Corrió por la calle desnudo y feliz
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Corrió por la calle desnudo y feliz

Por Jorge Ortiz.

Fotografía: Shutterstock.

Edición 465 – febrero 2021.

La muerte de Arquímedes, ilustración vintage. Magasin Pittoresque, 1877.

Fue, tal vez, el mayor sabio de su tiem­po, de quien Plutarco afirma que dijo una de las frases más célebres jamás dichas: “dadme una palanca y moveré el mundo”. Ese acierto no fue una casualidad, porque a lo largo de su vida (y habría vivido hasta los 75 años) sus escritos y sus inventos le die­ron un prestigio y un reconocimiento que fueron más allá de la Magna Grecia, donde vivió siempre, para diseminarse por todo el Mediterráneo, desde las Columnas de Hér­cules hasta Constantinopla. Era el siglo III antes de Cristo, cuando las matemáticas, la física y la astronomía se habían convertido en ciencias que eran estudiadas con unción y devoción. Y Arquímedes era su exponen­te mejor.

Había nacido en Siracusa, en la costa oeste de Sicilia, muy cerca del mar, empa­rentado, según parece, con Hierón II, uno de los veinticuatro tiranos que tuvo esa ciudad-estado griega a lo largo de sus casi tres siglos de crecimiento y esplendor. Pero la única biografía que de él fue escrita, en­cargada a su amigo Heráclides, se perdió en la turbulencia de los tiempos, por lo que de Arquímedes de Siracusa poco se sabe. No se sabe, por ejemplo, si alguna vez se casó o si tuvo hijos. Lo que sí se sabe, aunque sin fechas, es que vivió y estudió en Alejandría, en el Egipto de la Dinastía Ptolemaica.

Si bien sus inventos (el “tornillo de Ar­químedes”, la “manus ferrea”, el sistema mi­litar de espejos cóncavos, instrumentos de medición, catapultas de precisión…) fue lo que más notoriedad le dio, sus estudios matemáticos (sobre círculos, espirales, es­feras, cilindros, parábolas, cuerpos flotan­tes…) constituyeron en su tiempo aportes de valor inmenso, que afianzaron el predo­minio de la cultura helenística durante el extenso período que abarcó desde el reina­do de Alejandro Magno hasta el suicidio de Cleopatra y Marco Antonio. Después llegó Roma, con su imperio, su derecho y sus legiones.

Se cuenta que, cuando ya Arquímedes era famoso y apreciado, Hierón II quiso tener una nueva corona triunfal, para lo cual le entregó al orfebre más reputado de la ciudad un gran lingote de oro sólido y reluciente, con la orden de que lo empleara todo en la fabricación de la corona. Pero, después de recibirla, al tirano le asaltaron las dudas: ¿el orfebre había usado todo el oro o se había quedado él con parte del lin­gote? Para saberlo era necesario medir el volumen de la corona y compararlo con el volumen del lingote entregado. La corona era, por supuesto, de formas irregulares, lo que impedía saber cuál era su masa y, por lo tanto, hacer la comparación. Problema complicado. Si alguien podía resolverlo era Arquímedes. Y a él le entregaron la corona.

El sabio se pasó días y noches tratando en vano de descifrar el dilema: ¿cómo me­dir el volumen de un cuerpo tan irregular? Abrumado por la dificultad, decidió una tarde relajarse con un baño caliente. Lle­nó la tina, se quitó la ropa y se sumergió. Al hacerlo sucedió lo inevitable: la tina se desbordó y una gran cantidad de agua se derramó. Arquímedes tuvo entonces una revelación: sumergiendo la corona, bastaría con medir el volumen del agua desplazada para saber también el volumen de la coro­na. ¡Así de fácil, así de seguro! El sabio ha­bía tenido una iluminación, una aparición, una epifanía. Y, emocionado, eufórico, salió de la tina y de su casa gritando “eureka, eu­reka” (“lo descubrí, lo descubrí”). Y corrió por la calle desnudo y feliz.

Arquímedes de Siracusa murió en el año 212 antes de Cristo, durante el sitio al que su ciudad fue sometida por las legiones romanas, después de que, a la muerte de Hierón II, su hijo, Gelón II, rompió su alianza con Roma y decidió apoyar a Carta­go en la Segunda Guerra Púnica. El sitio, dirigido por Marco Claudio Marcelo, fue prolongado y cruel. Al final, cuando la ciu­dad cayó, el cónsul romano quiso conocer al sabio, quien, ocupado en sus escritos, se negó a acudir al llamado del conquistador. Uno de los soldados, enfurecido, lo atravesó con su espada, a pesar de que Marcelo había ordenado que lo trataran con consideración y respeto. Murió en el acto. Su tumba estuvo perdida 137 años.

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