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Contra el coronavirus: la risa y otras formas de diversión

por Redacción Mundo Diners

Por Xavier Gómez Muñoz
Fotografías: Xavier Gómez Muñoz | cortesía
Edición 457 - junio 2020

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El otro día fui a una fiesta, lo que no sería nada extraordinario si no hubiésemos estado en toque de queda ni en tiempos de confinamiento por el coronavirus. Me invitó Paola, mi pareja, quien leyó en un medio digital español: “Estás invitado a la primera macrofiesta internacional por el confinamiento”, y más abajo, ya en el cuerpo de la publicación: “quítate el chándal (calentador) y vístete como cualquier otro sábado noche porque tu casa se convertirá en una discoteca de mil personas”. Después de semanas de teletrabajo e intercalar los ratos libres entre Netflix y noticias en la TV y los medios digitales, era la propuesta más interesante que teníamos.

La macrofiesta la organizó una empresa española pionera en experiencias de ocio por Internet, que antes de la pandemia y el #QuédateEnCasa ya cotizaba por millones de euros: Fever. Y había un DJ, claro. El cuatro veces nominado a mejor artista House en los Vicious Music Awards, Luigii Nieto. Nos registramos de manera gratuita, antes de que se agote el aforo para mil dispositivos.

La hora de conexión acordada eran las 22:00 de España, 16:00 del Ecuador, mediante Zoom, la plataforma para reuniones virtuales o videoconferencias que se hizo famosa durante la cuarentena. Nos enlazamos pasados unos minutos, y ahí estaba Luigii Nieto con sus audífonos y su consola, en la sala de alguna casa, mezclando para cientos de personas que lo veían en sus pantallas. La cámara ponchaba de vez en cuando a algunos. Había una mujer disfrazada de porrista, una familia Monster, piratas, gente metida en pijamas de oso y aves, una mujer con traje de gallina, otras con orejas de gata o pitones de diabla, niños, jóvenes y adultos con pelucas y gafas de colores, un par de árabes y una joven con un cartel de “Estoy soltera”.

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La crisis del covid-19 no entiende de fronteras y países como Portugal, Francia, Bélgica, España y Reino Unido han tomado medidas de confinamiento de su población para evitar una mayor propagación del virus. Pero, gracias a las nuevas tecnologías y las redes sociales, la distancia y el aislamiento no tienen que traducirse en aburrimiento o soledad. Así, llegó la primera Macrofiesta Internacional de la en streaming. En esta fiesta tu casa se convierte en la discoteca, gracias a este nuevo plan original de feverup.com que reúne a cientos de personas con ganas de bailar, disfrazarse y divertirse.

Además de la música, había una dinámica que avivaba la fiesta. Si se quería aparecer en pantalla, y que lo vieran en cientos de dispositivos, había que estar disfrazado y bailar con ganas. Mientras eso ocurría, el animador español repetía desde su micrófono: “Bueno, bueno, bueno… —y después de que la cámara ponchara a los bailarines y disfraces más alocados, seguía—: ¡Madre mía!”. Para hablar entre los participantes había un chat colectivo.

Al principio, me pareció un poco ridículo bailar durante una hora frente a la cámara del computador, debo confesarlo, y creo que también a Paola. Pero el ritmo y la euforia de los otros confinados, algunos incluso usando una mascarilla (¿como parte de su disfraz?), nos contagió, y terminamos riendo con nuestros disfraces improvisados y movimientos de baile exagerados. Nos divertimos.

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Si Internet y la cultura digital ya tenían un crecimiento rápido antes del coronavirus, con el aislamiento social y la cuarentena se dispararon. En abril de 2020, The New York Times publicó un estudio sobre cómo ha cambiado el uso de Internet durante la crisis sanitaria en Estados Unidos. “Atrapados en sus casas durante la pandemia de coronavirus, con los cines cerrados y sin restaurantes para cenar, los estadounidenses han pasado más de sus vidas en línea”, abre el artículo titulado “The virus changed the way we internet”.

Entre el 29 de febrero, cuando murió la primera víctima por coronavirus en ese país, y el 24 de marzo, el uso de Facebook aumentó 27 %, Netflix 16 % y YouTube 15,3 %. Además, hay una tendencia interesante. El tráfico en Internet creció solo en computadoras; en aplicaciones para tabletas y celulares contrario a lo que ha pasado en los últimos años prácticamente se mantuvo igual. En otras palabras, sigue el artículo del Times, “ahora que estamos pasando nuestros días en casa, con las computadoras al alcance de la mano, los estadounidenses parecen recordar lo desagradable que puede ser entrecerrar los ojos en esas pequeñas pantallas de teléfono”.

El aislamiento social también aumentó el uso de videochats como Google Duo, Nextdoor.com y la aplicación Houseparty. Ya no basta hablar y escribirse entre familiares y amigos, sino que quieren verse en video. Lo propio pasó con herramientas de teletrabajo y videoconferencias como Zoom, Google Classroom, Hangouts Meet y Microsoft Teams, entre las principales. Igualmente ha crecido el interés por saber lo que pasa en las comunidades, y las personas consumen más medios digitales locales. A falta de encuentros deportivos, el tráfico en sitios de videojuegos ha prosperado hasta en 20 %. No se sabe bien lo que vendrá luego de esta crisis, pero si algo es seguro es que las formas en que nos entretenemos, trabajamos y comunicamos serán cada vez más digitales.

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Varios artistas ecuatorianos del mundo de la música han desarrollado iniciativas virtuales para motivar a su público y amenizar en lo posible los largos momentos de cuarentena que vive el Ecuador para combatir al covid-19. #MusicaDesdeCaleta propuesta que se está difundiendo en redes sociales desde marzo pasado. Cada día, dos artistas graban un video en el que interpretan una canción. La campaña artística ha juntado el talento de más de 30 cantantes y ha producido más de 60 canciones que son publicadas en las redes sociales de los músicos. FUENTE: www.Primicias.ec
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Siguiendo la tendencia internacional, el coronavirus en el Ecuador también despertó la solidaridad de algunos sectores. Los artistas y gente del entretenimiento fueron los primeros en ofrecer sus obras gratuitamente en Internet, sobre todo películas y libros. Para hacer más llevadero el encierro, otros ofrecieron talleres y capacitaciones en línea. En las redes y plataformas sociales se popularizaron videos musicales en pantallas divididas, con el hashtag #MúsicaDesdeCaleta: Au-D y Sergio Sacoto cantando en una sola pantalla (pero desde diferentes lugares), Pamela Cortés y Gianpiero, Paulina Tamayo y su hijo Willie, Sacoto y Maykel, Aladino, el guitarrista Horacio Valdivieso y otra vez Sacoto, entre otros tantos.

Y la gente que se aburría de los juegos de mesa, las rutinas de ejercicio, yoga y recetas de pastelería y cocina, se ponía creativa con sus diarios de la cuarentena que luego posteaban en las redes sociales, ¿cuántas novelas y obras de ficción saldrán de esos días?, con cortes de pelo hechos por ellos mismos o familiares algunos terminamos rapados media cabeza o la cabeza entera, o con más gradas que el cerro Santa Ana—, barbas al estilo náufrago o de ecuavóley (tres pelos a cada lado), challenges, videos humorísticos, memes, cuentas de redes sociales creadas exclusivamente para la ocasión. El tiempo libre y el encierro confirmaron no ser buena combinación, es cierto, pero el humor, como terapia para afrontar la angustia y el dolor de las muertes y contagiados, ayudó a sobrellevar la pena.

Los medios y redes sociales hicieron mundialmente famosos a los balcones italianos y españoles, en los que músicos y DJ recibían aplausos de sus vecinos. Pero en la Europa occidental, con fama de menos cálida que la mediterránea, quedó registrado el video de un músico que, luego de entonar las primeras notas, recibió insultos y amenazas para que se callara o, si no, lo denunciarían a la Policía, le decían sus vecinos. Para los que no hicieron caso al aislamiento social, la cantante Olaya Alcázar publicó en su cuenta de Twitter, en broma, claro, la que se convertiría en la canción emblema de la cuarentena en España y otras partes del mundo: el video de un tema con solo cinco palabras, “Quédate en tu puta casa”, tuvo más de dos millones de visualizaciones hasta finales de marzo y otros artistas se sumaron a la difusión del mensaje.

En la misma red apareció la cuenta humorística del coronavirus @CoronaVid19, que llegó a más de setecientos mil seguidores y tuvo imitadores en varios países. También en redes sociales, y con el fin de subir los ánimos de los españoles, la Policía de Murcia publicó el video de una persona que salió a botar la basura y, para no ser detectada, al parecer, se disfrazó de tiranosaurio rex. Aunque fue chistoso ver un “dinosaurio” corriendo hasta el contenedor de basura, y el audiovisual lo reprodujo hasta la cadena CNN, la Policía informó que el dinosaurio fue detenido, y añadió el hashtag #QuédateEnCasa.

De vuelta a nuestro terruño, lo que más me ha llamado la atención han sido los memes. Tal vez algunos no lo sepan, pero el concepto de meme tiene origen científico. Lo acuñó el etólogo británico Richard Dawkins, en un libro llamado El gen egoísta, para referirse a la mínima unidad de transmisión cultural, por ejemplo, una idea, una moda, una consigna. En la cultura popular e Internet se entienden como un chiste gráfico, un elemento visual que puede ser irónico o satírico. Hay quienes dicen que los memes políticos pueden ser a las redes sociales lo que la caricatura es a los periódicos. Sin restar valor a la creatividad y el humor de los ¿memistas?, lo anterior no toma en cuenta el arte de los dibujantes: en los memes no importa la calidad técnica ni el cuidado en los detalles. Aunque quizá son más democráticos: casi cualquiera puede hacer un meme.

En tiempos de cuarentena, los memes sirvieron para encarar la tragedia con una sonrisa, reírse —antes que llorar— de nuestros políticos, el aislamiento social, la precariedad del sistema de salud público, ciertas costumbres y reacciones como las de los compradores compulsivos de papel higiénico… y, en general, de todo lo que humanamente fue posible reírse, para no sucumbir ante el absurdo y el miedo.

TERRAZAS
Texto y fotografía: Santiago Rosero
Desde la altura en la que se encuentra mi casa, en el barrio Bellavista, la atención tiende a fijarse en el portentoso Pichincha, que domina el occidente, y también en los costados lejanos, donde en días despejados se logran ver las cimas de otras montañas. Por el contrario, son pocas las señales de vida que resultan atractivas en el entorno próximo.Pero eso cambió hacia la segunda semana del confinamiento. De forma repentina, gente de variadas edades empezó a ocupar las terrazas a diversas horas del día. Lo observé inicialmente desde la sala de mi departamento. Ahí al frente, en el edificio de ladrillo, una pareja de la tercera edad apareció para caminar entre el laberinto que conforman las tantas chimeneas que hay en su terraza, y para hacer ejercicios desordenados cuando atravesaban los claros de la superficie. Tomé mi cámara con el teleobjetivo y empecé a hacerles fotos, atraído por su presencia en ese horizonte casi siempre vacío, así como por su impecable ropa deportiva y la resuelta locomoción con la que dejaban saber que ejercitaban el cuerpo para también darle sosiego a la mente.
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Entre voyerismo y exploración de aquellos nuevos comportamientos, ver a personas en sus terrazas se convirtió en un ejercicio que disfruté durante varios días. Yo también subí a la terraza para jugar a la pelota con mi hijo, algo que nunca antes habíamos hecho, y desde ahí capté imágenes que, además de las escenas deportivas, mostraban el deseo de alguna forma de liberación: el niño que tocaba en su melódica el tuntún de un famoso reguetón; el hombre de las bocanadas de aire; el joven que, apoyado cómodamente en la baranda de su balcón, dejaba sentir que, de todas formas, poder mirar el horizonte con esa aparente calma era un privilegio del que probablemente él y muchos de nosotros no estábamos conscientes hasta hace unas pocas semanas.

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