¿Cómo sobrevivir al apocalipsis?
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

¿Cómo sobrevivir al apocalipsis?

Por Ana Cristina Franco.
Ilustración: Luis Eduardo Toapanta.
Edición 467-Abril 2021.

Nunca imaginé esto. Ni siquiera viendo tres temporadas de Black Mirror de corrido. Yo, que sueño con océanos enormes que se desbordan, que he imaginado desastres naturales, meteoritos destruyendo la Tierra, las siete trompetas del apocalipsis. Yo, que he temido e inventado las más escabrosas enfermedades, nunca, nunca, creí posible que en pleno siglo XXI la vida se convirtiera en un capítulo alternativo de una novela de ciencia ficción.

Los primeros meses fueron lo más parecido a lo que imaginé de una guerra. Varias veces pensaba en Ana Frank escribiendo en su refugio: ese ritmo, esa rutina que adquieren las casas en los confinamientos. Esa extraña paz que sostiene la hecatombe. El silencio que resiste en medio del desastre.

Conocíamos los pasos de los vecinos. A las siete salen al patio, a las diez cuelgan las sábanas, a eso de las cuatro de la tarde se fuman un tabaco. La radio sonaba despacio, como la única voz externa nos anunciaba, sin aliento, el número de enfermos y muertos, que cada vez iba en aumento. Mi esposo y yo intentábamos que nuestro hijo no sintiera ese ambiente. Jugábamos con él, salíamos al patio, hacíamos lo que hacía la mayoría de casas de clase media, ya saben, pan con masa madre, abdominales, webinars. Y entonces vino la primera muerte, no por covid, pero muerte al fin. Siento que si bien antes la muerte se presentaba como gotas amargas y a veces necesarias para entender la vida, ahora estaba en primer plano. Si antes el desastre era siempre una posibilidad en mi cabeza, cuando salía a la peluquería o cualquier almacén chino, el mundo decía lo contrario y ahora parecía alinearse con la más pesimista de las mentes.

La primera vez que salí del confinamiento fue a un velorio, al velorio de mi tío. Recuerdo recorrer las calles vacías y ver la luz destellar. Nada parecía real. En el velorio, abrazos prohibidos y culposos en medio del derrumbe interno del cuerpo.

Ahora que ha pasado casi un año algo ha cambiado, y no sé, con certeza, si eso es bueno o malo: estamos cada vez más acostumbrados a la muerte. Facebook pasó de ser una revista de farándula llena de fotos de comida o gente semifamosilla a convertirse en una sección de obituarios. Por eso, en nuestras compras de guerra siempre había un chocolate y un vino. A las seis de la tarde, cuando siempre me daba covid sin tenerlo, me tomaba un trago sentada en la cocina. ¿Cómo más resistir? ¿No es natural, e incluso sano, escapar de vez en cuando a otro estado de conciencia que te permita descansar, tomar fuerza, sacarte la máscara, para después regresar a esta realidad insufrible?

Puedo contar con los dedos de mis dos manos las personas cercanas que se han ido. Es triste. Es raro. Ayer, medio dormida, escuché en la radio que alguien decía que según no sé qué estudio en el holocausto sobrevivían más aquellas personas que tenían “un propósito en la vida”. Yo antes tenía varios. Todavía los tengo, pero muchas veces pienso si es que, en una realidad en la que está en permanente duda lo básico, es decir, la vida, pensar en “proyectos” tiene algún sentido.

Por lo pronto, el mayor propósito quizá consista en la maestría de seguir bailando sobre el final, en saber embriagarse, en la forma en que se pueda, en medio de la desgracia. Ya saben, “hay que estar siempre ebrio”. Yo sobrevivo a base de vino, tecitos de toronjil, pastillas, rituales, pero sobre todo libros y películas. Me gusta pensar que, en épocas de crisis, la fantasía salva al mundo.

¿Te resultó interesante este contenido?
Comparte este artículo
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Más artículos de la edición actual

Si eres suscriptor de la Revista impresa, inscríbete sin costo para acceder a la edición digital.

Si eres suscriptor de la Revista impresa, inscríbete sin costo para acceder a la edición digital.

Recibe contenido exclusivo de Revista Mundo Diners en tu correo