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Ella era quiteña viviendo en el Guayas; yo era ya un mono de montaña. Su quiteñidad nunca le impidió vociferar el “¡chucha madre!” más lindo y guayaco del mundo.
Nos conocimos en un karaoke por la Eloy Alfaro y Portugal, un jueves 28 de marzo. Con el tiempo, celebraríamos aquella fecha, en lugar del día en que nos casamos. Para los dos, los matrimonios eran fiestas bacanes pero fatuas; que muchos entienden como festividades sacras, pero cargan como sentencias inapelables. En verdad, lo que hace memorable a este sacramento suele ser lo que ocurre entre los invitados a la fiesta: escenas bochornosas provocadas por el alcohol, peleas, vaciles, embarazos. En nuestro matrimonio, los embarazados fuimos nosotros, y a mucha honra, carajo.
Lejos de aquel matrimonio, en ese 28 de marzo de 2002, un amigo en común nos presentó y nos caímos mal. Yo le parecí un atorrante insoportable, por andar vestido todo de negro, con el pelo largo y lamido hacia atrás. Hasta hoy, le doy la razón en eso. A mí me cayó mal su suéter verde aguacate gogotero. Le daba un aura de profesora de kindergarten, inmamable.
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