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Cuando estallan las crisálidas.

por Leisa Sánchez

Por José Luis Barrera.

Ilustración: Tito Martínez.

Edición 460 - septiembre 2020.

Remembranzas pendiente

Libros que matan

Una vez mi padre me dijo que los libros lo habían salvado durante su juventud —sufrió depresión severa a los veinte años—, pero le aterraba que al llegar la vejez lo matasen. Y mientras en aquella sala de emergencias los segundos se ralentizaban, yo recordé la frase y la sentí como un puñal hurgándome en las tripas.

Al fondo, médicos y enfermeras se cruzaban igual que los autos en hora pico. Por aquí, un tipo con infecciones; por allá, un ebrio herido en riña callejera; y al fondo, indefenso, mi padre exhalando e inhalando con lentitud, temeroso de que la vida se escapase junto con el oxígeno.

Yo, sin saber adónde huir, seguía pensando en el miedo a los libros, el cual adquirió sentido de un modo imprevisto.

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Una hora y media antes, recostado en mi cama, dejaba que el domingo se escurriese entre mis dedos. Mientras, mi padre iba por la casa como espectro. Ambos nos convertimos, tiempo atrás, en extraños porque yo, adolescente en fuera de juego, me aburría por todo y peleaba con todos.

De pronto, en la sala se escuchó un golpe horrible y seco; tuve la impresión de que mi televisor se callaba por el susto. Con la torpeza del que no sabe reaccionar ante lo desconocido, quise convencerme de que el ruido fue una alucinación, pero un quejido suave, casi inaudible, me obligó a enfrentar la verdad.

Fuera, agazapado en la penumbra de las seis de la tarde, pude ver el cuerpo de mi padre tumbado boca abajo y al pie de uno de los estantes de libros. Había sangre y un tomo de la Historia de Alberto Malet —el tres—, La Edad Media.

A kilómetros de la coherencia, me puse a preguntarle qué ocurrió. Solo gracias al libro, que casi me tumba también, me di cuenta de que era necesaria una ambulancia. Llamé. Una voz robótica indagó sobre el nombre del enfermo, edad y motivo de consulta… Apenas pude decir: “Mi papá se cayó”.

Entonces el tiempo empezó a detenerse. Incluso tuve la impresión de que los sonidos de la calle llegaban a mis oídos deformados por la lentitud. Esa tarde perdí más de media vida.

Con la ambulancia, llegaron dos médicos recién salidos de su incubadora.

—Malet tuvo la culpa —balbuceó el herido; yo asentí.

Nos llevaron a una clínica cercana. Allí, seguimos culpando al historiador francés y a la Edad Media, mientras el emergenciólogo suturaba cejas y labios. Reparé, por primera vez desde el accidente, en los ojos de mi padre. Sus párpados estaban desmesuradamente abiertos pese al hematoma, pareciendo que el globo ocular iba, de un momento a otro, a saltar de su cuenca y hacerse trizas contra el suelo.

El fin tiene un comienzo

El Archivo-Biblioteca de la Función Legislativa, cuando mi padre lo abandonó, era una oficina oscura y llena de burócratas, cubículos, estantes de metal y cientos de libros; cuatro años después, tenía pinta de un invernadero amurallado con vidrios en el que, en tres pisos, se distribuían matemáticamente empleados y documentos.

Uno de los exsubalternos de papá era el encargado. Fue él quien le pidió, luego de sacarlo de su exilio doméstico, que se sentara en la más cómoda de las sillas del salón de conferencias. Quería que unos periodistas lo examinaran como arqueólogos a reliquia de civilización perdida.

—¡El doctor Barrera lo sabe todo! ¡Tiene una memoria prodigiosa! —dijo.

—¿Cuánto tiempo estuvo en esta oficina? —intervino la reportera y, enseguida, como si se hubiera arrepentido de una impertinencia, se justificó—. Estamos haciendo un video para promocionar a la Asamblea Nacional y sus dependencias, ¿sabe?

—¿El tiempo que estuve aquí? Ninguno… Este no es el lugar en el que trabajé, ni siquiera se parece.

Todos rieron, menos él.

La periodista, con la avidez propia del oficio, empezó a disparar preguntas sobre números de constituciones, presidentes de la República y diputados. El entrevistado la miraba perplejo; en sus ojos —abiertísimos— se sucedían signos de interrogación y puntos suspensivos. Eran su única respuesta.

—¿Por qué no dice nada? —preguntó la mujer.

Mi padre bajó la mirada y siguió reflexionando en silencio. El esfuerzo que hacía para organizar sus ideas provocó la aparición de varias arrugas en su frente, cicatrices de un cerebro en combate consigo mismo.

El fusilamiento seguía: “¿Cómo es la primera Carta Magna?”, “¿recuperaron el decreto de manumisión de los esclavos?”, “¿cuándo se fundó el Archivo?”, “¿seguía funcionando durante las dictaduras?”.

Datos que antes acudían sin necesidad de buscarlos se esfumaron del cráneo del entrevistado, ahora plagado de monstruos que nadie más podía ver. En meses previos, esas apariciones eran esporádicas, pero para ese momento ya se habían vuelto incontrolables; y el divorcio entre ideas y palabras, irreversible.

—Mejor hagamos unas tomas en la biblioteca…

El camarógrafo enfiló hacia allá y la reportera, suspirando, lo siguió. Su expresión parecía decir: ¿nadie respeta el tiempo de un comunicador? Pero, ¿qué importancia tiene el tiempo para alguien que ya lo olvidó?

Cuando finalmente el video promocional estuvo listo, la imagen del doctor fue fugaz y anónima. Sostenía un libro y fingía leerlo, mientras una voz en off narraba la lucha del Congreso —rebautizado como Asamblea Nacional— para evitar la “desmemoria histórica”.

Réquiem a ritmo de salsa

La última caída de mi padre fue en el hospital y durante la noche, cuando los demonios de la mente se vuelven más temibles.

Antes, durante el día, él estuvo acompañado por médicos practicantes, enfermeras, amigos… en fin, por todos, menos por mí. Yo trabajé desde la mañana hasta muy tarde, en una de aquellas jornadas eternas de centro comercial.

Cuando estaba a punto de dormir, el teléfono sonó como un cañonazo. Supe enseguida que se trataba de mi padre por el tono de la mujer al otro lado de la línea. “¡Debe venir urgentemente! Hubo un problema”. No fue necesaria ninguna palabra adicional.

El tiempo volvió a paralizarse como meses atrás. El coche en el que iba al hospital parecía inhalar las rayas pintadas en el asfalto y, enloquecido por la sobredosis, tuvo que evadir perros tan solitarios y trasnochados que se antojaban fantásticos. Atravesamos la zona rosa, donde los ebrios se empeñan en liquidar la tristeza con alcohol; la marcha, por su culpa, se entorpecía. Callado, me resigné a escuchar las tonadas de salsa que envenenaban las calles: “gitana, gitana, tu pelo, tu pelo, tu cara, tu cara”.

Finalmente, llegamos al hospital. Un guardia me bloqueó el ingreso.

—No son horarios de visita —dijo.

Pero no fue necesario que yo respondiera, mi rostro, travestido de argumento inapelable, lo hizo retirarse. Subí las gradas a toda velocidad.

Arriba, en el pasillo de Medicina Interna, un par de médicos cuasi adolescentes —de esos que parecen extraídos prematuramente de sus crisálidas universitarias— se pusieron a explicar que “hubo un accidente”, procurando no dar detalles. Sin embargo, mi violencia muda les obligó a admitir que mi padre estaba inconsciente por un golpe en la cabeza.

—Pero fue contra la baranda de la cama —se apresuró a decir uno de ellos—; la especialista le explicará.

Ella no era una médica en crisálida, pero casi. Se la veía agotada y retorcía las manos con nerviosismo. Empezó insistiendo en que “hubo un accidente”; en efecto, la culpable era la baranda de seguridad de la cama que, “de una manera inexplicable, se bajó”. El paciente, perseguido por sus demonios, quiso levantarse, resbalando con una zapatilla, entonces su cráneo se dio dos golpes: primero con la pared y, luego, con el velador.

No quise escuchar más, tampoco buscar culpables. Fui hasta la sala de espera del área de Cuidados Intensivos, donde absurdamente permanecía mi padre, pues, según lo dicho por la doctoracuasi-adulta, su muerte era cuestión de horas.

Al entrar, lo vi por última vez —no hubo otra oportunidad—. Él había estado allí por varios minutos, solo y con los ojos tan abiertos como cuando cayó al pie del estante. Si entonces tuve miedo de ellos, en ese momento me aterraron: no tengo duda de que era posible caer dentro y ahogarse en el mar de la pupila.

Di un salto hacia atrás. Otros médicos-feto aparecieron y, aunque habían hecho un gesto para forzar mi silencio, se pusieron a tomar fotos con sus celulares y a reír indiferentes.

—Para que las subas a tu Facebook, es la primera vez que te mandan a velar toda la noche.

Volví a acercarme “al paciente”. Un impulso desconocido hizo reaccionar sus párpados y, luego de un rápido pestañeo, vi —o creí ver— el brote de una lágrima.

Un día después del fin

Durante aquel diluvio de desconocidos, preguntas y abrazos en el que siempre se convierten los velorios, permanecí sentado frente al ataúd de papá, recibiendo a los visitantes con una indiferencia mal disimulada: la muerte de los amados inocula desafecto hacia el resto.

No me atrevía a acercarme al cadáver por miedo a que me juzgara y harto de ver caras opacas o pixeladas por mi indiferencia, fui a buscar un café —en las salas de velación ese es el premio consuelo—.

Con el vaso de espuma flex en la mano, inconscientemente entré al velatorio de un muerto distinto. Quise salir al percatarme, pero un hombre intervino y se puso a “reconfortar mi ánimo”. Me dio la impresión de que sus palabras le ayudaban a él más que a nadie, así que lo dejé seguir.

—Era un gran ser humano… nunca hubo quejas de su comportamiento en el trabajo… ¡es una lástima!, ¡una gran pena! Pero debes tener fuerza… B

albuceé agradecimientos para huir porque ese muerto ajeno empezaba a matarme. Por alguna razón, que aún hoy no comprendo, hizo que sintiera el vacío dejado por mi padre con una intensidad tremenda. Eché a correr. Dos mujeres quisieron que frenara, acaso también para reconfortarme, pero las evadí.

Escondido en el baño —búnker de los que quieren llorar solos— me miré al espejo y pude notar que los ojos de mi padre, perplejos y desmesurados, eran los míos. Solo entonces comprendí que, como los internos del hospital, yo también estaba a punto de eclosionar, pero en alguien igual y, paradójicamente, distinto al hombre que me dio la vida.