Los protagonistas secretos de Joker: Folie à Deux son Donald Trump y Elon Musk. En la nueva película de Todd Phillips, Joaquin Phoenix y Lady Gaga interpretan —respectivamente— al líder estúpido del caos y a su fan número uno, la niña rica enamorada del poder absurdo. Juntos son capaces de enloquecer fugazmente a todo un país. La segunda parte de El Guasón se puede leer como un gran juicio a la película anterior, que hablaba en clave del primer mandato de Trump y del asalto al Capitolio, dos años antes de que ocurriera. La secuela también se adelanta en el tiempo y habla del segundo mandato, el que empieza ahora, como revisión crítica, parodia, juicio fallido de los cuatro años en que el trumpismo alcanzó el poder y atravesó todas las líneas rojas, convirtiéndolas en trincheras. En este sentido, aunque en la ficción la violencia del sistema sea capaz de humillar la posible revolución, los últimos segundos de la película son radicalmente inquietantes: ¿y si el destino de Trump solo fuera el de servir de inspiración, de cimientos, para el auténtico Joker, que todavía es joven y no ha iniciado su propia carrera de terror? ¿Tendrá ese supervillano en el mundo real a su propio Batman?
El Joker, la cara cortada y maquillada, se ha vuelto el gran emblema del presente. La máscara sin máscara. El maquillaje que no oculta: subraya, destaca, deviene en una contraseña, un meme, un disfraz que cualquiera puede vestir. Elon Musk, que hace quince años se identificaba con Iron Man, ahora se representa a cara descubierta como defensor de la ultraderecha global. Después de llevar a cabo su propia operación Cambridge Analytica, sin camuflaje ni secreto, ha comenzado a influir en las decisiones del Congreso y del Senado de Estados Unidos, pese a no haber sido escogido democráticamente por los votantes, sino a dedo por el gran Guasón del Reino. Y lo hace a través de su propia red social, plagada de trolls y bots, en su condición de troll supremo.
El giro del hombre más rico del mundo de supuesto superhéroe a obvio supervillano ha ocurrido en los mismos años en que compró Twitter por un precio muy superior a su valor empresarial y en que su hija trans le negó la palabra. Ante esas adversidades, ideó una estrategia psicológica y política que le permitiera recuperar la inversión, en capital simbólico e influencia, al tiempo que se vengaba de la ideología de género que supuestamente había atravesado a su hijo Xavier Alexander Musk, desde 2022, Vivian Jenna Wilson. Musk sometió a Twitter a una operación de cambio de género, exacerbó su toxicidad y lo llamó X. Como SpaceX; como su hijo X Æ A-12, X para los amigos; como la inicial de Xavier. La X siempre ha sido sinónimo de mutación y de incógnita. Y tras la cara plástica del magnate sudafricano se oculta apenas una deriva incierta tanto hacia el espacio exterior como hacia el fondo del precipicio.
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