentimientos, solamente actuarlos, ser funcional a un sistema macabro, seguir el mandato nunca cuestionarlo”.

Cayetana Salao o Caye Callejera, el personaje que encarna cuando se proyecta al público, ha realizado actividades de carácter artístico político desde el 2005, colaborando con su propuesta músico teatral a pedido de organizaciones de conciencia de género. Montajes como Trans tango y teatro drag fueron presentados con gran éxito en espacios internacionales. “Yo canto realidades que están allí pero escondidas. Primero intento tener la estructura social que voy a desarmar y luego lanzo las líneas de cuestionamiento que usualmente son tres: feminismo, decolonialidad y el arte como una forma de poder”, señala. “Las primeras etapas son procesos de improvisación que luego se matizan con estilos, dependiendo de las circunstancias”.

Sobre el uso de los términos “duros” como la palabra puta o la palabra aborto, tanto en las letras de sus canciones como en la convocatoria de la marcha, Cayetana es enérgica porque entiende que estamos viviendo una emergencia social. “Hay que desestabilizar, hay que romper porque el discurso debe ser radical y debe ir en esos términos, pedir la despenalización del aborto para ganar lo mínimo porque si no las cosas no se mueven”.

Según María José Guevara, quien a más de encargarse de la difusión de la marcha también condujo el evento, este mensaje de subversión llegó. Tuvo esta certeza mientras leía el “Manifiesto puta” delante de un público eufórico. “Nosotras nos disfrazamos de putas un día para que el término ya no cause miedo, pero hay personas que deben disfrazarse siempre, usar trajes y corbatas para ir a sus trabajos y lo hacen todos los días, así no les guste”.

“La marcha de las putas” se dispersó cerca de las once de la noche, pero tiene previsto rearmarse el año que viene para armar una plataforma mucho más sólida de demandas y en un espacio más amplio. “Estamos pensando en algo enorme como el parque La Carolina”, comenta María José, “si este año se logró reunir tanta gente, ¡imagínate lo que va a pasar el año que viene!”. “Estamos en un proceso fuerte de cambio de conciencia”, coincide Cayetana, “el feminismo es uno de los ejes más fuertes de ese cambio”.

Las que fueron putas por unas horas se marchan con sus tacones al hombro, sus carteles bajo el brazo y una sonrisa de complicidad. Yo, que antes de ir a mi hotel para ordenar ideas estaba bastante acalorada, no lo pensé dos veces y me saqué la bufanda.

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