No hay nada menos español que España durante el verano. Barcelona se repleta de gringos, que convierten los edificios de Antoni Gaudí en un Disneylandia para ilustrados. Por su parte, Madrid se llena de alemanes, al punto de parecerse al Danzig de 1939, pero sin las balaceras. Esas se mudaron a Guayaquil.
Los españoles saben jugar sus cartas. Viven de un turismo que les agobia. Aman el dinero proveniente de esos turistas que tanto odian. Les gustaría tener un mejor público, pero tienen que conformarse con los gringos que no consiguieron plata para irse a Italia.
Ante los latinoamericanos, se presentan como europeos civilizados y nos invitan a perseverar en ser menos aborígenes y más ilustrados. En contraparte, gracias a todo lo asimilado de nosotros, los españoles se manifiestan ante los europeos como exóticos. Además de sus jamones, gazpachos y paellas, ofrecen chifles y yucas fritas como piqueos. En los minimarkets de España uno encuentra Tortolines y Atún Real, al igual que en nuestras tienditas de barrio. La única diferencia es que nuestro ecuatoriano de confianza tras la caja es reemplazado por un pakistaní.
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