En El mejor de los mundos imposibles (Anagrama), Gabriel Ventura se sumerge en el fenómeno del reality shifting. Se trata de una tendencia en línea que catalizó la pandemia, protagonizada por jóvenes que dicen ser capaces de viajar a las dimensiones de la ficción, donde interactúan con los personajes de Harry Potter o de Los juegos del hambre. Se relaciona con la idea de multiverso, la adopción de las teorías más alucinantes de la física cuántica por parte de la ciencia ficción mainstream, el escapismo adolescente y la voluntad de pertenecer a una comunidad, compartiendo consejos y trucos, contraseñas. Si en la burbuja de la anorexia o del cuidado de la piel esas recomendaciones tienen que ver con cómo consumir más calorías o cómo ahorrar en cremas con sustitutos naturales, en la del reality shifting se relacionan con los estados alterados y las pautas del sueño. Ya se están evaluando sus efectos psiquiátricos.
Tras leer el análisis de Ventura, uno se da cuenta de que vivimos en una cultura profundamente subcultural. Que todos somos múltiples y subculturales. Algunas de las nuevas tribus del siglo XXI se han vuelto célebres por aparecer en películas, series o noticias, como la de los Incel o célibes involuntarios, que protagonizan tanto el premiado documental La mécanique des fluides de Gala Hernández López, como el horizonte moral de la serie Adolescencia; pero la mayoría permanece en el eclipse, en la invisibilidad que provoca la saturación. Nuestra época es recorrida por una paradoja íntima: es la era de la globalización, la interconexión máxima y, sin embargo no prima en ella el ecumenismo, el esperanto, la cultura común, sino una parcelación extrema, un sinfín de cápsulas individuales, personalizadas, en las que desesperadamente perseguimos estrategias de huida para sentirnos a la vez únicos y parte de una mínima red.
Las personas transedad —que no se identifican con su edad biológica— y las que se sienten menos cerca de los seres humanos que de otros animales —hasta el punto de adquirir costosos trajes que les hacen parecerse físicamente a ellos, y poder vivir a cuatro patas— son ejemplos elocuentes de esa nueva lógica subcultural. Su identidad profunda ha encontrado formas de emerger, después de siglos de represión directa u oblicua. Se basa en la constatación de una diferencia más o menos confusa que no se sostiene si es del todo radical: es necesario encontrar a otros como yo para que mi yo tenga sentido. Internet es el espacio en que se apoya la emergencia y se propicia el encuentro, porque acoge todas las naturalezas. Ya no hay nada que pertenezca exclusivamente a la intimidad; necesitamos saber que hay otros que también coleccionan muñecos articulados o conviven con novias robot, que son, como nosotros, ecohackers o adictos al crossfit. Entre otras cosas, porque vivimos en realidades paralelas y las tribus urbanas o las identidades varían según si nos encontramos en entornos físicos o virtuales, incluso durante las diversas horas del día. Podemos ser al mismo tiempo fans y trolls, lovers y haters, en nuestras vidas entrelazadas como los dedos del reverendo Harry Powell en La noche del cazador.
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