Con el alma en un hilo
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Con el alma en un hilo

Por Ana Cristina Franco.
Ilustración: Luis Eduardo Toapanta.
Edición 464-Enero 2021.

Hay una imagen: un hombre y una mujer abandonados en una balsa de madera en medio del océano. Es el final de Skammen. Max von Sydow esquiva cadáveres que flotan sobre el mar. Luego, un plano abierto y desolador: la barca chiquitita en medio de la inmensidad. Liv Ullmann se acurruca sobre él, en posición fetal, y le cuenta un sueño. Algo sobre la guerra, un jardín con luz y sombra, un avión que explota sobre un jardín de rosas. “No era terrible porque era hermoso”, dice. Entonces Bergman corta en seco. Sin paraíso ni infierno… ni fade out. Solo una pantalla en negro. La nada.

Hay una historia: cuando era bebé, a mis abuelos paternos les parecía buena idea que yo gateara con guantes. No querían que mis pequeñas manos tocaran el suelo donde estaban las bacterias, lo impuro, lo impredecible. Ellos, desde su amor y su terror, querían protegerme a como diera lugar. Esos guantes eran su intento de controlarlo todo, de ser un poco dioses: su afán desesperado por salvarme.

Hay un recuerdo: tenía tres años cuando fui al cine por primera vez. En el teatro Colón pasaban Bernardo y Bianca, una película de Disney. Yo veía, impactada, las imágenes que emergían desde el fondo de la luz de la caverna oscura. Cuando llegó la parte triste de la historia, exploté en llanto, y sobre todo exploté de ira. ¿Por qué, mamá?, ¿por qué? ¿No se suponía que los malos perdían y los buenos ganaban? ¡Me estafaron! Que me devuelvan la plata de las entradas o que, en su defecto, los señores del cine me expliquen el misterio de la vida, y si no tienen una respuesta coherente, habrá que demandarlos: a ellos, o a mi madre. O a ambos. ¿Cómo que no termina bien esta historia? ¿Cómo que no hay recompensa? ¡Me mentiste, mamá! Para suerte de los boleteros, la película no era Bambie ni El Rey León; de ser así, quizá hubiera incendiado el cine. De todos modos, a los tres años, ya presentía la verdad. En una sala de cine, yo lloraba por primera vez. No por los ratones animados sino por el destino de la humanidad. Exigía coherencia. Pedía justicia divina a gritos. Lloraba porque algo, muy en el fondo, me decía que no existían guantes que me protegieran del azar.

Hay un momento: mientras mi esposo maneja por la autopista y mi hijo duerme en su car seat, yo miro el cielo y pienso en el final. En la condición bipolar de la cuarentena. Vivo el apocalipsis mientras envío un mail, planeo inocentemente el “futuro” mientras los cadáveres se acumulan en las calles. Nunca pude convertirme por completo a una religión o ideología. No puedo recibir la hostia en la iglesia y la gente me mira mal en los temazcales porque no me sé los cantos; incluso el concepto “grupo” ya es demasiado para mí. Muchas veces “God”, la canción de John Lennon, ha sido mi única oración. Pero, igual, siempre estoy buscando.

Admiro a la gente que tiene fe. Entonces, en lugar de seguir pensando en el final, le escribo por WhatsApp a un amigo que vive al otro lado del mundo. ¿Cómo haces para tener fe?, le pregunto. Y le cuento que yo, por lo general, me siento en esa barca de Bergman. “La fe no elimina esa sensación sino que convive con ella. Como que la sobrepasa pero sabiendo que no se va”, me responde. Mis dudas existenciales viajan por wifi desde una carretera andina hasta Roma. Entonces, en un momento, quizá en esta misma lógica bipolar, al mismo tiempo que cuestiono la fe, veo a mi hijo y a mi esposo respirar. Veo la lluvia. Las montañas. Todo está entero todavía. Me siento algo extraña cuestionando el equilibrio de las cosas, hablando sobre el vacío y la nada cuando no estoy, precisamente, en el vacío ni en la nada, sino en un auto con aire acondicionado, donde todos los microorganismos coexisten increíblemente. Miro otra vez hacia arriba, el cielo está electrizado, las primeras gotas de lluvia se funden con el sol.

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