En mi columna anterior, la primera que escribo, abordé el fenómeno actual de que a las mujeres con educación superior se nos complica encontrar hombres que nos sean afines. Saludo a los caballeros que me imaginaron intolerante, fea, gorda, al que me pronosticó soledad en la vida y, sobre todo, al que me acusó de hipergamia. Aprendí una palabra nueva, el saber no ocupa lugar.
Ahora no habrá estudios ni ciencia, lo que sigue es pura especulación y mala onda. Fea no soy. Modestia aparte, soy bonita de tercera generación. Me explico: mi abuela era guapa, mi madre y mis tías también, mi hermana es un mujerón. El azar genético ha querido que la belleza femenina fluya cómodamente en mi pequeña familia. Quienes me conocen saben que no soy de “arreglarme” demasiado, no vivo de ser linda, uso mi capital erótico sin fines de lucro. Aun así, fui madrina de deportes de Redacción y miss Simpatía de un conocido diario nacional. Hay pruebas de eso.
Tampoco soy gorda, señor, tengo 48 y uso la misma talla que a los veinte. Bueno, todavía. Porque, según Instagram, estoy en la perimenopausia y, si no empiezo una rutina de pilates de pared “¡ahora mismo!”, acumularé grasa en lugares no deseados, se acerca el día que no podré ni pararme, y ni hablar de mi piso pélvico (no sabía qué era eso, pero según mi ginecóloga está en perfecto estado, gracias). Y de aquello va esta columna, porque no necesito artículos indexados para decir que estoy hasta el piso pélvico del maldito algoritmo que me bombardea con videos para mujeres de cincuenta que no hacen ejercicio hace más de diez años. No quiero estar fitness. Déjenme vivir.
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