Contará los guaguas
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Contará los guaguas

guaguas

Por Mónica Varea

 Mi familia nunca fue larga, más bien bastante corta, tomando en cuenta que en la época de mis padres no había televisión. En mi casa de familia éramos seis, papá, mamá y nosotras cuatro.

A pesar de nuestras distintas edades y tallas, mi mamá era sumamente prolija, cifraba a la perfección toda la ropa interior con las iniciales de cada uno, aunque las posibilidades de confundirse era remotas, por no decir imposibles. Yo le hacía a mi mamá la broma de poner en mi cajón los calzoncillos de papá, porque ambos compartíamos las iniciales MV.

Mamá podía ser tan exagerada y cuidadosa porque tenía tan solo cuatro hijas mujeres, pero en la casa de mi tío Guillermo era imposible porque ellos eran nueve hijos y contando con su abuela ya eran 12 en la mesa. Recuerdo que la casa del tío Guillermo tenía varios desniveles y Panchita García, mi tía política, era menos estricta que mamá y, por ende, mucho más simpática, la diversión en la casa del tío era asegurada.

Mamá dice que es imposible que me acuerde de esta historia, pero tengo en mi memoria una soleada tarde de verano en la que fuimos, en el pequeño Volkswagen escarabajo, a tomar helados en Salcedo, mi papis adelante, mis tíos atrás y mi prima Marcela y yo, en el hueco de la parte posterior del auto.

Las niñas fuimos jugando, cantando y riendo sin parar pero, luego de tomar el helado, empezó la pelea y, durante el regreso, parecíamos perros y gatos, los mayores se cansaron de oírnos pelear y nos ordenaron separarnos, yo salí del hueco y ella se acostó feliz y a sus anchas en todo el espacio que ahora le pertenecía.

Llegamos a Latacunga de noche, yo estaba muy cansada, dejamos a mis tíos en su casa y luego papá guardó el carro en el garaje. Mi cansancio era tal, que después del baño caí dormida, sin los acostumbrados cuentos, mimos y cosquillas de la noche.

A la madrugada, toda la familia se despertó sobresaltada por unos extraños ruidos que provenían de la cochera. Papá tomó su revólver de balines y bajó en pijama, nosotras nos quedamos aterradas sin saber qué o a quién enfrentaría. Luego de un largo silencio, papá subió con mi prima Marcela en brazos, la pobre estaba helada y sollozaba entre sueños.

Mi mamá estaba indignada, no le cabía en la cabeza cómo su hermano y su querida cuñada olvidaron a su hija en el automóvil. Al otro día, mamá esperaba la llamada desesperada de los padres de la criatura, había planeado fingir sorpresa y darles un escarmiento, pero eran casi las nueve de la mañana y el teléfono no se dignaba en sonar.

Muerta de iras mi mamá tomó el auricular, pidió a la operadora que le comunicara con la casa de su hermano y, tan pronto Panchita contestó, ella le preguntó si todos estaban bien, su cuñada agradeció su preocupación y amabilidad y le dijo que sí que todos estaban bien. “¿Y están completos?”, insistió mamá. “¿Por qué me pregunta?”, respondió la tía extrañada. “¡Contará los guaguas! Marcela durmió en mi casa, se quedó en el hueco del Volkswagen”, dijo mamá muy molesta.

A los pocos días, mamá perdonó a su hermano y a su cuñada tamaño olvido; supongo que a partir de ahí ellos contaron a sus hijos todas las noches antes de ir a dormir.

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