
*Artículo de Opinión
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La tradición de los propósitos de Año Nuevo nació en Babilonia hace 4000 años, ingenuamente, aún seguimos cayendo en la misma trampa cada enero: los gimnasios se llenan con deportistas ocasionales, las dietas prometen cambios milagrosos, los ‘coaches’ personales cuentan billetes mientras venden sueños de superación, que durarán menos que un año viejo en llamas, y el negocio del optimismo tóxico florece.
En realidad, no odio al Año Nuevo en sí mismo, pero sí la fiebre de la superación personal que invade a todas las personas en los últimos días del año. Como si a las 23:59 con 59 segundos del 31 de diciembre, la vida se reseteara y todo iniciara de nuevo.
Esta vez sí hago la dieta, este año seguro dejo de fumar, desde el lunes no le lanzo el carro al peatón que está en el paso cebra, escribo en un papel que se quemará con el año viejo a las doce de la noche.
Y llega el lunes. El desayuno es un bolón mixto con doble chicharrón; después un tabaco “para bajar la llenura”, mientras escucho Jombriel a todo volumen en mi auto y aprieto con todas mis fuerzas la bocina para que esa señora, que estaba a punto de bajar de la vereda, no se cruce en mi camino y me impida ganarle al taxista con quien compito hace dos cuadras por el título de: ‘Toreto de barrio’. Hasta ahí llegaron los propósitos.
Entonces, ¿cómo no sentir rechazo por esta fecha y su positivismo tóxico? Por cierto, no soy el único con esta incomodidad, de hecho “Odio el Año Nuevo” es el título de una diatriba del filósofo italiano Antonio Gramsci en la que se burla de la idea de recomenzar nuestras existencias cada 365 días. “Cada mañana, cuando me despierto otra vez bajo el manto del cielo, siento que es para mí Año Nuevo. De ahí que odie esos años nuevos de fecha fija que convierten la vida y el espíritu humano en un asunto comercial”, sentencia el filósofo marxista.
Pero la idea de la humanidad de plantearse un nuevo inicio, nuevas metas, cada que la Tierra da una vuelta completa alrededor del Sol – lo sentimos terraplanistas, pero aquí creemos en Copérnico – es muy antigua. Los primeros registros que se tiene de personas haciendo propósitos de inicio de año es de hace tres a cuatro milenios, en el antiguo festival babilónico de Akitu.
Pero bueno, no todo es malo dirán los dueños de gimnasios, entrenadores y los ‘coaches’ personales. Ellos son los grandes beneficiarios del entusiasmo de esos amigos que juran por la ‘Virgencita del Quinche’ que ahora sí van a levantar pesas, que se inscribirán en el grupo de ‘running’ para correr todas las mañanas, que este año sí terminarán los diez kilómetros “completitos” de la carrera de atletismo y sin vomitar.
Y gracias a ellos todas las pistas atléticas están llenas, también todas las caminadoras en los gimnasios, la gente se pelea por las pesas y hace filas para usar máquinas que nunca en su vida han visto. Mientras tanto, el dueño del ‘gym’ cuenta billetes en su camioneta último modelo, comprada con el pago anticipado de todo un año de membresía de esos fervorosos deportistas a quienes la emoción se les terminará a finales de enero.
¿Y qué hacemos? Pues Gramsci, el filósofo del que hablamos al inicio, proponía que cada día sea un nuevo comienzo. Estoy de acuerdo, por qué plantearse metas al final del año que de seguro fracasarán, mejor pongámonos objetivos diarios que tampoco cumpliremos, pero que nos costarán menos.

