¿Cómo descubrí que es más fácil ayudar a mi hijo en un deber de matemáticas que en uno de educación física?
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¿Cómo descubrí que es más fácil ayudar a mi hijo en un deber de matemáticas que en uno de educación física?

Por Rafael Lugo Naranjo.

Ilustración: Shutterstock.
Edición 466-Marzo 2021.

La noche de la agonía empezó a gestarse en las horas de la mañana con el pedido de mi hijo menor de participar con él en un video para su clase de educación física. Teníamos que hacer cinco juegos de cinco golpes con la pelota de vóley y enviárselo a su profesor. Me pareció un asunto perfectamente posible, pues yo había jugado vóley en el colegio y en la facultad. Pero el asunto no fue perfectamente posible pues esas actividades mías se dieron en el siglo pasado.

Dos horas después, el video quedó inconcluso y el pobre guagua se fue con la consigna de seguir practicando para el día siguiente, pues no tuve más remedio que poner sobre sus hombros la responsabilidad de ese fracaso.

Ese mismo día me peleé con mi mujer y se dañó el teclado de mi computadora. Entonces me fui a un centro comercial a buscar un reemplazo —para el teclado— y estando ahí decidí irme solito al cine, hasta que bajen las turbulentas aguas conyugales. Vi una película coreana de terror titulada El clóset. Me asusté solo una vez, y me comí unos nachos con queso.

Regresé en la noche a instalarme en el sofá. La noche iba parecida a todas las anteriores. Vinieron a visitarme mis perritas, sintieron frío, se fueron. Uno de los gatos vomitó una bola de pelos luego de hacer sus consabidos ruidos guturales de poseído por Satán. Los gatos silvestres de mi urbanización corrieron por el tejado, y el stand up de Jo Koy que estuve viendo en Netflix me entretuvo hasta que me quedé dormido.

Pero a la una de la mañana una espeluznante presencia se hizo sentir con todas sus garras dentro de mi sistema digestivo. Empecé a temblar. Sentí frío, pero ni loco iba a ir a mi cuarto a buscar otra cobija porque mi decisión de quedarme a vivir independientemente en mi sofá era para siempre. Fui a la cocina para hidratarme, sentía un fuerte dolor en las piernas, además. Dormí con intermitencia.

Durante todas esas horas me autodiagnostiqué covid 19, 20 y 21. Hasta empezó a faltarme el aire. El malestar era tan profundo que cada vez que me levantaba regresaba a ver si mi cuerpo se había quedado en el sofá en condición de fallecido. Volví a soñar lo que soñaba de niño: que caía a un vacío sin fondo. Estaba dispuesto a dejarme llevar a la nave del olvido sin ofrecer resistencia. Pero la esperanza no es lo último que muere, sino el ego. Y en la parcial oscuridad de esa noche sin luna pero con faroles, me puse a pensar en cómo seré recordado luego de morirme de esa colitis insomne y poco elegante.

Hice un largo recorrido mental por mis obras y concluí que definitivamente no quiero que me recuerden por lo que he escrito. Me pasa que a veces leo lo que escribí hace unos años y me da güicho. Me he equivocado tanto, tantas veces. Y la belleza no ha sido la constante de mi creación. Y lo peor es que no tengo a quien culpar.

Pasaron más horas. Ya ni los gatos hacían bulla. A eso de las cuatro de la madrugada concluí que jamás me equivoqué cuando cantaba. Ni siquiera cuando le di serenata a una sorda insensible que nunca salió al balcón. Uno no se equivoca cuando canta y, en mi caso, cantando no he podido mentir. Entonces recordé el dúo casero y pandémico que hice con mi amigo Riccardo Perotti. En lo poco que me corresponde, ese video quiero que sea mi legado, murmuré hacia el techo, mientras sudaba los últimos líquidos de mi organismo.

Así quiero vivir cuando me corresponda dar el trampolín hacia las campanas del silencio. En la música que me enseñaron mis taitas, en las canciones que aprendí de mis amigos Aldo, Rubén, Gustavo, David. Analicé la posibilidad de arreglar mi guitarra rota desde hace más de veinte años. Pero no, creo que ya soy de esos tipos cuyo pasado son huecos en el aire.

A las ocho seguía vivo y exiliado en el sofá. Me aseguré de no haber contraído covid, confirmando que me funcionaban las papilas gustativas y el olfato a instancias de una mandarina. Además, caí en cuenta de que el dolor de piernas era una consecuencia de las dos horas de vóley de la mañana anterior.

Y así fue cómo descubrí que me es más fácil ayudar a mi hijo en un deber de matemáticas que en uno de educación física.

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