Así me defino desde hace tiempos. Conozco algunos que han recorrido caminos similares al mío y merecen ser catalogados así. Ser mono de montaña no es ser un mono cualquiera. Hay cualidades de tolerancia, empatía y supervivencia en quien se califica así, por escalar montañas en lugar de manglares.
Obviamente eso, visto desde los ojos de mis coterráneos del pantano, es un acto de traición. Mis hermanas no pierden la oportunidad de decirme: “¡Ahí viene el serranito!”, cuando asomo por el manso Guayas. Algunos de mis amigos aún no entienden mi movida. “Pero, loco: ¿para qué te vas allá arriba, si aquí tienes encebollado, bolón de verde y las peladas de Sambo?”. Casi siempre, este grupo lo componen los panas de mentalidad miope, que creen que ser orgullosamente guayaquileño es comer encebollado. El espíritu patriótico, inventado por Olmedo y frustrado por Bolívar, ha quedado reducido a una sopa con albacora, limón, yuca y cebollas.
Una minoría de panas sí me entiende, sobre todo entre marzo y mayo, cuando el bello pantano que me vio nacer alcanza los cuarenta grados Celsius, junto a una humedad de 99 %. Visitar Quito es una hermosa fantasía, cuando el lugar donde vives se convierte en el “baño María” más grande del planeta.
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