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Seguimos atrapados por la vieja dualidad: aún defendemos que ser racional depende de mantener la cabeza fría y las pasiones embridadas, no en la colaboración de ambas.
Cabeza fría. Si te emocionas, dirán que te dejas arrastrar por una corriente tumultuosa. Ofuscada. Turbulenta. Allá arriba, el cerebro permanece sereno, como un faro entre tinieblas. El corazón, en cambio, bombea letras de boleros, comedias románticas y otras majaderías. Nos mantiene vivos con su percusión constante, con su brega infatigable, su tenaz cumplimiento, carne trémula y rítmica, bum bum, pero ese es un detalle menor. La seriedad reside en otra parte, en el ático, donde habitan los pensamientos abstractos, limpios y etéreos, donde la sangre no entra ni sale a borbotones volcánicos, ese lugar que imaginamos como un ordenador imparcial al mando de todo. Hemos divorciado lo racional y lo emotivo. “Te gusta el melodrama”, “estás exagerando”, “no te alteres”. Así invalidan los argumentos de quienes muestran sus emociones. Cuando discutimos nos gusta imaginar que somos magníficamente racionales, y los demás no. En realidad, disfrazamos nuestras opiniones de lógica pura para sentirnos infalibles.
Los antiguos egipcios creían que la sede conjunta del entendimiento y la personalidad, con sus saberes y pasiones, residía en el corazón. Al embalsamar a sus muertos, lo dejaban en el interior de la momia; por el contrario, desechaban el cerebro, que creían inútil para la eternidad —tal vez por eso los zombis zampan sesos—. Tras el viaje al más allá, el dios Anubis colocaba el corazón difunto en un platillo de una balanza y, en el otro, una pluma de avestruz. El órgano de la vida debía pesar menos que la pluma. Quien lo tenía lastrado por abusos o codicia sufría aniquilación y olvido, mientras los justos habitaban para siempre en el reino de Osiris, allá donde la Vía Láctea se convertía en el Nilo celestial. Aristóteles también era cardiocéntrico: defendió que la función del cerebro consistía en templar el calor de la sangre, pero el alma y la inteligencia tenían su residencia en el pecho, como amigos que comparten piso. El Sagrado Corazón —y no el divino encéfalo— ha inspirado una gran corriente de devoción católica.
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