El croché se hizo arte
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El croché se hizo arte

En un pequeño pueblo de España tejen con croché enormes parasoles de plástico reutilizado. Las creadoras son, en su mayoría, mujeres mayores y jubiladas que hicieron de esta tradición un arte.

La comunidad Valverde de la Vera (Cáceres-España) tiene apenas quinientos habitantes, pero allí funciona un proyecto de diseño único: Tejiendo la calle. Este trabajo de cooperación ciudadana involucra a los habitantes del lugar, en su mayoría mujeres mayores, que tejen parasoles reutilizando plásticos y los instalan en las calles para dar sombra en verano.

Libro tejiendo la calle.

La idea nació de la arquitecta Marina Fernández, quien se inspiró en los bordados que hacía su abuela y quiso trasladar esa idea a un paisaje urbanístico de gran escala. En 2012 inició esta aventura que generó gran interés y al inicio la población se reunía en la plaza del pueblo para tejer y compartir las técnicas de ganchillo o croché, como se conoce más en el Ecuador.

Quienes están más implicadas en el proyecto son personas jubiladas, que durante el invierno se dedican a tejer para presentar sus obras textiles en verano. “Esta actividad se manifiesta en el espacio público y es una iniciativa en la que se elaboran las piezas a mano y se reutilizan plásticos para elaborar estructuras ligeras e impermeables que se cuelgan en las calles del pueblo”, cuenta Marina en un foro de la Asociación Creadores Textiles de Madrid.

Aunque alrededor de doce personas tejen de manera constante, alrededor de cuarenta han pasado por el proyecto, incluido el padre de Marina, Manolo Fernández, quien aprendió la técnica y afirma que “esto de hacer ganchillo hace cuarenta años ni se me hubiera pasado por la cabeza”.

El proceso

Cada persona diseña y produce su propia pieza. Para los diseños escogen elementos florales, vegetales u ornamentales y las piezas se confeccionan con plástico reutilizado como bolsas de supermercado o embalajes que se transforman en largas tiras. También utilizan telas producidas con botellas recicladas. 

Las creaciones se instalan en sitios históricos del pueblo y en cada edición cambia la posición de las piezas. Al finalizar cada temporada, los parasoles se guardan para volver a instalarlos el año siguiente. Aunque el impacto del sol hace que el plástico se rompa poco a poco, la comunidad cuenta con un taller de reparación para dar mantenimiento a las obras y mantenerlas con vida el mayor tiempo posible. 

“No todos los años se teje la misma cantidad, el año anterior se tejió menos por la pandemia. La idea es que las piezas duren varias ediciones y tener piezas que no se deterioren tan rápidamente”, añade la creadora del proyecto.

La comunidad, la autoestima, la vida… 

Detrás de Tejiendo la calle existe una revitalización cultural profunda que se funde con una cuestión de autoestima comunitaria importante. Como lo explica Marina: “Cuando se coloca la muestra, se genera un efecto de autoestima y alegría. Tiene una acción transformadora”.

Hoy el proyecto luce imparable. Hace poco se acaba de lanzar un libro sobre la experiencia que lleva el mismo nombre y para el próximo año está previsto un documental.

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