Suele decirse que febrero es el mes del amor, y lo es; pero del amor al dinero. Compramos bienes y servicios para demostrar nuestros nobles sentimientos por otras personas. Puede que no te haya parado bola esa persona a la que le compraste cincuenta rosas y el peluche de un gato kawaii, que se parece a Kim Jong-Un; pero te queda el consuelo de saber que tus sentimientos no correspondidos ayudaron a dinamizar nuestra economía. Los que sí te amarán son esos que se pasan vendiendo flores, chocolates, bebidas alcohólicas, condones y píldoras del día después. Estas tradiciones mueven tanta plata, que pronto febrero convocará a una rueda de prensa, para declarar que —por muy febrero que él sea— se siente y se identifica como un agosto.
Todo esto ocurre gracias a dos distorsiones históricas: el martirio de san Valentín y la Lupercalia de los romanos. El primero murió decapitado por casar soldados a escondidas, desobedeciendo al emperador. No creo que Valentín de Roma hubiera imaginado que un día dedicado en su honor provocaría largas filas de automóviles en las afueras de los moteles. En contraparte, el festival de la Lupercalia conmemoraba la fundación de Roma. Los peladitos de la ciudad, con sus hormonas a full, se hacían llamar los lupercos”. Sacrificaban una oveja y luego recorrían desnudos por las calles de Roma; azotando a las chicas que encontraban en las calles, con tiras hechas con la piel de la oveja sacrificada. Esto terminaba en un orgión, que cualquier motel Tantra hubiera deseado auspiciar. ¡Qué triste es ver cómo se van perdiendo estas antiguas tradiciones!
Lo cierto es que aún no sabemos a ciencia cierta qué es el amor. Esa sencilla palabra nos empuja a ser padres, hijos, amigos, novios, culitos, asistentes ejecutivos, vecinos, entrenadores personales y sugars. El amor tiene un vasto monopolio en el mercado de las emociones; es el Elon Musk de los sentimientos. Ya es hora de acabar con su hegemonía. Propongo que le demos una oportunidad al odio; un sentimiento que —al igual que el amor— nos mueve a hacer pendejadas, cuando no le damos el espacio que se merece.
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