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Derivas por el ñaupa Quitu

por Salvador Izquierdo

Derivas por el ñaupa Quitu
ILLUSTRACIÓN ® DIEGO CORRALES

La alarma suena a las 05:30 cada miércoles. Me levanto y preparo una jarra de café. Voy al baño. Alrededor de las 06:00 entro al cuarto de mi hijo mayor para ver si ya está despierto o necesita un recordatorio. Hoy salimos a la deriva. Nos ponemos ropa deportiva, los zapatos de correr nuevos. Prendo el motor del auto y manejamos ligero hasta una casa con parqueadero en La Tola. No hacemos más de diez minutos, la avenida 12 de Octubre es un simulacro de lo que alguna vez fue, pasajera, semivacía. Grupos de colegiales están alistándose para sus clases en la calle Los Ríos. El humo de las busetas es blanco, visible. Sobre la calle, nuestros amigos ya están calentando. El saludo suele ser breve, más bien se lo hace al andar. Arrancamos al trote como con una música de saxofón veloz, improvisada, de banda sonora. Solo aquí ya hay varios temas que me interesan mucho: la rutina, la hermandad, el ejercicio, el poder creativo de la improvisación, las primeras luces del día.

Este recorrido está a cargo del Capitán, un hombre entusiasta, lleno de vida. Lo seguimos confiados y despreocupados, sin nada más que hacer, jugando a que se tiene todo el tiempo y la fuerza del mundo. El centro de Quito ya nos plantea cierta actividad, tráfico pesado en sus calles estrechas, peatones sobre la García Moreno. Nuestro ritmo, en este punto, es caótico; envalentonados, pero perdiendo el aliento hasta saber qué mismo es la respiración mientras se corre, se conversa y se descifra el camino; todo a la vez.

Tranquilidad. En las escalinatas de El Panecillo rebajamos la velocidad o, de plano, caminamos, subiendo una por una en zigzag. Enseguida una calle larga, después otra, quizás algún letrero o indicación de vecino sugiriendo que justamente por ahí no nos adentremos, pronto estamos bordeando el montículo de la Virgen alada o el cementerio de San Diego, aproximándonos a La Colmena, pronto entramos en un bosque adonde se han ido a guarecer los que no tienen hogar, esquivamos la basura que han dejado en montones horrendos, imposibles de arreglar, recibimos las amenazas de perros guardianes, bajamos o subimos por un chaquiñán, un antiguo empedrado, salimos cerca de las piscinas del Sena, o a la quebrada de Jerusalén, al Itchimbía o a La Chorrera, cruzamos un puente que ha construido alguna administración pasada, salimos por la calle Junín, o llegamos a una de las intervenciones urbanas de CaminArte, y la cosa, de repente, se ha puesto como una composición en piano, a lo Erik Satie o Nils Frahm, aunque para mi hijo, que es el único que lleva puesto audífonos, quizás suene a Kanye West.

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Acerca de Salvador Izquierdo

Escritor, co-fundador de Editorial Festina Lente y actualmente Decano de la Escuela de Formación General de la Universidad de las Américas. Su último libro se llama Cómo estás?
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