La peta me resbala la bandeja de comida murmurando que acaba de morir la anticrista. Peta loca, siempre acarreando el fin del mundo. Ahora sí, me dice, empieza el fin del fin. Y me queda viendo como si me hubiera encontrado un hueco en la frente. Entiendes, niño, me grita, como si yo fuera sordo. Y sus ojos de candela se hacen agua y las palabras se le mojan, se le atascan en la garganta. Incluso se moja el tabaco que tiene sembrado en su boca ajada, avioletada, negra.
Muy rara vez la peta conversa conmigo. Muy rara vez me toma en cuenta como persona. La peta tiene la costumbre de hablar con nadie. Con ella misma. Mamá también conversaba sola, pero necesitaba un espejo. La peta no. La peta conversa sin tener adelante nada. Aunque más bien se le da por hablar sola, mientras reparte la comida a patos, conejos, gallinas, pájaros de colores de la jaula grande. También delante de los perros que por poco la botan cuando ella entra al segundo patio con las ollas de comida. Claro que cuando está delante de mí se le afloja la lengua, mientras espera que yo vacíe la bandeja de comida. O mientras sus manos de lija me ponen ungüentos en las magulladuras de la cara.
De lo que más tema tiene para hablar sola es de su hija, la Renata. La Renata que no es ni negra ni blanca. Que no fue ni sirvienta ni parte de la familia y un poco las dos cosas a la vez. El pecado hecho carne mulata, decía el tío alejo. Qué primo, qué tío, no pasó por la Renata. Una vez me soltó el secreto junto con la bandeja de comida: mi Renata es hija de tu tío Alejo. Así dijo la peta. Como haya sido, la Renata era una mulata que despedía luz. Cómo iba a ser sirvienta, cómo iba a tener un destino distinto al que tenía y que desde muy joven la llevó a recorrer el mundo. La peta me muestra postales que recibe de ella y, si yo estoy en forma, me pide que las lea y las relea. De vez en cuando trae alguna revista donde la Renata aparece vestida o casi desnuda, bailando o cantando, como en los cabarés de las películas.
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