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El Código Da Vinci o ¿qué carajos estaba pensando?

por Arturo Moscoso Moreno

Libro El Código Da Vinci

¿Le ha pasado que, mientras rememora ciertos actos de su vida, el momento en que aparecen esos de los que especialmente se avergüenza o se arrepiente, su reflexión es: pero qué carajos estaba pensando?

A mí me pasa mucho, sobre todo cuando pienso en alguna relación romántica que no terminó bien. Esas en que uno no entiende cómo acabó involucrándose. Lo que pasa es que a veces nos dejamos guiar por nuestra primera impresión, o por la “fachada” de la susodicha o susodicho, y descubrimos muy tarde su verdadera personalidad o sus reales intenciones. Nos damos cuenta entonces de que hemos cometido un error y ahí es cuando surge la frase de marras.

Algo parecido me pasó con El código Da Vinci de Dan Brown. Soy reacio a leer best sellers, porque generalmente decepcionan (no siempre, por supuesto). Sin embargo, mucha gente me lo recomendaba, así que caí en la trampa, desoyendo a mi amigo Francisco, una suerte de guía literario, quien me decía que no lo leyera. Curiosamente, es el mismo amigo que me decía que tal o cual relación no era conveniente. En ninguno de los dos casos le hice caso.

Y es que El código promete. Empieza describiendo una serie de hechos que se dan por ciertos, dotando de un halo de verosimilitud al libro. Pero como también pasa con esas parejas de las que hablábamos, más tarde (quizás demasiado), uno descubre que todo era un engaño

La película es peor

Película El Código Da Vinci

A través de más de quinientas páginas engranadas en capítulos cortos y fáciles de leer, se crea una teoría de la conspiración que no solo pone en duda varias creencias religiosas y dogmas de fe cristianos (que sería lo de menos, porque la religión, cualquiera, también tiene su propio recorrido tratando de hacer aparecer ciertos hechos ficticios como verdaderos), sino destruyendo, con un ahínco y una desfachatez que impresionan, hechos históricos y hasta la misma geografía de las ciudades en las que se desarrolla la trama.

Después el asunto se pone peor. Los protagonistas hacen cosas que, en las circunstancias en que se encuentran, no podrían hacer, lo que sigue restándole veracidad. Y es que una historia, aunque sea de ficción, debe tener un fundamento fáctico que le dé credibilidad. El código carece de eso.

Los hechos que narra, sobre todo los relativos a los caballeros templarios, no se sostienen, lo que molesta más si uno ha leído El péndulo de Foucault de Umberto Eco (que seguramente inspiró a Brown para escribir su best seller. Aunque también pienso que Eco se vengó de esa afrenta en El cementerio de Praga).

Así va transcurriendo la novela, con uno enfrascado en una relación destructiva con ella, motivada por el morbo de ver cómo va a terminar. Y el autor da en el blanco, con un final que raya en lo ridículo. Pero, bueno, ha servido por lo menos para no leer más a Dan Brown. Ni ver la película, que es aún peor. 

En las relaciones, en cambio, es usual que volvamos a meter la pata y nos volvamos a preguntar: ¿pero qué carajos…? 

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