¿Cómo se maneja el poder, Pipo?

EDICIÓN 424

Entrevista-1

Desde la primera alcaldía de Mahuad, Pipo Laso (su nombre de pila está comple­tamente en desuso) pertenece a esa mis­teriosa secta de consultores políticos que diseñan, entre bambalinas, las campañas electorales y de promoción que necesitan ejecutar alcaldes y presidentes para sacar adelante sus administraciones.

A diferencia de colegas hipermediáti­cos como Durán Barba, Pipo es discreto y muy de vez en cuando acepta que le jalen la lengua públicamente, porque conside­ra que ese es el rol de aquellos políticos a quienes asesora. Del barrio del Polo Barri­ga y el Gato Villabalba, no obstante haber­se codeado con los más poderosos, Pipo conserva la sencillez y la picardía de los muchachos quiteños, de modo que cuenta y analiza las grandezas y miserias del poder sin perder la sonrisa. Aunque lo conozco hace años, recién ahora me desayuno que era músico de Los Príncipes y fue asesor del perseguido número uno de América Lati­na. ¿Cómo así?

—Pues eso, ¿cómo así te relacionaste con Leopoldo López?

—En un seminario del Centro de Ge­rencia Política, en Miami; yo daba una conferencia y participó el equipo de López. En ese tiempo él era alcalde de Chacao, año 2003 o 2004, un municipio muy rico y con poca población. Tenía algunos barrios pobres también donde hizo una obra mo­numental, muy linda, muy curiosa: poli­deportivos, centros de salud, unas escuelas que parecían escuelas del milenio.

—¿Ya apuntaba a las ligas mayores?

—Cuando yo era asesor fue reelegido alcalde de Chacao y quería ir a la Alcaldía Mayor de Caracas. Trabajé con él cerca de un año, hicimos el primer gobierno electrónico muy bien armado, un sistema por el cual tú denunciabas el bache en la calle, un proble­ma tal o cual y eso tenía una cadena de res­puesta; si en tres días no había sido atendido, llegaba el alcalde. Un tipo con un altísimo nivel de eficiencia, muy talentoso, fue nom­brado el mejor alcalde de Latinoamérica.

—Era jovencito en ese rato.

—Muy joven, tenía 33-34 años, era sol­tero todavía, tenía en el municipio dos mo­tos; para moverse mejor en el tráfico si había un problema, iba en la moto. Yo iba una se­mana al mes a Caracas porque en ese tiempo asesoraba también al alcalde Moncayo.

—Lo que no entendí fue por qué se entregó cuando hubo el problema y no trató de huir.

—Mi sensación es que calculó un poco mal, pensó que podía revertirse, él tenía gran reconocimiento internacional y pensó que todo ese apoyo, toda esa presión inter­na y externa, harían que la cosa fuera más corta. De todos modos, creo que podría co­sechar un liderazgo importante si las cosas se dan.

El fenómeno Chávez

—¿Cómo ves el fenómeno Chávez desde el punto de vista de la comunica­ción?

—Un fenómeno monstruosamente exitoso comunicativamente; esto no quiere decir que lo comparto, pero tiene todos los ingredientes. Primero, es un proyecto po­lítico, tiene una ideología clara, defiende a los pobres y está articulado a un mensaje ideal en un momento de crisis. La demo­cracia no había resuelto la inequidad ni remotamente, eso les dio un discurso muy potente de que toda esta pobreza que tú vives es culpa del imperio norteamericano, que opera en Venezuela o en el Ecuador a través de la partidocracia corrupta, esclava de ese imperio cuyo portavoz es la prensa corrupta que también obedece a esos inte­reses. Era un discurso mágico y encarnado en un personaje muy potente en términos de comunicación, como fue Chávez para el formato venezolano.

Yo le conocí cuando vino a una cumbre de presidentes que organicé en el Gobier­no de Gustavo Noboa, en 2002. Recuerdo una conversación con el presidente Noboa, siempre con sus bromas. Chávez le dice: “Tenemos que avanzar con la República Bolivariana y unirnos”. Y Gustavo respon­de: “Claro, ahí tú eres el presidente y todos no quedamos sin trabajo”. (Risas). Chávez soñaba con hacer la gran república de Bolí­var, ese era su cuento.

—Por eso arrastró a Venezuela adon­de la arrastró.

—A eso hay que sumarle la bonanza petrolera. Estos modelos populistas y tal no son muy factibles en tiempos de escasez, son complicados. Ellos tuvieron una che­quera bárbara, producían tres millones de barriles de petróleo al día.

—Es una locura lo que pasó ahí, cómo se cargaron ese país. ¿Esta megalomanía, esta cosa de creerse el heredero de Simón Bolívar o de Eloy Alfaro o de Fidel Castro, ayuda a transmitir el mensaje?

—En buena medida sí, pensándolo de esta manera. En la misma conferencia con el equipo de Leopoldo, una de las cosas que les gustó era que yo decía que más que pensar en izquierda o derecha hay que pensar como en esa antigua serie in­glesa, Los de arriba y los de abajo, quienes tenemos mensual, quienes tenemos los hijos en escuela privada y tenemos seguro privado, etc., etc., versus quienes con di­ficultad llegan a fin de mes para comer y suplir necesidades básicas. En sociedades con esos niveles de pobreza, estos perso­najes encarnan mucho más que una lógi­ca racional de solución de problemas, es una relación emocional donde el líder es un mito, es casi un representante de Dios; entonces, eso les da una validación más allá de lo…

—Normal digamos, de lo real.

—Eso, no soy un ser humano normal, soy un tipo que tiene mucho más. Por eso hacen toda esta reconstrucción tan bien hecha, además de reescribir la historia. Entonces, el diario El Comercio me ataca porque ya hace 100 años en la Hoguera Bárbara también le atacaron a mi tío abue­lo. (Risas). Sí, a nosotros nos parece hasta medio jocoso…

—El ridículo que hicieron con un poco de arena de Paita, diciendo que era la ceniza de Manuela Sáenz; llevar eso en procesión era una cosa absolutamente chabacana si la mirabas de afuera…

—O si la miras con cierta racionali­dad. En Colombia diferencian el voto de opinión y el voto populista. El votante de opinión analiza: este me propone esto, o estoy con él por la política ambiental o por tal otra razón. Pero el voto del 60, hasta del 80% de gente, incluso clase media, los jóvenes que están desinformados, es emo­cional.

—Me gusta, no me gusta, me atrae, no me atrae…

—Mucho más en estos tiempos de nue­vos lenguajes de comunicación y redes so­ciales.

—Pero en estos nuevos tiempos, ¿cómo pueden usar una cosa tan obsoleta y fraca­sada como el modelo cubano?

—Siempre pensé que el embargo gringo a Cuba era un sinsentido en la medida que le ponía a nivel de víctima mundial. Si tu opinión es analítica, es un modelo inviable y económicamente sin salida. Pero desde el punto de vista sentimental y emotivo, Fidel es el gran mártir de la política imperial.

—El que le paró el carro al imperio a 90 millas de distancia.

—David contra súper Goliat; eso, para la construcción de mitos, es fuertísimo: si algo hay de fracaso es por culpa del que no nos permitió vender nuestros productos y salir adelante. Con un ingrediente adicio­nal: lo que podríamos llamar la derecha o el establishment político, con la línea rea­ganiana y el neoliberalismo, perdió en los años ochenta y noventa el discurso ético que tenía antes por su vínculo con la Iglesia, cuando los principios morales los dictaban ellos: el curita en el sermón del domingo y el político que también era ‘compasivo’. Entonces, la izquierda cosecha ese discurso ético y de defensa de los pobres en contra del neoliberalismo.

Estudio Sonox en 1982.
Estudio Sonox en 1982.
Tiempos melenudos en 1977.
Tiempos melenudos en 1977.
Con su hija Claudia en 1985.
Con su hija Claudia en 1985.

Entre monos y serranos

—¿Cómo empezaste de músico y ter­minaste asesorando a políticos?

—Es un tránsito curioso. El Polo Ba­rriga era mi vecino, sabía que yo tocaba el órgano y me invitó al programa Gente joven que hacían con el Freddy Ehlers en Ecuavisa, recién abierta en 1970. Ahí me quedé haciendo un poco la dirección mu­sical, probaba a los chicos que llegaban los sábados; luego me convertí en productor de artistas y monté un estudio de grabación.

—¿Qué tocabas?

—Teclados, órgano, bajo, guitarra. Y entré en el primer boom publicitario de Quito componiendo jingles, de los primeros que se hacían acá. Algunos de ellos duraron años. Luego la gente empezó a pedirme no solo el jingle sino la campaña y abrí mi propia agen­cia Laso & Marsetti en 1988. Después, por otra casualidad, Jamil Mahuad me convocó para hacerle su campaña a alcalde en 1991. De ahí manejé todo el proceso: elección, alcaldía, reelección de alcalde, campaña presidencial.

—¿Jamil Mahuad, la imagen, la marca digamos, fue un invento de Pipo Laso o de Jaime Durán?

—Jaime en ese tiempo era solo un en­cuestador, el estratega real de Mahuad fue Ralph Murphine y muchos de los que ha­cemos consultoría aprendimos de él. Jaime, hasta la presidencial inclusive, hizo siempre un muy buen trabajo pero Ralph era el es­tratega y lo mío fue el aporte creativo, se hi­cieron cosas muy innovadoras como un spot humorístico contra Álvaro Noboa en la cam­paña presidencial: una parodia de los Locos Adams, que luego fue reconocido como uno de los mejores en la historia política latinoa­mericana. Antes, en la puesta en marcha del trole, produje unos juegos didácticos porque había una gran oposición al trole, sembraron muchos temores: que te ibas a electrocutar, que los cables iban a pasar por las ventanas…

—Era la resistencia de los buseros.

—Claro, y de los que vendían los buses, y medios de opinión, y esos miedos que tienen las culturas a los cambios tecnológi­cos y tal. Hice una campaña basada en los juegos pedagógicos, estaban de moda unas cosas que se llamaban los tazos, yo hice los trole tazos, que el trole no contamina, prote­ge del sol, etc. Hicimos la primera campaña en Latinoamérica de control de contamina­ción vehicular.

—Veamos el problema de la corrup­ción en las elecciones. ¿Cómo te explicas que el 30% de los argentinos apoye a una candidata a quien le han probado tantos robos como a Cristina Kirchner?

—Diré dos cosas: la una, el tema social y esta división de la que hablamos, el votan­te de ella es básicamente de estrato medio bajo, bajo, y de la provincia de Buenos Aires, el Conurbano bonaerense que es el terreno peronista histórico. Ahí tienes esta relación emotiva, sentimental, profunda; es gente que tiene dificultades para llegar a fin de mes y la corrupción pasa, a menos que le comprue­bes que esa corrupción afecta a su vida…

—Ellos comprueban más bien lo con­trario, porque los Gobiernos populistas dan bonos y cosas y cierta política social. Entonces, qué te importa si roban.

—Para esa gente la economía no son expectativas ni inversiones, sino que pre­guntan a cuánto están las naranjas y si me alcanza para la leche; y como no alcanza, piensan que estaban mejor con esta seño­ra, que habrá robado o no, no sé, todos los Gobiernos roban desgraciadamente, y eso es transversal en Latinoamérica, el famoso “roba pero hace”.

—Otra cosa llamativa: hay dos consul­tores ecuatorianos en esa campaña, Jaime Durán y Vinicio Alvarado con Cristina, solo falta Pipo Lasso. (Risas).

—Con Macri y con Durán trabajé en la primera campaña, produje un spot para ellos. Yo me atrevería a decir que, práctica­mente, en Latinoamérica el marketing polí­tico empezó en el Ecuador, porque Mahuad es el primer tipo que recorre Washington buscando un asesor político en 1991 para lanzarse a la alcaldía y trae a Murphine, que pertenece a la generación de Joseph Napo­litan y los patriarcas gringos de la consulto­ría. Nosotros nos vimos y tuvimos charlas con varios de ellos, y tuvimos un aprendi­zaje temprano. Del Ecuador tienes a Jaime, a Santiago Nieto, a Vinicio Alvarado; tienes a Roberto Izurieta dirigiendo la Escuela de Política en la Universidad George Washing­ton; somos la primera generación de con­sultores que trabajó en varios países.

—¿Cómo ha funcionado la diferencia entre monos y serranos desde la campaña presidencial de Mahuad en la que parti­cipaste?

—Hay unos mitos, pero en realidad somos bastante parecidos, solo que con for­mas de expresión distintas. (Dice que para la campaña produjo un video de doce minutos en el que Mahuad contaba su vida en térmi­nos personales y emotivos, una verdadera te­lenovela, y los costeños del equipo estratégico dijeron: “Esto en Guayaquil no pega porque es muy llorón”). Yo sostenía lo contrario y Mahuad para dirimir dijo: “Hagamos fo­cus”. ¡El resultado fue de largo mejor en Guayaquil! La línea era que los serranos somos más sentimentaloides y podíamos comprar esa emotividad, hasta cierto punto femenina, pero mi teoría era lo contrario: el serrano necesita un par de tragos para ser emotivo, el mono es rocolero a las diez de la mañana; pero somos muy parecidos.

—Pero ciertas formas de liderazgo po­lítico son diferentes. Rafael Correa y esa prepotencia de imponerle Glas a Moreno me recuerda a Febres Cordero cuando el Congreso destituyó a su ministro Robles Plaza por violaciones a los derechos hu­manos, y no aceptó y lo mantuvo ahí a la brava, en una muestra de que aquí se hace lo que yo quiero, ¡carajo! Pero con la ley del péndulo hemos vuelto al estilo serrano de Lenin…

—Pero Lenin tiene buena acogida en Guayaquil y en la Costa. Son dos estilos, sí, pero este mito de que el estilo costeño, capataz, a lo Febres Cordero, es el único que pega en la Costa, no es cierto. Gustavo Noboa terminó su presidencia con una ex­celente imagen en Guayaquil y era un tipo calmado, sencillo, contaba chistes, nunca insultaba, nunca gritaba y le iba bien.

Pipo Laso

PIPO ÍNTIMO

Nací en Quito, en la Clínica Pasteur, que estaba ubicada en el sec­tor de la Mama Cuchara, en la Loma Grande. Me trajo al mundo mi tío médico José Laso Barba. Me bautizaron como Leonardo. Estudié la primaria en el Boja 2 y me gradué de bachiller en el colegio San Gabriel. Luego hice un tour de facultades: Ingeniería Civil, Sicología, Antropología, Economía y Música. No terminé ninguna carrera.

Tengo cuatro hijos con tres esposas: Esteban (43), Luisa (39), Claudia (34) y Felipe (30). Estoy casado por cuarta vez con Martha Cecilia Jara­millo y tengo un French Podle que es mi hijo menor y se llama Mateo Manuel.

Alcaldes sin carisma

—Tú dices que el carisma no es un don divino, algo propio del líder sino que se construye, ¿cómo es eso?

—Eso parte de un estudio de dos psicó­logos norteamericanos, Haslam y Reicher, en The New Psychology of Leadership. Estos tipos dicen que el carisma es la consecuencia de tres elementos que debe encarnar el polí­tico: uno, reflejar, es decir, recoger lo que la gente siente; dos, debe representar esos inte­reses y preocupaciones; tres, los debe reali­zar en su gestión. Cuando llegan al poder y son capaces de concretar, la gente se forma un concepto que termina siendo religioso: el ser superior que refleja lo que siento, me representa en mis preocupaciones y realiza mis sueños. Eso llega a ser carisma porque en el fondo la política es el arte de proteger; el político es un tipo que cuida al rebaño, sobre todo en los estratos bajos, el grueso de la gente construye una relación emotiva que es la consecuencia de esto: si él, semana a semana, me representa, siento que está con mis preocupaciones y hace cosas para que mejore mi vida, es un Dios.

—Trabajaste también en la alcaldía de Paco Moncayo, un político sin carisma, ¿cómo funcionó?

—En 2003 había que concretar el pro­ceso que empezó con Mahuad, que era la construcción de los centros comerciales del ahorro, como los llamaron luego, para que los vendedores de la calle entraran a esos centros y se pudiera liberar el Centro Histó­rico. Ahí desarrollé un marketing, que es un caso de estudio porque hubo dos elemen­tos: el uno fue una cuestión de suerte por­que coincidió que en ese año se cumplían veinticinco del nombramiento de Quito como Patrimonio Cultural de la Humani­dad, que lo protegió y evitó que viviera lo que le pasó a Caracas, Bogotá o Lima.

—Bueno, algo alcanzó a destruir Six­to Durán.

—Sí, un poco se destruyó entre los se­senta y los setenta, el edificio Pérez Guerre­ro, el Palacio Municipal. Eso fue un primer hallazgo porque me dio a mí el tema de la campaña, que era Quito, primer patrimonio de la humanidad y de todos los ecuatorianos. Era un eslogan en una ciudad que, además, venía de una profunda depresión por el hundimiento del Titanic de Mahuad, así que era una inyección de orgullo.

Luego desarrollé una escenificación de la leyenda de Cantuña en la plaza de San Francisco, con una suerte de ópera musical y acrobática medio en la línea de Circo del Sol. Mi teoría era que eso le ponía en valor a ese patrimonio y motivaría a los vende­dores informales que tenían una serie de organizaciones y de tal que les manejaban, pero era gente profundamente religiosa. Entonces pasó que la noche que hicimos el Cantuña, una de las dirigentes se acer­có al alcalde y le dijo: “Esto es muy lindo, nosotros tenemos que irnos”. No hizo falta ni un toletazo a nadie, la gente desarmó sus covachas.

—Por desagracia, entiendo que están volviendo a la calle.

—Sí, ahora hay un descuido grande en esa línea y es peligroso lo que puede pasar. Sería terrible si ese proceso involuciona por­que el turismo en Quito es factible gracias en gran medida a que hay el Centro Histórico. Luego me parece que Moncayo no siguió en la línea estratégica, se quedó un poco, en su segunda administración no hubo realiza­ciones muy relevantes.

—Le hicieron una guerra bien dura con lo del aeropuerto, le tiraron a matar.

—Sí, no supo enfrentar bien la batalla cuando entró Correa, pensó que el presi­dente le iba a tratar mejor. Luego lo acusa­ron de cosas, no supo manejar bien eso y quedó con un liderazgo flojo, limitado.

—Con un Correa en pleno ascenso eso era grave, pero a Barrera no le fue me­jor. Tú dices que no supo decodificar a los quiteños. ¿Qué quiere decir esa palabra tan difícil?

—Verás, como Correa ejercía de súper alcalde, Barrera no llegó a tener un lide­razgo pleno. De este tema hablamos varias veces con él; recuerdo el famoso caso de los Yasunidos cuando en 2013 el presidente Correa decidió revertir el proceso del Ya­suní, de conservar el petróleo bajo tierra y dejar arriba la gran biodiversidad. Esa cam­paña la había manejado yo también con Roque Sevilla y Yolanda Kakabatse.

—Fue una buena campaña.

—Hasta ahora tiene una recordación positiva. El presidente tomó esa decisión, pero en Quito el 90% estuvo en contra de esa decisión y tú, como alcalde, no puedes mirar hacia otro lado. Recuerdo en las reuniones estratégicas, algunos del equipo Correa-Ba­rrera dijeron: “Pero es Correa, quién puede reclamarle, no va a pasar nada”. Ahí Barrera pagó un inmenso costo, y algo parecido pasó con el tema de los médicos y las marchas.

—Bueno, si le hacemos la lista: la per­secución a los estudiantes del Mejía y el Central Técnico, los de Luluncoto… dejó abandonados a los quiteños.

—Incluso el presidente los sábados de­cía: “no, al aeropuerto le llamamos así y cá­llese”, más o menos…

—No quiso el nombre del pelucón Mon­túfar. Pero el remate fue en la campaña.

—Ahí le impusieron esa línea de más revolución, revolución para todos, creo que era, y eso en Quito ya no tenía asidero. No era un tema de ser desleal, él tenía que construir su propio espacio de liderazgo que representara a los quiteños y defendiera sus preocupaciones y sus intereses. Él podía de­cir: “Presidente, usted tome la decisión del Yasuní pero Quito no está de acuerdo”. Si él ganaba un espacio en Quito, a lo mejor no perdía las elecciones porque habría cosecha­do votos de lado y lado. De hecho, alguna vez que hablamos con Augusto después de la elección me dijo: “Cometí el error de no hacerte caso y de no construir un liderazgo”.

—No solo eso, porque con una muy buena campaña le ganó un casi desco­nocido Mauricio Rodas. Ahí tenemos un nuevo personaje sin carisma. ¿Qué pasó con esta promesa joven que cumplía va­rios requisitos del nuevo líder enfrentán­dose al ogro del frente?

—Creo que Rodas tiene varios elemen­tos negativos. Uno, no tiene claro un pro­yecto urbano, las ciudades ahora son com­plejas en movilidad, en temas alternativos, en espacio público, en manejos de cultura, patrimoniales, turismo, servicios básicos, obra barrial, en fin, y esto requiere conoci­miento y planificación. Dos, me parece que él se asignó un capital político que no tenía porque la gente votó más en contra de al­guien que a favor de él; tenía que construir una relación con los quiteños.

—Además, yo diría que él no quería ser alcalde sino presidente del Ecuador.

—Eso es absolutamente correcto. Yo tra­bajé con él en 2015 algunos meses y en las reuniones había esa incomodidad, esa moles­tia de estar en la alcaldía. Eso te quita mística.

—Sumado a eso, le clavaron el metro.

—Un tema terrible.

—Ahí ya no era culpa de él porque si decía sí, se jodía; si decía no, se jodía tam­bién.

—Hay un capítulo interesante: en 2015, cuando cae preso Marcelo Odebrecht, hay una turbulencia en el municipio. Entonces nos sentamos, hablamos, mi criterio para el alcalde fue que era el momento de dar un paso al costado y no seguir con el metro. Todavía no se concretaba la licitación y se podía suspender. Mi argumento era que, aparte de ser un proyecto técnicamente muy cuestionado, en realidad no solucio­naba mayor cosa.

—Era un proyecto absurdo; si no se financia ni el metro de Santiago.

—Ni el de Chile ni el de México ni el de Caracas, ninguno ha solucionado el problema del transporte por esa vía. Hay otros mecanismos ahora y con esa pla­ta podías hacer maravillas en los barrios. Además de eso le dije: “Políticamente vas a andar de la mano de un socio maloliente durante toda tu alcaldía y eso es muy difí­cil de manejar”.

Entrevista-6
Con su esposa Martha Cecilia.

PIPO PRODUCTOR

Pipo ha producido más de 400 videos, entre los cuales sobresalen los siguientes:

ADAM´S: campaña presidencial de Jamil Mahuad. Le valió un reconocimiento de Campaign and Elections Español como el Mejor Spot de la Historia de Campañas Políticas, 2011.

BIOGRAFÍA DE MAHUAD: la versión completa dura doce minutos. Fue pieza de­cisiva en la campaña presidencial de 1998.

CHAUCHERA: spot de la primera alcaldía de Mahuad.

Entrevista-7
Mateo Manuel le oye tocar el piano.

AGOSTO, MES DE LAS ARTES: spot danza, 1996. Este programa cultural sigue siendo el de mayor recordación en la ciudad.

PRIMER PATRIMONIO CULTURAL DE LA HUMANIDAD: spot de campaña para la recuperación del Centro Histórico de Quito, alcaldía de Paco Moncayo, 2003.

YASUNÍ BIODIVERSIDAD: campaña 2010 propuesta al mundo para no explotar el petróleo y conservar el Yasuní.

Resentimientos y yucazos

—Tú has asesorado a muchos congresistas. Ya sé que cada uno es un caso particular, pero, ¿por qué un señor quiere ser diputado?

—Es una muy buena pregunta. En la modernidad la gente no entiende bien qué hacen. Cuando el diputado va en campaña al barrio le dicen: “Vea, aquí se necesita la luminaria”. “No, yo hago leyes”. “Ah, entonces tráigame alguien que pueda hacerme la luminaria, no ha sido de hablar con usted”. Hace rato que se perdió esta lógica del ágora donde se cocinan las leyes. Y de los grandes magistrados…

—Como decías, cuando todos respetaban los terrenos del cura y el doctor.

—Ahora es difícil el rol de los asambleístas; mucho más después de esta década correísta en la que no hubo independencia de poderes, porque la Asamblea tiene sentido en una lógica de contrapesos, pero si el presidente en Carondelet dice: “No, esta ley no quiero. Y no me vengan a interpelar a nadie porque les boto a ustedes o no les pongo en la lista”, todo se mezcla.

—Quedaron desdibujados totalmente.

—Es un problema más profundo, la pérdida de institucionalidad de la democracia; hay gente que vaticina que toda esta lógica política occidental está en extinción porque ahora les va mejor a los líderes más autoritarios y cerrados como Putin, Erdogan y compañía. El reto que tiene el Ecuador es reconstruir la institucionalidad política, reconstruir los partidos, la independencia de los poderes, entender la lógica de la democracia; si no, vamos a seguir patinando.

—Pasando a otra categoría, a Correa lo acusaron de resentido muchas veces. ¿Cómo funciona el resentimiento en el manejo político?

—En términos de comunicación política las emociones negativas son las más fáciles de mover y las que dan mejor cosecha. Trump gana la campaña promoviendo un resentimiento rabioso contra una presidencia positiva, casi poética en términos gringos, el Primer Presidente Negro, un tipo progresista e interesante como Obama: no hay empleo, mató a la industria, America first y chao, resaltando ese orgullo básico. Digo eso porque no es solo nuestro. En general, las emociones negativas funcionan más en los estratos con más necesidades.

—Con más razones para estar resentidos.

—Eso no solo explica lo de Correa. Lucio le ganó al doctor Rodrigo Borja, Bucaram le ganó a Nebot; ese antihéroe, ese anti establishment ya estaba presente y es cuestión de decodificar ese resentimiento promovido por la pobreza, esa aspiración no concretada de un montón de gente que ahí se encuentra representada.

—Cuando uno lee El séptimo Rafael, ve que él, por su historia, es un resentido; es lo que más lo define; eso se transmite, ese resentimiento hace que cuando habla contra la oligarquía hable desde el fondo del corazón.

—Sí, hay una gran autenticidad, en el caso de Correa eso es cierto, va más allá de solo una estrategia política, tiene una impronta psicológica en su propia vida. Ese ingrediente es importantísimo en los líderes: la autenticidad y la convicción. En Guillermo Laso no ves una convicción profunda para emitir un discurso, transmitirlo; ese lenguaje más allá de las palabras que en Correa ves sin duda.

—Los políticos desde la época de Platón tienen mala imagen, aunque a veces sale uno que otro líder y sucede lo que sucede. Pero los consultores políticos han logrado tener peor imagen que sus clientes. ¿Cómo manejas tú eso?

—En mi caso, no tengo una mala imagen. Si haces una medición entre la gente, no soy un tipo muy conocido.

—Bueno, te expones mucho menos que Jaime Durán.

—Por ahí comienza el tema, existimos unos cuantos consultores poco mediáticos que hacemos nuestro trabajo de tal manera que somos unos técnicos y no más. Otros son más mediáticos, entran en la polémica y ahí es donde se pueden cosechar esos problemas de imagen. Yo considero que mi rol es como el del director técnico de un equipo, yo no estoy jugando ni metiendo los goles, les doy opiniones, les doy criterios, tengo unos grados éticos altos y no me embarco en cualquier aventura.

—Para terminar, ¿cómo fue el trabajo con Gustavo Noboa?

—Una anécdota: ya habían pasado seis o siete meses que lo asesoraba y un día me convoca a su casa, un whisky, los chistes y dice: “Mijo, yo no sé qué harás conmigo. Cuando empezaste, entre mi casa y el palacio más o menos veinticinco o treinta yucazos; ahora ya no son más de tres o cuatro, creo que estás haciendo bien la tarea”. (Risas).

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