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Es difícil vislumbrar si lo que vivimos en estos tiempos es una tragedia, un thriller o una comedia. A lo mejor es todo eso, simultáneamente. Puede ser que nos hayamos convertido en una manada de payasos diabólicos, con motosierras en las manos, que cuentan al unísono un montón de chistes, que dan más pena que risa.
Creemos que nos están matando la ansiedad y el estrés, cuando en realidad lo que nos agobia es la permanente contradicción en la que vivimos. Para muestra un botón: con el afán de liberarnos nos imponemos hábitos. Creemos que seremos libres si nos encadenamos a repetir siempre la misma actividad. Ser libre corriendo, ser libre andando en bicicleta, ser libre practicando yoga. Ser libre haciendo siempre lo mismo me suena a negación y esclavitud. Nadie es libre por repetir lo mismo, miles y miles de veces. Hemos comprado gustosos la tonta idea de una libertad que parece más la jornada laboral de una fábrica.
Recurrimos a la contradicción para resolver nuestros asuntos personales. Combatimos la soledad exhibiéndonos en escaparates virtuales, donde el algoritmo escogerá al postor que más nos convenga. Nada mejor para abolir la soledad que ponerse en un escaparate, convirtiéndonos más en un producto que en una persona. Hay otros escenarios cuya contradicción también provoca risas y llantos al mismo tiempo. Por un lado, están los convencionales que son felices compartiendo su miseria siempre con la misma persona. En contraste, están quienes huyen de las desdichas de la monogamia y descubren que la poligamia tampoco trae consigo la felicidad.
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