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Coronavirus, ¿qué contarán los niños?

por Gabriela Paz y Miño

Familia Ninos Covid 1
Fotografías: Shutterstock.

¿Cómo afectó a los menores el encierro de varias semanas? ¿Cómo procesaron el duelo por un ser querido o el temor al contagio? ¿Y cómo enfrentarán la llamada “nueva normalidad”? Desde España, nuestra colaboradora ensaya las respuestas.

¿Cómo le explicas a un niño que, de un día al otro, las cuatro paredes de su casa serán su universo, por un tiempo que no sabes precisar? ¿Que no podrá volver a la escuela quizás por muchos meses? ¿Que no se le permite visitar a sus abuelos, porque podría contagiarlos de un virus mortal? ¿Que estar cerca de sus amigos o jugar en los parques es peligroso? ¿Que el miedo y la muerte se han instalado en todas partes?

El impacto de esta experiencia extrema —¿como una guerra?, ¿como un duelo?— puede ser mínimo para muchos pequeños. Quizás definitivo para otros. Las respuestas son sencillas para algunos adultos. Imposibles para otros. Innecesarias para demasiados.

En medio de la emergencia provocada por la covid-19, pocos pusieron los ojos en lo que pasaba con los niños. La prioridad era parar los contagios y las necesidades de los menores quedaron en segundo pla­no. ¿Cómo les afectó este encierro? ¿Cómo procesaron el duelo o el temor al contagio? ¿Cómo enfrentarán la llamada “nueva nor­malidad” de mascarillas, distancias, extre­mas medidas de higiene y control de los movimientos individuales, en nombre de la salud?

El estricto manejo del Gobierno es­pañol frente a este tema plantea algunas preguntas, que pueden aplicarse también a países como el Ecuador, donde los niños aguantaron hasta dos meses y medio de confinamiento.

España: no es no

El presidente español, Pedro Sánchez, declaró el Estado de Alarma el 14 de marzo, cuando en el país ya se habían registrado 4 200 casos positivos y 120 víctimas mortales.

Presionado por el rápido crecimiento de la curva y con un escenario que preveía al­rededor de diez mil muertes para la semana siguiente a la declaratoria, el mandatario español apretó el acelerador a fondo. Las disposiciones incluyeron el cierre de las es­cuelas y el confinamiento de toda la pobla­ción, excepto los trabajadores de sectores esenciales.

41 días después de estar encerrados, los niños y niñas españoles menores de ca­torce años pisaron, por fin, el umbral de las puertas de sus casas y dieron un paso hacia afuera. El 27 de abril, ocuparon otra vez la calle con mascarillas (o no), con patinetas o bicicletas, con restricciones de distancias y tiempo.

Ese día, 23 682 muertos después, los pequeños regalaron la primera imagen, en mucho tiempo, de un país con vida. Para entonces, en ese mismo país, la curva de contagios de covid-19 se había aplanado y el número de muertes diarias había dis­minuido. (A principios de mayo, la cifra en este país, era de casi veintiséis mil falleci­mientos).

Llorar de seis a siete, aplaudir a las ocho

Montado en su bicicleta, protegido con un casco y cubierto por una mascarilla, Bernat, de tres años, cruzó la puerta del nú­mero 5 del Carrer Montseny, en Vallgorgui­na, el pueblo catalán de tres mil habitantes en el que vive, con su madre, Nuria Costa.

Ambos habían cumplido estrictamente el confinamiento. Sus únicas salidas habían sido a la terraza del edificio, para tomar aire y mirar la calle vacía. De las compras de ví­veres se encargaba el padre de ella y el tra­bajo como jefa de estudios de una escuela pública lo hacía Costa, a distancia.

La tarde del 27 de abril el pequeño Bernat salía por primera vez, en un mes y medio. Vacilante, avanzaba por la acera de cemento hacia la entrada del bosque, como lo había hecho tantas veces. Pero con una diferencia: esta vez tenía miedo. ¿Al con­tacto? ¿Al contagio? “No sé”, dice su ma­dre. “Me dicen que es normal y que ya le pasará”. Pero aún en la segunda semana de “libertad”, el pequeño sentía recelo de dejar su casa y alguna tarde que otra se negaba a hacerlo.

Durante el confinamiento, su madre puso en marcha todos los recursos humanos y didácticos de los que disponía, para hacer que fuera un tiempo llevable para su hijo. “Logramos hacer una rutina. Solo hubo un momento de crisis, cuando sufrió una gas­troenteritis. Se sentía mal, nada lo consolaba y yo no podía ni llevarlo al médico”.

El resto del tiempo fue tranquilo, inclu­so alegre, pese a todo lo que ocurría fuera de esas cuatro paredes: sistemas sanitarios saturados, familias rotas de dolor, millones de contagiados y cientos de miles de muer­tos en el mundo.

Puertas adentro, Costa se las ingenió para aprovechar las dos plantas de su piso, convirtiéndolas en espacios definidos para las distintas actividades, según la hora del día.

Pese a todos los esfuerzos, a cierta hora de la tarde —concretamente de seis a siete—, el pequeño Bernat se ponía a llorar. “No quería subir, no quería jugar”, dice su madre, que aún ahora, varias semanas después, no descifra el motivo exacto de ese llanto. Su familia no ha sufrido pérdidas directas por la covid-19. Su hijo ha estado a salvo de la cantidad de información sobre la pandemia, porque una dificultad auditiva lo mantiene todavía muy dentro de sí. Pero el estado de ánimo generalizado contagió al pequeño, que expresaba sus sentimientos en ese llanto. En cambio, el aplauso de cada noche en los balcones, a las 20:00, como agradecimiento a los sanitarios, contagiaba de ánimo a Bernat. “Le gustaba, aunque no sé si terminaba de entender por qué aplaudíamos”.

Para ella ese tiempo fue una “montaña rusa de emociones” y un complejo tetrix de horarios y equilibrios. Debió equilibrar sus responsabilidades de jefa de hogar y jefa de Estudios de la Escola Vallgorguina. Porque, además de Bernat, debía pensar en los 172 niños y niñas de las escuela que, de un día a otro (del 12 al 13 de marzo), se vieron obligados a quedarse en sus casas, sin más explicaciones que las que pudieron impro­visar sus padres.

“Había familias que estaban enfrentan­do un duelo; otras con necesidades eco­nómicas o acceso limitado a la tecnología. Había niños y niñas que, durante la cuaren­tena, pasaron mucho tiempo solos porque sus padres son médicos o realizan otros trabajos esenciales”, explica. “Decidimos no exigir nada. Nuestra prioridad fue acompa­ñarlos emocionalmente”.

Niños no, mascotas sí

España fue uno de los países más estric­tos con la población infantil durante la pan­demia. En el resto de países europeos, se previó que los pequeños no permanecieran completamente encerrados, considerando sus necesidades físicas y emocionales.

En Portugal se permitió a los menores salir de sus casas, siempre que se quedaran en sus zonas de residencia. En Bélgica se determinó que podrían salir a dar paseos o a hacer deporte. Lo mismo en Grecia, don­de debía ser con autorización de los padres. En Suiza, donde las escuelas cerraron sus puertas a mediados de marzo, también se permitió a los niños salir. Y hasta en Italia —que junto con España, fue uno de los paí­ses más golpeados por la crisis— los peque­ños empezaron a pasear en la calle, junto a un adulto, desde finales de marzo.

Francia y Alemania preveían el regre­so a clases desde principios de mayo, y en otros países menos afectados, como los nórdicos, las aulas se abrieron a finales de abril. Gran Bretaña (con restricciones), así como Islandia o Suecia mantuvieron las au­las funcionando. En España, hasta inicios de mayo, no había un plan concreto, pero se hablaba del retorno a clases de los alumnos que terminan ciclo (últimos años de pri­maria, secundaria y bachillerato). Eso sí, se contaba ya con que el retorno de los niños del ciclo infantil fuera el último, porque re­sultan “los más complicados para mantener las distancias de seguridad”.

“Es por prudencia, en el caso de los niños son un vector de transmisión de la enfermedad”, argumentó el ministro de Sa­nidad, Salvador Illa, al negar varios pedidos de padres de familia y distintos colectivos que trabajan con niños, que planteaban la posibilidad de que se flexibilizara su confi­namiento.

La experiencia con los distintos tipos de gripe fue la base de la decisión de con­finarlos, aun sin contar (no había tiempo) con estudios específicos para el caso de la covid-19. Sin embargo, hay quien opina que esta afirmación no tiene una base científica. Al menos no todavía. “Transmiten la enfer­medad igual que los adultos, pero son muy difíciles de controlar”, reconoció la porta­voz de la Asociación Española de Pediatría, en una entrevista.

Distintas realidades, distintos efectos

Patricia Mir, experta en neuroprogra­mación y gestión de talento, insiste en la necesidad de no hacer generalizaciones ni evaluaciones prematuras. “Es como si fué­ramos conduciendo y de pronto nos viéra­mos atrapados en un atasco. Según en qué coche estás y quién va en el coche, la expe­riencia será distinta”.

Depende también de la franja de edad, matiza Mir, pero sostiene que los niños son muchos más adaptables que los mayores. “Como lienzos en blanco que la experiencia va llenando de significados”.

“Los niños no tienen el mismo pensa­miento abstracto que los mayores”, expli­ca Mir. Se guían más por las impresiones del momento. Lo primero que les hace notar que pasa algo distinto es que no van a clases, “cosa bastante celebrada en general”.

Otra diferencia la marcan los espacios. “Los afortunados que residen en casas con jardín, o un patio no sufrieron la misma suerte que los residentes de las ciudades, en bloques de pisos infinitos, sometidos a la tiranía de la vecindad”.

Pero hay un factor común: la inter­pretación de la realidad, por parte de los niños, está directamente influenciada por la actitud de los padres. Padres aterrados por un posible contagio, estresados por la incertidumbre económica, agobiados e in­tolerantes por las horas de encierro tienen generalmente hijos ídem. Lo contrario sig­nifica niños menos nerviosos, con menos ansiedad.

Existe otro efecto del confinamiento: el encierro agudiza todo aquello que ya ocu­rría en casa, antes de la pandemia. Tal como en los casos de violencia contra la mujer, la que se ejerce contra los menores se agravó en muchos casos, durante los días de encie­rro. “El abusador aprovecha esta especie de impunidad para descargarse en la criatura, que no tiene posibilidad de refugiarse en casa de otro familiar, amigo, o incluso es­cuela”. Mir debió redactar informes para que la Policía permitiera a estos menores confinarse en otra residencia.

Efectos poco valorados

Un estudio de las universidades de Huazhong (China) y Carolina del Sur (Es­tados Unidos) determinó que 22,6 % de 1800 escolares preadolescentes presenta­ban síntomas depresivos. Los estudiantes eran originarios de las ciudades de Wuhan y Huangshi, situada a cien kilómetros de la primera. Habían permanecido un mes con­finados.

Los resultados de la investigación mos­traron que este porcentaje era cinco veces mayor que el obtenido en otras escuelas primarias de China.

Según declaraciones de Azucena Diez, presidenta de la Sociedad de Psiquiatría In­fantil de España, que asesoró al Gobierno en el desconfinamiento de los niños, el por­centaje de menores con síntomas de ansie­dad en España, a los 34 días de encierro, era de 18,9 %. “Habrá que ver si se recuperan del todo cuando salgan o desarrollan sín­tomas que requerirían tratamiento. Vamos por detrás en el conocimiento sobre cómo afecta la situación”.

Sin embargo, voces de psicólogos y educadores alertaron acerca de posibles consecuencias del encierro en los niños. Obesidad, trastornos de sueño, irritabilidad y ansiedad son algunas de ellas.

¿Cómo lo vivieron los niños?

La osteópata Martha Huertas, madre de dos hijos (Mar, de ocho años y Guillem, de seis), debió improvisar respuestas y elegir con cuidado las palabras para atemperar al­gunas emociones de sus hijos en el encierro.

“Estuvieron bastante bien, pero Mar, por ejemplo, pasó varios días enfadada con los chinos, porque se supone que todo esto empezó por la sopa de murciélago”. Algu­nas veces la rabia daba paso a la tristeza. “Se le hacía difícil comprender por qué no podía verlos. Preguntaba por qué no podía visitar a sus abuelos ni abrazarlos”. Su hijo menor, en cambio, empezó a preguntar si sus bisabuelos, muy mayores, morirían por el coronavirus.

Las actividades extraescolares fueron todo un reto. Sobre todo el fútbol, que apasiona a Guillem. Los entrenamientos por Zoom no lograron engancharlo. Ha­bía que verlo en su patio, despistándose cada dos minutos, mientras del otro lado, la voz del entrenador daba instrucciones casi a gritos.

Aun así, los 41 días totalmente confi­nados no fueron traumáticos. Algo más complicado fue explicar que, después de todo ese tiempo, las salidas debían ser solo a un kilómetro de distancia de su casa y por una hora.

Familia Ninos Covid 2

“LA CULPA Y EL MIEDO SON ARMAS DE CONTROL EFICACES”

Por su formación, Diego Albarracín tiene un amplio prisma para analizar los hechos. Enemigo de los titulares “espec­taculares”, propone enfocar el tema de los efectos del confinamiento en la infancia, con mesura y rigor.

Psicólogo y psicoterapeuta; profesor de la Universidad Complutense de Ma­drid, en el Departamento de Antropolo­gía Social y Psicología Social; mediador social, comunitario, de familia y penal; y profesor del máster de Mediación, Nego­ciación y Resolución de conflictos, en la Universidad Carlos II de Madrid, Alba­rracín dibuja distintos escenarios de esta posible afectación y amplía los enfoques para interpretarla.

“Todo depende de la evolución que tenga la pandemia y de la gestión políti­ca y social que se haga de ella. La salud mental de los chicos, tras cuarenta días de confinamiento, podría ser afectada, pero si se toman las medidas adecuadas, este efecto puede reducirse”.

Con ello se refiere, por ejemplo, a prescindir del lenguaje bélico que aso­cia la covid-19 con un “enemigo invi­sible”, que debe ser combatido en un contexto de guerra, con “héroes” que se juegan la vida. “Es posible que, en un principio, este lenguaje institucional haya sido efectivo: la gente tenía que quedarse en su casa. Pero ya no. Un dis­curso de ese tipo sí puede tener efecto en el estado psicológico de los menores. Es necesario darles una visión más rea­lista, ajustada a sus necesidades cogniti­vas. Explicarles qué es el virus, por qué necesitamos mantener una distancia fí­sica —no social—; decirles que esto no será permanente”.

Otro tema que puede incidir en los menores es el control. “Están viendo cómo, con la intención de protegerla, se criminaliza a la población. Del mensaje de que el enemigo está fuera se ha pasa­do a: el enemigo está en casa”. Así, los ni­ños son tratados como focos de contagio. Ellos internalizan ese mensaje de culpa y miedo, que son, políticamente, las dos emociones más efectivas para controlar a la población, dice el experto.

“Si esto se controla pronto, podría quedar en una anécdota. Pero si la pande­mia continúa y el enfoque no se cambia, podemos ver generaciones de chicos más inseguros, con miedo al contacto, con menos estrategias para afrontar la vida”.
Albarracín no descarta un sesgo adul­tocentrista en las medidas. “Como si los menores no tuvieran ningún tipo de par­ticipación en la sociedad. Se nos olvida que son ciudadanos con pleno derecho. Se parte de la creencia de que son impo­sibles de controlar y de que sus padres no pueden gestionar su conducta”. Por eso, sí se deja salir a las mascotas y no a los ni­ños, analiza.

“No necesitamos más días para saber que hay que hacer un replanteamiento profundo. Están en nuestras manos adul­tas, manos más pequeñitas para hacer un cambio radical. En vez de hablar de esta­do de alarma, deberíamos hablar de un estado de solidaridad”.

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Acerca de Gabriela Paz y Miño

Periodista y escritora ecuatoriana, residente en Barcelona. Ha trabajado como reportera, editora y columnista en medios de Ecuador, USA y España. Actualmente colabora de forma independiente en periódicos y revistas de su país de origen y de acogida.
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