Los oráculos digitales prometieron un mundo más democrático, pero han gestado monopolios con liderazgos despóticos.
Fui una buscadora de presagios. De niña y adolescente descubría advertencias secretas en el baile de las hojas que el viento amarillo del otoño arrancaba de los árboles. Evitaba el mal augurio de pisar el borde de los adoquines o las franjas blancas en los pasos de cebra. Deshojaba margaritas, leía avisos del destino cuando rompía un vaso o perdía una bufanda. Posaba los ojos, esperando una señal, en una página que abría al azar de un libro amado. El viento de mi ciudad natal crea instantes prodigiosos, cuando el sol encuentra un hueco entre la flota de nubes veloces impulsadas por el cierzo y, en la catarata súbita de luz, rescatado del gris, todo se colorea y brilla. En esa iluminación repentina había un significado mágico, que me esforzaba en descifrar. Me peinaba trenzas cuando necesitaba suerte, mi jersey azul impedía estrellarse a los aviones. No existían casualidades, todo era signo.
Con el tiempo, aprendí que nuestras mentes inquietas nos impulsan a las supersticiones; es un efecto secundario de nuestra capacidad para encontrar patrones en todo lo que nos sucede. Si queremos planear necesitamos predecir, y eso nos vuelve criaturas sedientas de pistas, lógicas o insensatas, para anticiparnos al porvenir. Ser capaces de imaginarlo es nuestra gran ventaja, y también la fuente de nuestros más feroces insomnios. Nos obsesiona desvelar ese último misterio, el futuro.
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