Skip to main content

¿Con qué reemplazamos las sonrisas

por María Fernanda Ampuero

Por María Fernanda Ampuero

Edición 458-Julio 2020

Ilustración: Mauricio Maggiorini

Firmas001a 1

Soy una persona sonriente. A veces quisiera no serlo tanto, yo qué sé, verme seria en alguna foto, pero es imposible. Sonrío muchísimo y creo que es por una mezcla de inseguridad, de que siempre me dijeron que tenía dientes bonitos, de que mi mamá es la mujer más risueña del planeta y de que mi papá, aficionado a la fotografía, no disparaba la cámara hasta que yo tuviese la sonrisa que él estaba buscando.

RemplaSonrisas

Últimamente la gente no ve que estoy sonriendo detrás de la mascarilla y, aunque pueda sonar estúpido en un contexto como el que vivimos, me genera una angustia insoportable.

Quizás es porque cuando alguien te devuelve la sonrisa puedes saber qué tipo de persona es, si debes confiar en ella, si te tratará bien.

Quizás también porque a mí ver a la gente sonriendo me devuelve las fuerzas para seguir batallando en la guerra larguísima que se llama vivir.

Sonreír nos hermana. Es un mecanismo tan viejo como nuestro vínculo con los primos monos: ellos muestran dientes y encías para mostrar sumisión, para dar confianza al otro, para decirle “no te voy a hacer daño”. Nosotros, evolución más evolución menos, hacemos lo mismo.

[rml_read_more]

Pienso en todas esas cursilerías que se han escrito sobre la sonrisa, ya saben, esas frases que decoran oficinas y papelerías de que sonreír es gratis y puede mejorar un día gris y me dan ganas de llorar porque, además de todo lo que hemos perdido con la pandemia, seres que amábamos, nuestros trabajos, nuestros proyectos, nuestro futuro, también nos hacen falta las caras alegres de la gente.

Somos un ejército de enmascarados que recorren la calle buscando tiendas y farmacias como en una pesadilla apocalíptica. ¿Cómo saber, entonces, quién es aliado y quién nos hará mal?

Detrás de las mascarillas se ocultan personalidades, sentimientos, intenciones y la verdadera belleza. Piensen, por ejemplo, en un bebé feliz. Piensen en la carcajada de sus amigos después de recordar una anécdota de la juventud. Piensen en gente bailando. Piensen en niñas saltando la cuerda. Piensen en la cajera amable, el panadero que siempre da un pan de dulce de yapa, ese chico o chica que te gusta.

Ahora tápenles a todos la cara.

El otro día vi en la calle a un niñito aprendiendo a caminar. Lo estaba haciendo muy bien. Me agaché para sonreírle, pero mi cara, la cara que él vio: una gran mancha celeste, gorra y gafas negras debió asustarlo mucho porque empezó a llorar con desesperación. Su papá lo cogió en brazos y se lo llevó lejos de mí. Yo fui para ese bebé una imagen de pesadilla.

La cara cubierta es símbolo de cosas que dan miedo a lo más primitivo de nosotros: los asaltantes del Viejo Oeste, Hannibal Lecter y su bozal metálico, los perros peligrosos, los dentistas, los monstruos (Martes 13, Scream, Halloween, La masacre de Texas), los payasos, los terroristas.

Los directores de cine de terror lo saben perfectamente: caras pintadas o cubiertas son garantía de sustos.

Ahora que todos somos un poco monstruos siento que la forma en la que interactuamos se verá dañada en lo más profundo si es que no inventamos lo antes posible una fórmula para decirle al otro: no te preocupes, soy inofensiva.

Yo hago una inclinación de cabeza.

Si me encuentran por la calle sepan que con eso quiero decir: “te sonrío”.

Imagen de perfil

Acerca de María Fernanda Ampuero

(Guayaquil, 1976). Escritora y periodista. Su último libro es Sacrificios Humanos (Páginas de Espuma, 2021).
SUS ARTÍCULOS