Cuando haya perdido el colágeno, todavía seré yo.
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Cuando haya perdido el colágeno, todavía seré yo.

Por Paulina Simon Torres

Ilustración Paco Puente

Edición 455 – abril 2020.

¿EXISTE UNA EDAD CONCRETA EN LA QUE SE EMPIEZA A ENVEJECER? EN NUESTROS DÍAS LA LÍNEA ENTRE LA JUVENTUD Y LA EDAD MADURA ES DIFUSA. NOS NEGAMOS CON TODAS NUESTRAS FUERZAS, Y TODOS LOS PRODUCTOS QUE TENGAMOS A LA MANO, A EXPERIMENTAR UN PROCESO ABSOLUTAMENTE NATURAL. ¿POR QUÉ?, QUIZÁ PORQUE CRECER O MADURAR O ENVEJECER NO ESTABA EN NUESTROS PLANES.

Hace un par de meses se celebró en Estados Unidos el famoso encuentro de fútbol americano conocido como Super Bowl, uno de los eventos deportivos con más audiencia en América del Norte (según El País en su edición digital, cien millones de espectadores) y aparentemente, también en nuestros sureños dominios tuvo un gran impacto, porque las redes sociales amanecieron inundadas de posteos, particularmente sobre el acto intermedio: dos mujeres latinas brindándole al mundo un espectáculo de música y acrobacias que duró quince minutos, que tuvo hablando a la gente, los periódicos y hasta uno que otro académico durante más de un mes.

Primero, la cantante colombiana Shakira, de 43 años, en un popurrí de todos sus hits, una mezcla entre inglés y español, danza árabe, reguetón y rock. Luego la cantante, actriz, bailarina y empresaria puertorriqueña J. Lo, de 51 años, subida en un trono y en un pole, envuelta en una bandera de Puerto Rico, recordando al público que a pesar de todo su éxito sigue siendo Jenny from the Block. El show cerró con ambas sacudiendo al estadio y al mundo con su espectáculo, sus voces, su baile, sus atuendos y sus cuerpos perfectamente torneados, atléticos y sensuales.

Las dos mujeres no solo hicieron gala de su sabor latino, sino que también criticaron abiertamente la política migratoria de Trump, mediante una pequeña coreografía en la que varias niñas se liberaron de sus jaulas para cantar juntas y libres.

Es imposible que un evento de esta magnitud pase desapercibido y me resultó impactante ver la cantidad de reacciones en torno a estas dos mujeres en redes sociales, todas contradictorias entre sí. Para unos J. Lo y Shakira son el estandarte para los latinos y su acto era político; para otros el show era denigrante para las mujeres y pornográfico; mientras que para varios era una reivindicación de la feminidad latina. Álgidos debates de ida y vuelta en Facebook y Twitter. Y los medios tampoco se quedaron atrás, desde Clarín, hasta El Mundo, los titulares lanzaron cosas tan dispares como “De la exhibición al empoderamiento”, “¿Por qué incomodan los culos de J. Lo y Shakira?”, “Activista cristiano planea demandar a la NFL por show”, “Shakira y Jennifer López, las caderas no mienten: ¿el show no fue apto para menores?”; “El mensaje oculto en el show”.

La verdad, yo no tenía ninguna opinión al respecto, peor aún después de ver el show en diferido en YouTube; que me pareció repetitivo y excesivamente movido (solo de verlas bailar tanto, me cansé, sentada en mi silla como estaba). Pero de pronto encontré algunos criterios con los que me costó menos identificarme: la idolatría al cuerpo de estas mujeres y la cantidad de menciones a su edad. Me empezó a aparecer publicidad de gimnasios con las fotos de J. Lo y Shakira con eslóganes como “Llegue así a los cincuenta”. Todos lo memes estaban enfocados en declarar que el cuerpazo de J. Lo es la imagen de los “nuevos cincuentas”. Solo una amiga muy querida se atrevió a comentar lo que seguro muchas pensábamos. Y es que, más allá de que el acto de estas dos mujeres hubiera sido político o pornográfico, la idea que más resuena es que ser mujer y llegar a los 43 o mejor aún a los 51 años con ese cuerpazo y esa juventud, es lo que se necesita para triunfar en la vida.

Yo, que mientras escribo esto estoy encorvada sobre el teclado, tomando la cuarta taza de café del día, miro en el canal de YouTube de la NFL el show de nuevo y lo pauso cada que Shakira sacude los brazos para ver si se le mueve algo. Mientras repriso el movimiento, muevo mis dos brazos y parece que tengo alas, flácidas carnes pecosas que se sacuden sin gracia. Pauso cuando J. Lo se desliza por el tubo de pole dance y trato de ver si se le nota alguna arruga. Obviamente no tiene. Pero tampoco las tiene Madonna, que ya cumplió 62 años. Yo me veo los labios resecos en la pantalla del celular mientras contesto un mensaje y descubro dos leves y nuevos surcos que se forman desde mi nariz hasta casi la quijada y me hacen lucir seria, con un gesto que no sé descifrar.

En diciembre pasado tuvimos un encuentro navideño con unas amigas muy cercanas. Todas nos conocimos a partir de los nacimientos de nuestros hijos, en un grupo para hablar de maternidad, lactancia, etc. Y aunque ya no nos convocan esos temas, hemos persistido en vernos al menos una vez al año. En medio de un encuentro bastante animado y con abundante vino, de repente, justo después de atiborrarnos de comida, alguien empezó a preguntar ya desinhibida cómo una de ellas, que había adelgazado muchísimo, había logrado perder tanto peso. Y del peso, que siempre ha sido uno de los temas predilectos en los grupos de mujeres en los que he participado desde los doce años, saltamos al ejercicio.

Yo me estaba riendo mucho con el tema de las dietas y las que habían empezado a hacer crossfit, que se entrenaban para el Ironman y/o que hacían hot yoga. De pronto, ya hablaban de suplementos alimenticios y dejé de reírme tanto, y empecé a poner atención, más aún cuando continuaron con las diferentes marcas de colágeno que usaban y ahí empecé a hacer preguntas, porque mi abuela, que tiene más de setenta años, consume colágeno, entonces no entendía por qué nosotras que somos tan jóvenes teníamos que hablar de estas cosas. Pero el asunto solo fue empeorando. Luego pasamos a los cosméticos y yo me acababa de enterar que el rostro se dividía en tantas partes que podían arrugarse de maneras infinitas y que por eso había que empezar a colocarse una pomada distinta en cada una de esas inexploradas zonas del rostro. Una de ellas dijo que usaba de cuatro a seis cremas diferentes, esto incluía el bloqueador solar por las mañanas, y por lo menos otras tres en la noche. Además de los productos para el cuello, las pestañas y el dorso de las manos que se ponen antes de ir a dormir.

En algún momento (no podía creer) nuestra conversación tan amena de jóvenes madres liberadas por una noche había derivado en una visita virtual a la farmacia, al cosmetólogo y al portal de Amazon para guardar en la Wish List la crema de contorno de ojos, que tan bien le había sentado a una de ellas. La noche solo podía seguir con esta declaración: “Ya estamos viejas”.

Para este momento, ya borracha y aunque todo me daba risa, empecé a preguntarles una a una: “¿En serio estamos teniendo esta conversación?”, “¿En serio creen que necesitamos cremas?”, “Por favor, hablemos de otra cosa”, y mi declaración definitiva: “Yo todavía soy joven”. “Sí, pero no por mucho tiempo”, fue la respuesta en coro. Me senté en silencio, puesta mi chaqueta con hombreras regalada por mi madre, a escuchar todos sus argumentos: la elasticidad de la piel se empieza a perder desde los treinta; la prevención es siempre mejor; ponerse bótox no es cuestión de vanidad, es la vida. Yo no era la única nerviosa con la dirección que había tomado esa noche; otra amiga, igual de descontenta, aseguró que le crujían las rodillas, que ya no le crecía el cabello como antes y que no tenía idea cómo iba a asistir a la futura adolescencia de su hijo sin ser una vieja. “Cuando yo tenía quince mi mamá ya era vieja”, dijo. Luego, entre todas hicimos las cuentas y le dijimos: “Cuando tú tenías quince, tu mamá era menor que tú ahora que tu hijo tiene todavía cinco”. En defensa dijo: “Ya, pero mi mamá sí parecía vieja, usaba hombreras”. Se rieron. Yo me mantuve callada. Hasta que alguna señaló las hombreras de mi chaqueta y al menos por un momento todas nos reímos a carcajadas, sin miedo de arrugarnos más.

Cuando hicimos la foto del recuerdo, en lugar de whisky, alguna gritó: “Calcibón”. Fue un encuentro divertidísimo y una semana más tarde todas habíamos empezado a tomar calcio, cloruro de magnesio y polvito mágico y redentor de colágeno; y a hacer al menos sets de ejercicios de cinco minutos (gracias YouTube) al día.

¿Cuándo se empieza a envejecer y cuándo se deja de ser joven? No es la misma pregunta. Porque yo, que soy joven, empecé a envejecer esa misma noche. De pronto analicé los últimos meses de mi vida y me vinieron a la mente cosas como el día que me puse un vestido de colores para ir a trabajar y me dijeron como cumplido: “¡Qué juvenil!”. No se me ocurre que a una joven alguien le diga algo tan redundante. También supe por un chequeo rutinario que a mis ojos ya les había llegado la presbicia, y que, aunque no es necesario tratarla aún, ya nunca se irá. Mi colesterol se mantuvo alto por cuarto año consecutivo, tengo exceso de peso y unas manchas en las manos y en la frente. ¿Son estos problemas de salud, de vanidad o sim­ples síntomas de la edad?

Regreso al video de Shakira y Jennifer López y me parece que se ven más jóvenes que cuando eran jóvenes. Existe una industria de la juventud, sin duda. El elevado capital de la juventud que no nos deja envejecer, en especial a las mujeres; porque cuando entre las celebridades son hombres los que se han dejado las canas y las arrugas, todo el mundo los aplaude: “Qué viejos tan buenos son George Clooney y Brad Pitt”. Claro, que no se espera que dos mujeres que viven de bailar, sean flácidas, pero se entendería que tuvieran alguna línea de expresión en el rostro que nos hable de esos cuarenta o cincuenta años en el mundo, pero no.

Entonces es vanidad. Pero también es salud. Y sobre todo, actitud. Suena como un trabajo en el que se me irá la vida.

Tengo 38 años, en algunos meses cumpliré 39 y me temo que ya he empezado a vestirme juvenil. Siento que la energía que tenía a los veintiocho, cuando hacía un millón de cosas al día y me divertía también, ahora se parece más a la batería del celular: tengo que hacer un esfuerzo para no entrar en “Modo ahorro” desde las 11:00 y en estado “Solo emergencias” a partir de las 18:00. Me doy cuenta de que mis alumnos creen que soy una señora: aunque sí, soy una señora. Hace once años, cuando empecé a dar clases, era una chica. Incluso los alumnos se podían enamorar todavía de mí, éramos relativamente contemporáneos.

Entonces es vanidad. Salud. Actitud. Pero también es cuánto atractivo se va perdiendo mientras pasan los años y te pasan los hijos, la vida, los estudios, las fiestas, los viajes, los chuchaquis, las fiebres nocturnas de los bebés, los partos vaginales, las lactancias, el freelanceo, el matrimonio, seguir siendo una hija para tus padres, no aprender nada, seguir buscando el camino, estar más cerca del fin que del inicio. O estar justo en la mitad, para no ser tan dramática. Pero crees que las hombreras no son tan malas y te empieza a parecer que los jóvenes de ahora no son como los de antes, que la música de antes siempre fue mejor y la de ahora no es música. Que todo lo que no entendemos es de millenials o es hípster. Nos parece que todos son noveleros, menos yo que había leído 1984 cuando no estaba de moda y que me había hecho vegetariana cuando no era trending topic y que tenía piercings y tatuajes antes de que todo el mundo los tuviera. No solo me siento vieja, sino que empiezo a notar un poco de amargura en mis chistes, empiezan a hacerse un poco rancios, como todo lo que envejece.

Nunca fui vanidosa. Pero ahora, más que querer verme bella, tengo miedo de verme vieja. Siempre me gustó el pelo de colores. Ahora, que aparece mi primera docena de canas, me parece que el blanco es la ausencia de color y me pongo triste. Siempre fui saludable, hipocondríaca, pero muy saludable. Ahora subo los tres pisos de mi departamento sin ascensor llevando las compras y siento que he hecho suficiente ejercicio para todo el mes, estoy agitada, sudorosa y creo que me ha subido la presión. (Por la noche me tomo una Arcoxia para el dolor de rodillas). Siempre me han gustado los chicos guapos, aunque no ejerza. Pero ahora no me atrevo a verlos a los ojos, porque me aterrorizaría sostener una mirada joven y que piensen que soy una desubicada. Nunca más gustarle a nadie. Ni siquiera el matrimonio era un problema para eso, pero la vejez sí.

Tan lejos estoy de subir a un pole como de subir a una montaña; como de acordarme cuál de las cremas había que ponerse en qué orden y de oír las alarmas para tomar el colágeno que todas las semanas me olvido de tomar.

Según algunos, el éxito, la belleza y la juventud de Shakira y J. Lo radican en su constancia y dedicación (no en su millonaria fortuna). Pienso que no me sirven mucho de ejemplo. Según mis amigas, es cuestión de envejecer dignamente, pero yo no le encuentro nada digno a perder elasticidad en todo el cuerpo y empezar a crujir y a olvidar.

Han sido demasiados golpes, demasiadas malas noticias o malos augurios. Sin embargo, debo decir que, en medio de un panorama tan poco prometedor, con dos divas latinas en el horizonte de un mundo que espera que todas las latinas lleguemos a esa edad de ese modo, he sentido madurez. Esa madurez que te alcanza cuando creces, no envejeces, sino creces. Esa especie de sabiduría que te hace sentir noble, que te hace sentir en capacidad de aceptar tus virtudes y en plena capacidad intelectual de explotar tus debilidades: incluso en público si hace falta y te pagan por hacerlo (gracias Mundo Diners).

No me siento vieja. Un poco desmoralizada, sí. Pero me alegro de vivir lejana a mi adolescencia llena de vergüenzas y complejos; a mis veintes tratando de calzar, a mis treintas, incluso, que van camino a extinguirse dentro de poco, y que me dieron la fuerza sobrenatural de parir y criar dos seres humanos. Extrañamente con una alegría melancólica, a pesar de todo lo que yo mis­ma espero de mi cuerpo rechoncho y mis patas de gallo, los cuarenta se ven a lo lejos (ni tan lejos) como el inicio de una adultez prometedora. Confío en que cada vez me importe menos lo que alguien pueda pensar de mí; confío en que mis olvidos y mis paranoias me ayuden a escribir mejor; confío en que mis hijos, pronto adolescentes, van a subir las compras por los tres pisos sin ascensor; confío en que mi esposo y yo podamos volver a viajar solos y encontrar días sin rutina a los que nos podamos abrazar. Espero que mi actitud y mi cerebro sigan siendo atractivos para poder existir con coherencia. Espero sobre todo que mi temor a tener arrugas no vaya volviéndose miedo a la vida que todavía me queda intacta.

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