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Quería mentir. Decir que a mí no me importa. Que ya estoy vacunado, con dosis de refuerzo, prevenido. Que a mi edad ya no ando con tonterías. Que siempre que siento el impulso travieso de hacer algo —lo que sea: cantar, bailar, escribir— lo hago y ya, sin dejar que crezca más en mí una matita de dudas. Iba a fingir que no me detengo nunca, ni un instante, a pensar en el qué dirán. Iba a jurar que las opiniones de los demás funcionan como un rocío ácido que no me topa y que se seca por allá, lejos de mí. Quería y podría haberme hecho el cool, el superado. Pero eso, mentirme a mí mismo, de frente, eso sí me hubiera dado cringe.
Ese anglicismo es parte ya de nuestra habla, sobre todo de nuestro repertorio para criticar(nos), juzgar(nos), sabotear(nos). El diccionario Merriam-Webster define lo cringe como algo “muy vergonzoso, raro” que hace que el cuerpo de uno “se encoja por miedo, en una actitud servil”. Es dar vergüenza ajena, grima, ñáñaras. Solo soy humano y claro que me cuido y me he cuidado de no provocarlo, pero trato de no dejar que me detenga. He abrazado esa incomodidad al cantar frente a otros en un karaoke, al tomarme esa foto típica ante un monumento típico, al bailar salsa sin que sea un bailarín profesional, y al escribir, escribir, escribir. Es un signo de nuestros tiempos. El cringe es un juez supremo, nuestro principal editor de contenidos: si hay algo que lo insinúe o que pueda desatarlo, mejor ni postear. La burla se volverá meme, sticker, reel, y el patetismo rara vez es coronado como el rey del baile. Dar cringe supuestamente es de perdedores, desubicados, de gente intensa.
El autor vietnamita-estadounidense Ocean Vuong lleva once años como profesor de escritura. Y como nunca antes ha notado que sus estudiantes tienen cada vez “más autoconciencia de que están tratando (de escribir)”. Todos quieren ser poetas, grandes escritores como su maestro, pero saben que, bajo “la cultura de la vigilancia” en las redes sociales, tratar está mal visto. Mostrar “intentos esforzados por cumplir un sueño” no se ve genial. Voung dice que eso es horrible porque entonces sus alumnos buscan ocultarse tras el cinismo como una supuesta forma de inteligencia, cuando lo que en realidad necesitan —lo que necesitamos todos— es conectar desde la sinceridad.
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