Corre Lindsay Lohan, corre
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Corre Lindsay Lohan, corre

“La mejor manera de evitar que un prisionero escape es asegurarse de que nunca sepa que está en prisión”.

Dostoievski

 

He visto las imágenes de Lindsay Lohan, esa chiquilla pecosa que todos vimos crecer en la pantalla, siendo golpeada por su novio. Están en la playa en un jeep, ella abre la puerta del carro y corre, el muchacho se baja, la alcanza y la reduce como un perro de pelea, para quitarle un teléfono. Ella nada puede hacer. Lindsay Lohan, ya lo saben, es un esparraguito. Dicen que ya había pasado antes. Algún vecino grabó el audio de una pelea, que llegó a un periódico sensacionalista, en el que ella le grita que pare, que la ha intentado estrangular y que no es la primera vez. Lindsay Lohan, preciosa y multimillonaria, con seguridad privada y todo Hollywood a sus pies, es una mujer abusada.

Sí, ella, ella, que puede tronar los dedos y cambiarse de casa, de ciudad, de país, o pedir una orden de alejamiento en dos segundos, o tener a toda la policía de Los Ángeles custodiándola, vive con miedo y sigue con ese hombre que la ha intentado estrangular más de una vez —léanlo bien: estrangular—, ¿qué nos queda a las demás mujeres?

Este fin de semana recordé a N, una amiga muy querida que está presa. Su régimen carcelario es tan bestial que ni siquiera podemos visitarla, mandarle cartas o correos electrónicos. No tiene derecho a una llamada. Peor que la cadena perpetua: su situación es tan absolutamente siniestra que no sabe que está en la cárcel. O, si lo sabe, no sabe cómo salir. Defiende su confinamiento, a su carcelero. Se llama síndrome de Estocolmo, ¿no? Cuando te enamoras de tu secuestrador, ¿no?

N empezó ya hace años una relación con un chico que parecía normal —¿no lo parecen al principio todos los maltratadores?—, que parecía quererla. Estar enamorada es como llevar unas gafas de 3D cuando no estás viendo una película 3D: las cosas están borrosas, difuminadas, fuera de foco. Las amigas sí nos dábamos cuenta de los súbitos e injustificados ataques de ira del novio, de las peleas en público, del menosprecio a cualquier idea que ella tuviera, de las críticas a su ropa, a su vocabulario y a su físico buscando nuestra complicidad —¡sí, la complicidad de las amigas de ella!—, chistes crueles y hasta algún sacudón del brazo. Nosotras no estábamos enamoradas de él, no llevábamos las gafas de perdonarlo todo, de ser sumisas o de aguantar a nuestro hombre porque “está muy estresado”.

De hecho, cada uno de sus maltratos nos hacía odiarlo un poco más: lo veíamos clarísimo, esa relación tóxica tenía que acabarse, si no había maltrato físico, que no estábamos seguras de que no lo hubiera, habíamos sido testigos hasta el cansancio del maltrato emocional.

Ella iba cambiando. Esa mujer alta, exótica y guapísima como una modelo, de un carácter incendiario, capaz de subirse a una mesa para defender su posición y de carcajearse como una bomba de confeti, esa mujer, digo, gigante, se convertía sin que pudiéramos hacer nada en un venadito asustadizo, con ropa convencional, insegura de sus palabras, de sus gustos, incapaz de ordenar su propia comida o de sostener una idea. Pigmalión al revés: él le iba quitando todo lo que ella era hasta convertirla en una estatua jorobada, disminuida, con rasgos que recordaban lejanamente a ese bellezón parecido a Uma Thurman, capaz de parar el tráfico no solo con la belleza de su físico, sino con la de su personalidad.

Una tarde, M y yo hablamos con ella. Para resumir una conversación muy larga le dijimos: “corre N, corre”.

Lo que no sabíamos es hasta qué punto nuestra querida N estaba presa. De él. De sí misma. Volvió a casa y contó a su pareja que le habíamos dicho cosas horribles, que se alejara de él, que insinuamos que era —¡ella, por dios santo!— una víctima de la violencia de género, de esas señoras que salen en las noticias cuando ya es tarde y el marido o la pareja les ha dado con un palo en la cabeza, un balazo o trescientas cuchilladas. Ellos, universitarios ambos, profesionales ambos, bebedores de buen vino ambos, por supuesto, no eran de esa gente. Él le daba unos empujones, pero eso era porque ella sacaba mucho de sus casillas a cualquiera con sus tonterías. Obvio. ¿Quién no le va a dar su buen empujón a una mujer tan infantil, tan bobalicona?

El resultado de nuestra intervención fue que la pareja de N le prohibió volver a hablar con nosotras. O se lo prohibió ella misma. Cuando estamos enamoradas del horror actuamos en su nombre: besamos el candado y la llave y el puño que nos deja el ojo morado. N nunca más nos cogió el teléfono. Eligió al hombre que la está convirtiendo en añicos —alguien la ha visto: cada día más fea, más flaca, una radiografía de la mujer que conocimos. No devuelve el saludo— antes que a quienes le advirtieron sobre el peligro con el que convive día a día.

El monstruo de mi amiga duerme a su lado y no hay nada que podamos hacer al respecto.

Por eso cuando vi las imágenes de Lindsay Lohan aterrorizada, intentando huir del novio, ese maldito hijo de perra, me morí de ganas de estar ahí, de que estuviéramos todas las mujeres del mundo entre él y Lindsay, mirándolo, con los brazos cruzados: “A nuestra niña no la tocas más”. Pero entonces la vi volver al carro con la bestia que la estrangula. Pensé en mi amiga N y ahí sí me entraron ganas de llorar por todas nosotras y por nuestra educación: ¿por qué no corres Lindsay Lohan? ¿Por qué no corres N? ¿Por qué no corres tú, querida?

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