En mucho menos de lo que me gustaría cumpliré cuarenta años y mi madre, como cada Día del Niño, me da regalos. Esta vez fue un paquete de Skittles, un chocolate Galak y un huevo Kinder. Los dejé intactos durante días. Irónica —y enhorabuena controlada— es la presencia de los azúcares procesados en nuestras vidas: de antojo y delirio infantil pasan a ser una sustancia demoníaca y prohibida en toda dieta saludable para nosotros, glotones y antojadizos hombres y mujeres de mediana edad.
Guardé el huevo Kinder para una ocasión especial: una tarde de chuchaqui y lluvia exagerada. Y la sorpresa fue doble. Lo que en su momento —es decir, en mis días de criatura chimuela— era un cascarón de chocolate delicado, ahora se ha convertido en dos tapas plásticas que simulan la forma del huevo y guardan, solo en uno de sus lados, una lagunita de chocolate que, a las cuatro cucharadas, se esfuma: ¡puff!
En la otra tapa venía el obsequio emblemático, el elemento distintivo y mágico que hace que un huevo Kinder sea un huevo Kinder: su juguete. Sentí la misma adrenalina que cuando niño al desenvolver el pequeño objeto escondido en las entrañas de ese cigoto industrial. Y, como cuando era guambra, el asombro se pasmó y, de golpe, devino en decepción. Era una nave azul con un dispositivo para proyectarla en un vuelo corto. Era, por enésima vez, un vehículo, una maqueta minúscula de ingeniería para surcar, navegar, conducir.
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