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Cuando la perra vida se dulcifica

por Leisa Sánchez

Por Galo Vallejos Espinosa.

Fotografía: Shutterstock.

Historias de perros sin hogar que cambiaron de vida al ser recibidos y protegidos por vecinos.

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El barrio los adoptó. La mayoría de sus habitantes los conoce, los acepta y los alimenta. De vez en cuando los baña. Recoge sus heces. Los perros tienen sus viviendas allí, en el denominado parque de la Tortuga, en el centro norte de Quito.

Se trata de Karim (el líder de la manada), Mateo, Gordito y Rosita, cuatro canes sin hogar que fueron adoptados hace tres años por la comunidad que reside en el sector de la Jipijapa. Ahí descansan, juegan, patrullan el barrio. También una moradora pretendió desalojarlos, pero fue una actitud aislada que no prosperó. El barrio los reivindica.

La madrina del grupo es Karina Sáez, mujer joven, activista en favor de la causa de los animales que deambulan por las calles. “Ella se ha ganado un lugar en el cielo desde ahora”, afirma su vecina Carmen Johnson, quien también ayuda a preservar a los cuatro perros.

Karina vive con sus propios gatos y canes —como el resto de vecinos—, a la vez que mantiene, además de los de la Jipijapa, a perros comunitarios en al menos tres sectores más de la ciudad. Rescata animales, los esteriliza, les busca casa… vive para ellos. Sus cuentas en redes sociales evidencian su potente activismo. En los últimos años recibió el patrocinio de la agencia para la fauna urbana de Quito, Urbanimal, que le ayuda con la esterilización de las hembras, especialmente.

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Cada uno de los canes deambulaba, indistintamente, por la ciudad y se acercaba a la Jipijapa. Karim, un mestizo grande, peludo y reservado, fue el primero. Recorre el parque de la Tortuga desde 2017, en razón de la generosidad de Karina y el resto de vecinos. Al año siguiente se unió Mateo, un can de similares dimensiones pero de pelo corto. Gordito, el más amistoso, que tiene ciertos rasgos de rottweiler, lo hizo el año pasado. Rosita, una hembra mediana, es la más nueva de la manada del barrio.

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Gordito y los vecinos.

Los vecinos construyeron casas con palés obtenidos de donaciones. Viviendas de madera con techo de teja sintética que tienen el rótulo de cada animalito. Los hermanos Carlos y Verónica Zurita, otros moradores, los construyeron. La lista de gente que cuida a los perros es amplia. En un restaurante de carnes cercano, especializado en platos argentinos, el propietario y los trabajadores también cuidan a la manada y diariamente los alimentan.

Karim y Mateo son reacios a las cámaras. Temen a humanos desconocidos, no miran de frente. Rosita es arisca. Gordito, el más feroz a la distancia, es, al contrario, coqueto. De rostro dulce, posa para las fotografías. Recibe, confianzudo, a quien se acerque a su hogar. Hasta parecería que sonríe…

Ambato

Comieron, ávidamente como acostumbraban, y, en cuestión de minutos, empezaron a convulsionar. Las imágenes, durísimas, surfearon las redes. Al menos una docena de perros, entre aquellos sin hogar, comunitarios y convivientes con humanos, fueron envenenados en el barrio Ficoa, en Ambato, en junio de este año. Los asesinatos apuntaban a una persona que fue filmada por cámaras de seguridad, que no alcanzaron a revelar quién era. El criminal, encapuchado, llevó comida envenenada en baldes y la tiró al parterre en el cual los canes reposaban.

Detrás del horror hay, más bien, una historia de empatía con la fauna urbana. Paúl Espín Mora, quien mantiene un local de mascotas, en otro lado de la ciudad, cuidaba, alimentaba y velaba por animales que él y su familia convirtieron en comunitarios: Suco, Dawid Bowie, Negrita, Pepita y Chocolate.

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Suco, Dawid Bowie, Negrita, Pepita y Chocolate.

El hermano de Paúl, Roberto, y su cuñada, Lilia, adecuaron una casita para los canes. Por lo general, la ocupaba Suco, el líder de la manada, aunque la compartía con los otros canes.

Espín Mora recogió los cadáveres de los perros que en un inicio fueron a parar a contenedores de basura. Los enterró en un lugar lejano. Les rindió tributo (a Suco le dibujó un retrato y lo colgó en la vivienda del macho alfa). No tiene certeza de todos los envenenados, pero sabe que existen personas que dejan a sus mascotas abandonadas a su suerte durante horas.

Paúl vive para las mascotas. Además de que se gana la vida atendiéndolas, tiene más animales a su cargo, entre ellos un can ciego.

Carolina Andrade reside en Ficoa. Tiene canes a su cargo y alimenta a otros, como muchos animalistas de distintas latitudes. Uno de los que ella cuidaba, Simón, alcanzó a rescatar un hueso de la comida envenenada y pereció. Ella, como Paúl, recuperó el cuerpo de la basura. Indignada, como muchos en Ambato y fuera de esa ciudad, está pendiente de que se juzgue al responsable, pero tiene muchas dudas.

Sabía que existían vecinos del sector que no miraban con buenos ojos a la manada de Suco. Que había inconformidad, quejas. No se imaginaba que alguien iba a matarlos. Sin embargo, sabe que existen asesinatos de canes sin hogar en distintos lugares de la ciudad, del país.

En redes sociales, en reportes en medios de comunicación tradicionales incluso, solo en este año se han denunciado matanzas en Guaranda, Ibarra, Guayaquil, Quito, Otavalo… La lista es amplia, las denuncias menos y los culpables casi no existen.

Coloso

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Coloso.

En medio de la pandemia, la hinchada del Barcelona guayaquileño se angustió. La mascota oficial del popular club, un perro de raza labrador, Coloso, dejó el complejo de entrenamientos donde vivía y partió sin rumbo fijo.

Por redes y medios deportivos se alertó de la pérdida. El can llegó siendo cachorro en 2017, luego de que fue obsequiado al entonces presidente del equipo, José Cevallos. El exarquero decidió cederlo para que se convirtiera en la mascota del equipo y lo bautizó, así como decidió dejarlo en las instalaciones barcelonistas.

Compartía cancha en las prácticas con los jugadores, cuerpo técnico y logístico. Era protagonista en las llamadas noches amarillas. Hacía la delicia de los periodistas que cubrían los entrenamientos. Tenía incluso una cuenta de Twitter que era manejada por el equipo de prensa del club.

Horas después de extraviarse, apareció por fin. Una familia lo había llevado a su casa, para su suerte. En el equipo se enteraron y fueron a recogerlo. El retorno quedó registrado en video y fotografías, pero en el club quedaban dudas. ¿Quién realmente se hacía cargo del perro? ¿Todos o ninguno? Veterinarios recomendaron que era necesario un hogar para él.

Así fue que a mediados de julio la directiva del Barcelona decidió que el can debía tener una vida normal de mascota, un vínculo cercano, de manada. Y apuntaron a los humanos que lo recogieron cuando se perdió: cuidan a tres animales más, en buen estado, cuentan con espacio y recursos. La decisión se tomó.

Se hizo pública la ida de Coloso por medio de las vías oficiales. La viralidad del perro provocó reacciones, aunque las conciliadoras fueron tendencia; se pidió que se haga seguimiento y que el club periódicamente dé a conocer las condiciones del can. Desapareció la cuenta del peludo en la red social, dejó el ojo mediático, pero los vericuetos de la vida lo convirtieron en hijo de familia.

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Acerca de Leisa Sánchez

Su gran motivación e interés periodístico son los temas históricos y culturales.
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