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La historia muestra que, durante milenios, las mujeres han necesitado bregar fuera de casa para ganarse el sustento.
El pasado empieza a dibujarse como una de nuestras opciones favoritas para el futuro. En épocas confusas y convulsas, suena reconfortante volver a la tradición. Zarandeados por la actual marea de precariedad y el vértigo de los cambios, algunos añoran las seguridades de los viejos tiempos. Esas voces nostálgicas sueñan hoy con el eterno retorno de las antiguas certezas, con un mundo donde había menos claroscuros, menos desconcierto, menos ambigüedad. A sus ojos la sociedad tradicional ofrecía un lugar protegido en un orden estable. Antes de las revueltas sociales, Mayo del 68 y la globalización —nos dicen—, la vida era una travesía menos peligrosa.
Este imaginario dibuja paraísos pretéritos de mujeres serenas, plácidamente dedicadas al hogar, la crianza y la costura. Pero la historia muestra que, durante milenios, hombres y mujeres han necesitado bregar fuera de casa para ganarse el sustento. Incluso en la Grecia de los gineceos, solo una pequeña élite podía permitirse la vida recluida de sus esposas. En Atenas hubo un gran número de esclavas sirviendo de sol a sol, y la mayoría de mujeres libres trabajaban en el campo o el comercio, la artesanía o las tareas funerarias. Aristófanes menciona a pastoras, hortelanas, posaderas, floristas, panaderas y pasteleras. En sus comedias afirmaba que la madre de Eurípides era verdulera; la de Sócrates, matrona. Como documenta Ana Valtierra en Eclipse. Creadoras y artistas en la antigua Grecia, las fuentes citan a reconocidas ceramistas, pintoras y escultoras. Por ley, sin embargo, no podían tener propiedades a su nombre, y esa tutela perpetua era un encierro doméstico sin escapatoria. Igualmente, en nuestro tiempo, sorprende el retorno de los adalides de la madre hogareña, cuando pocas familias podrían subsistir con un solo salario y la idea de un proveedor único parece una quimera.
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