Crónica del café

Elegir la hora a la que me tomaré mis dos o tres cafés diarios es importante. Como no se puede tomar café eternamente, debo elegir si el café acompañará una lectura, una jornada de trabajo o una charla con alguien querido. Si pudiera, pasaría tomando café todo el día. Y lo he hecho, pero resulta que esta poderosa droga permitida pierde su efecto y en exceso más bien causa nerviosismo y náusea existencial.

Tomar café es una costumbre romántica pasada de moda. Remite a los intelectuales de cafetín que empinaban sus tazas en largas discusiones inútiles, arrogantes y trasnochadas. Cuando tenía quince años y empecé a leer, lo que quería era tomar mate, como Horacio Oliveira de Rayuela. Cortázar hablaba de un París inventado, de los años sesenta; hablaba del Club de la Serpiente, de gente que escuchaba jazz botada en la alfombra y se perdía en una ciudad ajena, y luego tomaban mate, “cebaban su mate”.

café
Ilustración: Luis Eduardo Toapanta

A los quince años yo quería ser como ellos. Pero no eran los años sesenta sino el año 2002, y yo no vivía en París, sino en un departamento en plena avenida 10 de Agosto, una ferretería interminable. Recuerdo que compré “mate” y, sin tener idea de cómo se preparaba, lo herví en una olla y luego intenté tomarlo sin siquiera cernirlo. Las pequeñas hierbas se me quedaban entre los dientes mientras escuchaba los camiones del gas pitar en la calle. Años después, en Buenos Aires, probé mate de verdad, la bebida solo provocó en mí una taquicardia aguda y una horrible sequedad en la boca.

Al contrario de la pretensión de beber mate, la necesidad del café surgió de mi familia. Mi abuela tomaba once cafés diarios. El primero era el de las seis de la mañana, que tomaba acompañada del ruido de los primeros pajaritos o la radio. Luego venía el segundo, el del desayuno, en compañía de la familia, los siguientes nueve se iban prorrateando alrededor del día.

Uno importante era el de las once, a esa hora solían llegar visitas, o algún hijo, alguien que no fue a trabajar. Entonces, dicen que decían los abuelos: “¿Vamos al cafecito de las once?”. Y esa taza era el pretexto para hablar de cualquier cosa, para abrir un paréntesis afectivo en el ajetreo cotidiano de la vida.

No soy una purista ni mucho menos. Me encanta el café pasado, pero con azúcar, y, cuando no hay, confieso que he disfrutado del pecado vergonzoso del café soluble, con un chorro de leche, azúcar blanca y un pan de tienda. Tampoco le hago ascos a un Nescafé de máquina, es más, me causa alegría encontrar una de esas maquinitas en medio de la ciudad. Pero tengo mis mañas.

No puedo tomar café frío ni tibio (nada debería ser tibio). Y no tolero el café en taza negra. Necesito ver el color y comprobar que no esté “chirli” o demasiado concentrado. Sobre todo, procuro disfrutar del momento.

El café es un momento; así que se debe elegir bien a qué hora y con quién beberlo. No vaya a ser que se desperdicien los turnos del café tomándolos de pie o al apuro, en una taza oscura, y más tarde, cuando ya se haya consumido la dosis de cafeína permitida en el día, llegue un buen momento, un buen libro o una buena canción, o una persona con un tema de conversación que promete, pero ya no exista la posibilidad del café. En ese caso no habrá más remedio que acompañar (o arruinar) aquel momento con una rica tizana de manzanilla. Porque no hay nada más triste que un tibio té de manzanilla.

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