Mi abuelo era un sádico encantador. Nada le alegraba más que la llamada de algún desconocido, que había marcado mal el número al que deseaba llamar. “¿Aló? Muy buenas. ¿Me comunica con Pedro?”. Y si no había ningún Pedro en su oficina, él usaba aquel libreto ya escrito en su mente desde hace décadas: “¿Pedro? ¡Se lo acaban de llevar a la clínica en una ambulancia! Llame allá y pregunte si llegó con vida”. Y mientras de un lado del teléfono mi abuelo reía discretamente, del otro se oían los gritos de alguien que decía: “¡Mamá, se murió Pedro!”.
En estos tiempos, en que la poca telefonía fija existente le pertenece más al Instituto Nacional de Patrimonio Cultural que al CNT, bromas como esa son casi imposibles. Pero eso no detendría para nada a este servidor, que se siente comprometido a continuar con el legado de su abuelo.
Hace poco contesté la típica llamada de un call center. La señorita repetía la misma cantaleta de siempre: que mi pago lleva tantos días de atraso, que para cuándo podría yo ponerme al día, etc., etc. De pronto apareció otra llamada en la pantalla de mi celular: El identificador decía: “Spam Sicarios Vacunadores”. Suelen llamarme cinco o seis veces a la semana. Nunca les contesto. Suficiente con ver las angustias de otros que sí han caído en trampas semejantes. Sin embargo, en ese momento, un extraño feeling vino a mí y me reveló que, en alguna parte del multiverso Marvel, otro yo se vio en esa misma situación; y entre seguir oyendo a la señorita en el call center o hablar con los vacunadores, optó por los vacunadores.
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