El conde Drácula Borrero y Borrero
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El conde Drácula Borrero y Borrero

Ilustración Miguel Andrade.

Vivía en una de las esquinas de San Francisco, en una casona cuarteada por el último terremoto. En tanto oveja negra, su familia se la había legado para que no jodiera con su vida de calavera.

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Sus ancestros, huyendo de la invasión de pobres en el casco colonial, se habían mudado hacia la zona norte de Quito, y de allí, a los valles, y de allí, al primer mundo, aunque casi todos ya estaban muertos.


Era una casona con doce balcones, seis puertas de almacenes y un portón central para carromatos. Adentro tenía tres patios de piedra y en su contorno treinta conventillos en dos pisos. Aquellos del primer patio estaban ocupados por adivinas, estudios fotográficos, salones de belleza y la academia de informática más pequeña del mundo. En el resto habitaban los ciegos del casco colonial con sus familias. Y en el tercer patio, separado por una gran mampara, se hallaba, a sus anchas, el palacete en ruinas, que era la morada del conde. El Alma Máter, como se la conocía.

Por dentro era un laberinto de habitaciones con techo alto y piso de tablón, donde respiraba a sus anchas la decadencia y el aire de squater: muebles vetustos, libros y discos y ceniceros y botellas, desperdigados en el piso o en las consolas o en las estanterías. Estatuas mutiladas, espejos mohosos, lámparas de araña llenas de telarañas. Además, una tribu de gatos mugrientos ovillados por todo lado, incluso sobre un piano de cola rota y teclas careadas. Y el conde Drácula Borrero y Borrero, enlutado, lívido, estirado en un sofá, como en un catafalco el cadáver de Oscar Wilde.


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Era un vate chapado a la antigua. Un escéptico del presente y de la norma y del auge. La poesía para él estaba en el simbolismo francés, en Baudelaire y Verlaine y Rimbaud, y en aquel uruguayo casi inventado que, sin pedir favor a nadie, se bautizó como Conde de Lautréamont. En los poetas que miraron el sol hasta que sus ojos se ahogaron en tinieblas. En los poetas que adoraron con la misma intensidad el absenta, la desacralización y la muerte. La poesía detesta el espejo, decía. La poesía huye de logias y establos virtuales donde osan, se promiscuyen y se matan los hacedores de versos. El hogar de la poesía es el silencio, las aguas, la música que asciende desde el dolor humano. La poesía anda suelta, como fugitivo en llamas, como ángel exterminador, como niño buscando en la blancura de la noche los ojos de sus padres. La poesía no está en el artificio, sino en la trepidación sustancial. Yo no soy poeta. Yo nada más soy un bebedor de sangre. Mi mantra es la “Negra leche del alba” de Celan. La poesía proviene de ustedes. Palpen su osamenta, besen y muerdan su corazón. Así decía el conde, rodeado de parias.


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La crema de la crema del submundo tenía su abrevadero en el Alma Máter. Los mejores músicos ciegos entraban sin saludar y se adueñaban del piano. Divas decadentes, como hechas a la mano por dios y desechas por el tiempo y el fragor nictálope, bebían y reían y sollozaban, con ese derecho que se tiene en los palacios. La Barbi, famosa palabrera que recorría todos los Kitos en sus tacones torcidos como tildes, buscando trazas de su memoria perdida. El Ingenioso don Hidalgo Quijano, que recitaba y vendía y hasta obsequiaba poemas sueltos en el metro. El inca Lautaro, que escribía epitafios para nuevos muertos en el Parque del Recuerdo. El Ángel Azul, poetisa dark, acribillada el rostro de alfileres y el íngrimo cuerpo tapizado de tatuajes como serpiente. El Tuluslotrek, un duende que pintaba hasta con su propia sangre los vestigios de la ciudad habitada por zombis. Los más altos representantes de la nada, de la tercera orilla, los beneméritos hijos del Acabose. Y entre ellos, por supuesto, el Roki, el Verbo Divino, como le bautizó en la primera noche el conde Drácula Borrero y Borrero, el gran bautizador de los Kitos Infiernos.

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