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Cumplió apenas diecinueve años en 2025. Es un pibe aún, aunque sus letras revelen su alma antigua. Nació en Morón, Argentina, y su nombre civil es Camilo Joaquín Villarruel. El año pasado Milo J —ese chico impetuoso, marrón, de pelito corto y dientes de oro— lanzó uno de los mejores discos latinoamericanos, según medios especializados de la región.
No es necesario ser crítico ni melómano para sentir y distinguir que La vida era más corta, su tercer álbum, es más que un conjunto de canciones fabulosas. Con esta obra, Milo J ha retratado un paisaje sonoro de altas cumbres, ha capturado la voz de la memoria colectiva de su tierra y se ha inscrito con mérito, y bajo sus propios términos, en una vasta tradición artística —el folclore— que muchos de sus contemporáneos ignoraban o subestimaban. Hasta ahora.
El informe Loud and Clear 2025 de la plataforma de streaming Spotify detalla que uno de cada tres oyentes de folclore en Argentina tiene menos de treinta años. En la última década, además, la escucha de este género, que abarca la zamba, la chacarera y el chamamé, entre otros, ha crecido 85 %. Milo J, uno de los movilizadores de esta tendencia, empezó en el trap (un subgénero del rap y del hiphop), pero ha dicho que, de repente, se cansó, dejó de encajar y volvió a la música con la que creció, la que le agranda el pecho y le hace sentirse orgulloso de su origen.
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